LOS BASTARDOS

Por Hugo J. Byrne

Algunos lectores acostumbrados al blandengue hábito de juzgarlo todo con el rasero “políticamente correcto”, resienten mi frecuente uso de adjetivos fuertes para describir adecuadamente a los villanos. Uno que siempre aplico para designar propiamente al Tirano Fidel, o a su substituto Raúl, es el de bastardo.

Digo propiamente, porque en castellano esa palabreja tiene más de una definición. Esa dualidad fue expresada de manera muy clara en un “western” de Hollywood de los años setenta, en la que el villano furioso por no haber podido alcanzar sus perversos propósitos, llama bastardo a uno de sus secuaces, quien no había estado a la altura de sus encomiendas. “¿Bastardo?”, contesta el insultado; “Bueno, en mi caso se trata de un accidente de la naturaleza, ¡pero Vd. señor, Vd. es un hombre que se ha hecho a sí mismo!”.

Usando ambas definiciones podemos afirmar sin reservas que si alguna vez existieron bastardos, son los que naciendo cerca del caserío de Birán, hoy mandan en Cuba para desgracia de nuestro infortunado país. Esa condición se cumple en “Fifo” y al menos oficialmente en Raúl, por haber sido concebidos por el antiguo soldado del ejército colonial Ángel Castro, en el hospitalario vientre de su manceba, Lina Ruz. Lina era sirvienta y cocinera en la finca de Ángel, en la que entonces vivía. Al nacimiento de “Fifo”, como de los otros cuatro hijos de Lina, el gallego de San Pedro de Láncara todavía estaba casado con su esposa original, María Argota, con la que tenía otros dos retoños.

Hasta aquí “el accidente de la naturaleza” al que se refería el personaje en la película. Sin embargo, ¿quién duda que los Castro, como el villano del western, se graduaran de hijos de puta con las más altas calificaciones?

La herencia genética de bastardo no implica necesariamente villanía. Por el contrario, la historia está “preñada” ¡valga la metáfora! de bastardos insignes que dejaran una imperecedera huella de virtudes y hechos positivos. Algunos de ellos han sido capaces de salvar esta civilización nuestra que hoy niegan y desprecian tantos necios.

Vienen a la mente dos hermanos de padre, cuyas vidas y habilidades, por disímiles, jugaran un papel importantísimo en la historia contemporánea: Felipe II, heredero del formidable trono de su padre, Carlos V y su más joven medio hermano, el bastardo Don Juan de Austria. El alemán Carlos V, quien como nieto de Fernando de Aragón e Isabel de Castilla reinara en España desde 1516 con el nombre de Carlos I, también fue caudillo omnipotente del Sacro Imperio Romano, aquel reino donde “nunca se ponía el sol”, desde 1519 hasta su muerte en 1558. Este fue el Rey con más súbditos en la Europa de su tiempo, la que dominaba casi por completo, con la competencia menor aunque pertinaz de Francisco I de Francia.

Carlos V, hombre activo y voluntarioso, carecía de las inclinaciones monacales de su hijo Felipe y tuvo un tórrido romance con una aldeana de su tierra natal llamada Barbara Blomberg, la que le diera un retoño. El segundo hijo conocido de Carlos V nació en el pueblo de Regensburgo, el día 24 de febrero de 1547. El niño fue llevado en secreto a vivir a España donde se crió fuerte y avispado, desarrollando un carácter disciplinado y bravo, que lo inclinara por la carrera militar.

Su medio hermano Felipe lo ayudó sin condiciones en su temprana juventud, reconociéndolo fraternalmente a la muerte de Carlos V y dándole el nombre de Don Juan de Austria. Más tarde Felipe se celó inmensamente de de Don Juan, obstaculizando sus aspiraciones. Eso no impidió que el hijo bastardo de Carlos V fuera nombrado por el Papa Comandante militar de la frágil coalición cristiana llamada Santa Liga, que se aprestaba a defender el Occidente contra los agresivos designios de los turcos otomanos, los terroristas de su época. Estos últimos, enarbolando las banderas del Islam, parecían destinados a conquistar fácilmente ambas riberas del Mediterráneo.

Comandando caudillos tan disímiles y antagónicos como el Almirante español Álvaro de Bazán, el fiero marino veneciano Sebastiano Vennier y su odiado contrapartida, el genovés Andrea Doria, Don Juan (quien sólo tenía veinte y cuatro años entonces), apremió a sus subordinados a olvidar sus diferencias y enfrentar a los turcos en una batalla decisiva, en la que ambos bandos se jugarían el todo por el todo. La superioridad numérica en galeras y arqueros pertenecía al pavoroso enemigo musulmán, pero las galeras cristianas eran más grandes y mejor artilladas. Sus tripulantes, mejores marinos

Como más tarde Nelson en Trafalgar, Don Juan se percató de que la única posibilidad de victoria para la armada cristiana residía en la ofensiva. Oponiéndose al principio a ese plan, Andrea Doria accedió al mismo sólo cuando el prestigioso Álvaro de Bazán respaldara incondicionalmente al caudillo germano.

Ambas armadas se encontraron en el Golfo griego de Lepanto. La batalla espantosa y sin cuartel se desató entre las galeras turcas de un lado, y las genovesas, españolas y venecianas por el otro. Se dice que las aguas del golfo se tiñeron de rojo. En el fragor del combate un soldado cristiano perdió el uso de su mano izquierda para el resto de su vida, víctima de un arcabuzazo.

Aunque en esta memorable batalla perecieron decenas de miles de hombres por ambos bandos, ese fue el más famoso de sus veteranos. El joven soldado se llamaba Miguel de Cervantes y Saavedra. El mismo que posteriormente escribiría con su mano buena, quizás la primera novela de la lengua castellana y el segundo “best seller” de todos los tiempos.

En cuestión de horas los aliados bajo el comando brillante de Don Juan de Austria derrotaron decisivamente a los hasta entonces invencibles turcos. Es difícil imaginar el destino del Oeste sin la victoria de Lepanto y sin el liderazgo de un bravo bastardo.

Por contraste, su medio hermano legítimo, el misántropo Felipe II, fanático religioso que bordeaba los linderos del misticismo, envió a la llamada “Armada Invencible” al desastre y reinó sobre la indiscutible declinación imperial de España. De lo que se deduce que no siempre los legítimos son buenos ni los bastardos necesariamente malos.

Sin embargo, nadie se debe llamar a engaño: “Fifo” y Raúl son bastardos por partida doble: nacimiento y vocación.

 

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