LA BOMBA A MARCELINO MIYARES

Por Esteban Fernández

No conozco personalmente a Marcelino Miyares. Ni voy a conocerlo porque desde hace muchos años el FBI me sugirió que no me acercara a él.

De él sé muy poco, simplemente les diré que tal parece que sus ideas y acciones son diametralmente diferentes a las mías. Desde el primer momento hasta la actualidad me han hecho creer que su oposición a la tiranía es más bien pacifista o algo parecido.

Y eso me llevó, hace más de 35 años, a oponerme públicamente a que fuera el orador principal en un acto de una organización cultural cubana de Los Ángeles. No sé si mi oposición fue demasiado vehemente, la cuestión fue que mi negativa a la presencia de este señor en un banquete supuestamente anticastrista se convirtió en dos de los meses más complicados de mi largo exilio.

Porque de pronto se aparecieron dos agentes del Buró Federal de Investigaciones en mi casa para informarme que tenía una acusación -junto a Abel Pérez, Ángel Torres y Tony J. Fernández- de planear actos de terrorismo y de querer ponerle una bomba al acto.

Yo me reí -porque me pareció una exageración y una calumnia- pero ellos no, y me dijeron que este era un delito muy serio -como si yo no supiera eso- y que la denuncia había sido recibida en el Departamento de la Policía de Rampart -que yo todavía tengo en mi poder- y que ellos estaban tomando cartas en el asunto.

Me dijeron: “No tenemos ninguna prueba contra ustedes pero ¿le molestaría que hiciéramos un registro en la casa?" Ahí se sonrieron un poquito cuando les dije: "Ah, ¿ustedes quieren mi permiso para encontrar pruebas contra mí? Pero está bien, sólo les pido que no hagan mucho reguero en la casa”.

Como es natural no encontraron nada y al despedirse me dijeron cortésmente (ellos siempre son muy medidos): “Para nuestra tranquilidad y la de usted ¿Sería posible que durante la visita de Mr. Miyares manténgase alejado de él?”. Y les respondí: “No se preocupen, yo no tengo ningún interés en conocerlo”.

Y la cosa no termina ahí, dos semanas más tarde en una reunión de todas las organizaciones de lucha del área para discutir este penoso incidente un conocido anticastrista quien había sido Comandante del Ejército Constitucional de Cuba dijo que “Sí, que era cierto que yo lo amenacé para que no fuera al acto porque aquello se terminaría como la fiesta del guatao”. Y ahí se formó la de San Quintín, me levanté y lo invité a salir para fajarse conmigo. Y como es natural todo el mundo intervino y no permitió la bronca.

Pero, cuando ya creí que todo estaba resuelto, tres días más tarde recibí una llamada del Dr. de la Torre para indicarme “que había sido retado a un duelo a tiros porque el Comandante se sentía ofendido por mí proceder y que escogiera a un par de padrinos” Yo le dije: “Perfecto, mis padrinos son Tony J. Fernández y Jorge Clark”

Menos mal que a los pocos días me volvió a llamar el abogado De la Torre para decirme que “Dos personas muy allegadas al Comandante habían intervenido en el espinoso asunto y que el militar retiraba su deseo de un duelo conmigo”. Esos dos cubanos que supuestamente pararon el tiroteo fueron Esteban Ventura Novo y Marta Fernández Miranda de Batista.

Y yo aliviado regresé a mi acostumbrado sentido del humor y respondí: “Bueno, dígales a los tres que SALUD, SALUD, SALUD como diría el general”

 

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