IGLESIA CATÓLICA EN EE.UU: ENTRE EL CRECIMIENTO Y LA DECADENCIA

Por Tamara Audi

The Wall Street Journal

RIVERSIDE, California- El padre Miguel Ruiz, un carismático sacerdote católico argentino conocido por su mermelada casera de mango, caminaba apurado a través del bullicioso campus de su iglesia, ubicada a unos 95 kilómetros al este de Los Ángeles, sonriendo y dando apretones de manos a la gente que se cruzaba antes de entrar a un salón repleto de familias que lo esperaban.

El padre Miguel se había puesto en marcha bien temprano. Su día había empezado a las 7 am, supervisando los avances de la construcción de la nueva Iglesia Católica Romana Reina de los Ángeles. La flamante estructura de acero del nuevo edificio se eleva sobre un santuario que ha quedado demasiado pequeño para una congregación que triplicó su tamaño en una década. Después de la misa matinal, el padre hizo un viaje relámpago a Home Depot HD 0.99 % para comprar suministros con los que cambiar una baldosa rota del baño. Y ahora, mucho después de la puesta del sol, todavía tiene que dictar unas clases nocturnas.

“Es siempre así”, dijo el padre Miguel, cuya parroquia da entre 8 y 12 misas cada fin de semana. “Un montón de vida, un montón de actividad”.

La Iglesia Católica de Estados Unidos se está expandiendo rápidamente en el sur y el oeste del país, impulsada en gran parte por los inmigrantes de América Latina, que son quienes llenan las iglesias en Atlanta, Houston y el sur de California.

Mientras tanto, la Iglesia se está contrayendo en el este y medio oeste, donde históricos bastiones católicos como Boston, Detroit y Nueva York cierran parroquias debido al menor número de fieles o de asistencia a misa.

El resultado de este proceso es que las diócesis de las regiones tradicionales del catolicismo estadounidense están luchando para mantener sus puertas abiertas, mientras que las de las regiones que están experimentando el más rápido crecimiento pasan apuros para satisfacer las necesidades del creciente número de feligreses.

En los últimos ocho años, la diócesis de San Bernardino—en donde se encuentra la parroquia Reina de los Ángeles—aumentó en 400.000 el número de sus fieles. Actualmente cuenta con 1,6 millones de católicos.

“Es como si todos hubieran decidido llegar al mismo tiempo”, dijo Monseñor Gerald Barnes, obispo de la diócesis, que incluye dos condados del sur de California y se extiende dentro del vecino estado de Arizona. “Es una gran bendición y un desafío”.

Esta diócesis, antaño una tranquila jurisdicción eclesiástica rural, es hoy la sexta más grande del país. Mientras tanto, la arquidiócesis de Detroit, que incluye seis condados en el sureste de Michigan, cayó del puesto 8 al 11; hoy tiene 1,3 millones de católicos, 15% menos de los que tenía a comienzos de este siglo.

En años recientes, algunos católicos del área de Detroit se dirigieron al sur y al oeste en busca de empleos, sumándose así a las florecientes comunidades católicas de esas regiones.

“Cada pastor se hace naturalmente esta pregunta: ¿Dónde está todo el mundo?”, dijo el padre Joe Horn, quien sirve a dos parroquias de una comunidad agrícola en las afueras de Detroit que alguna vez llegó a tener cuatro parroquias. Sólo una cuarta parte de las 1.600 familias registradas allí participan regularmente en la vida de la parroquia, y un pequeño grupo de personas debe manejar las escuelas dominicales y otras actividades.

“Estamos exhaustos con tanto trabajo”, dijo el padre Horn.

En 2007, según un estudio del Centro de Investigación Pew, poco más de la mitad de los católicos estadounidenses vivía en el noreste y medio oeste del país. Siete años más tarde, esa mayoría se desplazó al sur y el oeste.

Este cambio demográfico está transformando a la Iglesia Católica de Estados Unidos de una institución mayormente de origen europeo, blanca y de clase media, a una que es mayormente de origen hispano y asiático, más joven y más pobre. Esto trae como consecuencia un cambio en el énfasis en las prioridades dentro la iglesia, con la inmigración, por ejemplo, asumiendo una mayor importancia sobre otros temas.

“El centro de gravedad y de influencia en la Iglesia se está desplazando del este al oeste y del norte al Sur”, dijo el arzobispo de Los Ángeles José Gómez. Su diócesis, en la que viven unos 4,5 millones de católicos, es la más grande de Estados Unidos. El año pasado, se bautizaron casi 70.000 bebés, dijo el Arzobispo; estos son más bautizos que los que se hicieron en el mismo período en Nueva York, Chicago, Filadelfia y Washington, DC combinadas.

Los cambios demográficos están también poniendo mucha presión sobre los recursos de la Iglesia. Las diócesis de rápido crecimiento sufren escasez de sacerdotes y de dinero para construir iglesias y prestar servicios, y las diócesis en contracción luchan para mantenerse abiertas, pagar sus deudas y reemplazar a los sacerdotes que se jubilan.

“En el oeste y en el sur dicen: ‘Necesito una iglesia más grande... la iglesia no puede ponerse al día con la suficiente rapidez’, dijo Mark Gray, investigador asociado del Centro de Investigación Aplicada en Apostolado de la Universidad jesuita de Georgetown. “En el medio oeste y el noreste, están pensando en cómo pagar la factura de la calefacción y del aire acondicionado, el personal de la parroquia, y hasta puede que la vieja parroquia necesite un techo nuevo. Tienen gran cantidad de necesidades y pocos feligreses.

El auge y rápida expansión del catolicismo en el sur y el oeste del país es similar a lo que ocurrió en Detroit hace casi un siglo, cuando oleadas de polacos, italianos y otros inmigrantes europeos atraídos por la industria automotriz dieron nueva vida al catolicismo local. Esos feligreses contribuyeron con una cuota de sus muy buenos salarios industriales a la construcción de iglesias y escuelas. Algunas parroquias estaban separadas por menos de 15 kilómetros.

“Si lo necesitaban, las construían, y con dinero en efectivo”, dijo el Padre Joe Mallia, sacerdote de St. Frances Cabrini, parroquia de las afueras de Detroit en donde el propio Mallia tomó su primera comunión en la década de 1970. En ese entonces, el nuevo edificio de la iglesia, que reemplazó a otra más pequeña, acababa de ser inaugurado. Mallia recuerda que cuando era niño, había a menudo que estar parado durante las misas por falta de espacio para sentarse, mientras que ahora la misa más concurrida sólo ocupa el 75% de capacidad de la iglesia. Al lado de la iglesia hay una floreciente escuela católica, pero los estudiantes rara vez asisten a la misa el fin de semana.

De hecho, lograr una mayor participación de los jóvenes se ha convertido en una prioridad fundamental para la arquidiócesis. Christopher Gawel, 32, flamante contacto con los adultos jóvenes de la parroquia, está a cargo de organizar eventos dirigidos a la juventud católica. Recientemente, alrededor de 70 jóvenes católicos participaron sobre una discusión sobre el aborto en un bar, dijo Gawel, que está pensando en celebrar misas, confesiones y hacer reuniones sociales en tiendas, cafés, o gimnasios.

El arzobispo Allen Vigneron dice que los católicos tendrán que abrirse a estos cambios. Para dar el ejemplo, hace poco hizo por primera vez evangelización en la calle, hablando con los transeúntes en una esquina de Royal Oak, un suburbio de Detroit.

“Por temperamento soy un tipo muy tímido”, dijo sobre la experiencia, con la que sin embargo dice haber quedado muy satisfecho.

Esta evangelización callejera fue liderada por laicos--un signo alentador, dijo Vigneron, sobre la participación activa de éstos en la vida de la Iglesia.

Monseñor Barnes, el obispo San Bernardino, también ha recurrido a los laicos. “No tenemos suficientes sacerdotes, pero creo que este es el camino por el que Iglesia tiene que avanzar”, dijo.

Para atraer a los laicos, el padre Horn lanzó el mes pasado la “Operación rama de olivo”, una unidad de evangelización para “dar la bienvenida de vuelta a aquellos que se habían alejado de nosotros”.

Un seminarista que presta servicios en la parroquia utilizó una base de datos para identificar a los católicos que no habían tenido contacto con la iglesia durante tres años. A estos se le enviaron luego cartas para hacerles saber que otros voluntarios católicos los estarían visitando pronto. La parroquia entrenó a alrededor de 60 voluntarios en las técnicas básicas de evangelización puerta a puerta, incluyendo cómo presentarse, sonreír, permanecer a una distancia respetable de la puerta, etc.

Durante tres sábados de agosto, los voluntarios visitaron los hogares de esos católicos no practicantes, orando con ellos en los porches delanteros de sus casas y dejaron tarjetas con información de la parroquia y la leyenda “¡Vuelve a casa!”

Luciendo el tradicional cuello romano, el padre Mallia recorre la ciudad en bicicleta, deteniéndose para charlar con los lugareños en sus patios o en los puestos de limonada, tratando de ser un recordatorio visible de que la iglesia vive en su comunidad. “Si usted se queda sentado en su oficina esperando que la gente venga, usted será [muy pronto] un sacerdote muy solo y su parroquia se va a morir”, dijo.

En Riverside, el Padre Ruiz no tiene ese problema. Coordina reuniones sobre cómo tratar con las drogas y el alcoholismo en salas llenas de público y aconseja a las familias con problemas de inmigración. Su lucha es para integrar la cantidad cada vez menor de feligreses no hispanos con su congregación mayoritariamente hispana. “Es difícil mantener la unidad entre ellos”, dijo. La parroquia está en construcción durante el día, y a la tarde y la noche los padres y los niños van y vienen por las instalaciones, realizando distintas actividades. Las misas de fin de semana suelen estar desbordadas de feligreses.

“Tienes que llegar temprano para conseguir un asiento. Si llegas tarde, olvídalo”, dijo Christian Castellanos, de 12 años. Él y su madre ayudan a recaudar dinero con la venta de juguetes y dulces después de las clases de educación religiosa.

El padre Ruiz dijo que la parroquia ha reunido ya el “90% del dinero” que necesita para la construcción de la nueva iglesia. Personalmente ha vendido 1.000 frascos de su mermelada de mango, a US$4 por frasco, y juntado otros US$150.000 con su participación en la Maratón de Los Ángeles de este año. “Al principio, la idea de construir una iglesia era [solo] una buena idea”, concluyó el padre Ruiz. “Ahora es urgente”.

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