EL DILEMA DINÁSTICO

Por Hugo J. Byrne

 

Cuando al finalizar la Primera Guerra Mundial se desmoronaran los últimos vestigios de los tradicionales imperios europeos, la historia inició lo que parecía un eslabón racional de su cadena. Este nuevo capítulo aparentemente eliminaba la problemática de la sucesión dinástica, obstáculo que entonces todos creían exclusivo de esos apolillados imperios que tocaban a su fin.

 

Las dictaduras paternalistas, tradicionales en casi toda la América al sur del Río Grande, existentes desde mucho antes de ese período y que continuarían por la mayor parte del siglo XX, no tenían problemas de sucesión ya que sólo duraban hasta la muerte, incapacitación o derrocamiento del dictador de turno. Entonces el péndulo político en general abatía en la dirección opuesta, reflejando el rechazo popular al mandón caído. Los sucesores, ya fueran otros aspirantes al gobierno indefinido, o genuínos defensores de las libertades públicas, tenían sólo en común el rechazo al pasado régimen. Esa oposición de los herederos políticos podía manifestarse inmediatamente, o a largo plazo. 

 

El ejemplo más dramático del segundo caso es el proceso ocurrido en la República Dominicana, después de la muerte violenta del dictador Trujillo. El equipo del régimen trujillista continuó intacto, desatando una cacería implacable contra los tiranicidas. Sólo uno de los principales implicados logró escapar con vida. Sin embargo, el único posible heredero dinástico, el sanguinario pero incapaz Ramfís Trujillo, hijo preferido del espadón ejecutado, no era competidor para el maquiavélico Joaquín Balaguer. A este último todos los “enterados” identificaban como el principal alabardero del régimen. El furtivo Balaguer, sin embargo, no tenía la menor intención de mantener el status quo. Ramfís terminó en el exilio, mientras que Balaguer encaminó a Quisqueya por sendas más civilizadas. Los dominicanos, apreciando esa contribución, lo eligieron presidente dos veces.

 

El establecimiento de dictaduras totalitarias en Europa durante las dos décadas que siguieron al fin del conflicto de 1914 a 1918, creó una nueva espectativa en la posible sucesión de sus respectivos líderes. Sin embargo, en la más rígida y ortodoxa de ellas, a la muerte de Lenín, la mafia gobernante de Moscú se vio dominada por el más criminal de la cúpula. Stalin hizo y deshizo a su antojo hasta su muerte y si su régimen no fue heredado por sus familiares fue porque todos ellos sufrieron su maligna hostilidad. Como toda persona de mala índole, el chacal georgiano no confiaba en nadie y en especial en sus descendientes, a quienes siempre marginó del poder y sus beneficios. Sus herederos políticos resultaron sólo quienes fueran capaces de controlar a su muerte los malvados intereses comunes de la cúpula soviética.

 

Hitler (quien no tuvo descedencia) y el nazismo alemán, desaparecieron entre las cenizas de Berlín en la primavera de 1945 y poco tiempo antes el dictador italiano pereció ejecutado por guerrillas en Dongo, al día siguiente de su captura. El régimen de Mussolini había sido derrocado desde el otoño de 1943. Su cadáver fue colgado de cabeza en la Piazzale Loreto de Milán. Sus familiares también sufrieron de su vesania y, aunque parcialmente favorecidos en lo económico, también fueron mantenidos al margen del gobierno. La única excepción fue su yerno el Conde Ciano, quien fuera Ministro de Relaciones Exteriores y terminara fusilado por traición a su suegro y mentor. Tanto el dictador Franco de España como el lusitano Oliveira Salazar gobernaron dictatorialmente, pero sus respectivos gobiernos nunca degeneraron de lleno en el totalitarismo. Terminaron como terminan siempre todas las dictaduras paternalistas, sin penas, glorias, ...o sucesores.

 

El mesianismo marxista sin embargo, ha generado una serie de improvisadas dinastías totalitarias cuyo decano es, por supuesto, Fidel Castro. Desde muy temprano, mucho antes de que Francisco Calderío (alias Blas Roca) le escribiera lo que en ese régimen llaman “constitución de Cuba”, cuando aún su férrea dominación del país no se había consolidado, Castro designó sucesor a su hermano Raúl en la eventualidad de su muerte súbita. Lo hizo en público y para que nadie quedara sin enterarse, en el mismo medio de una de sus interminables e insufribles descargas televisadas.

 

Fue después de esta bien establecida dinastía marxista-tropical que el liderazgo del marxismo-islamista instaurado por Hafez-el-Assad fuera continuado después de su muerte por su hijo, quien fue ungido a la muerte de su progenitor como Máximo Jefe de Siria. Aunque antes de eso el viejo coreano comunista Kim Il Sung ya había escogido como heredero político a su hijo Kim Jong Il, en el estado artificial llamado “República Democrática de Corea”, que al igual que la felizmente difunta “República Democrática Alemana”, existe por el capricho socialista del genocida Stalin. Los norcoreanos y sus vecinos al sur, son el mismo pueblo, heredan idéntica cultura y hablan una misma lengua. Detalle que con voluntaria, cómoda frecuencia, omite la prensa “liberal” en su cacareada demanda por apaciguamiento ante las provocaciones criminales de Jong Il.

 

Es precisamente ese dilema de sucesión dinástica el que ha traído por los pelos las últimas y más sangrientas provocaciones de los totalitarios en la penínsua coreana. Sucede que el sistema socialista, en cualquiera de sus versiones, es incosteable. Tanto lo es el que promueve el cabezihueco Senador “independiente” por Vermont, Bernie Sanders, como el que imponen Castro en Cuba y Kim Jong Il en Corea de norte. Castro lo mantiene a duras penas con la limosna de Chávez y Chávez todavía no lo ha podido imponer universalmente en Venezuela debido a las grandes dificultades económicas que está confrontando.

 

Desde que Castro usara por poco tiempo y con éxito limitado el chantaje nuclear en 1962, ha sido Kim Jong Il el único tirano socialista en usarlo de manera contínua y con éxito evidente. Empero, las realidades económicas fuerzan a La Habana a buscar alguna medida de acomodo con el “Imperio”, con la complicidad del Vaticano y de otros intereses mezquinos. El método de supervivencia política que está aplicando la satrapía coreana es más complicado y muchísimo más riesgoso.

 

Tanto La Habana como Pyongyang están confrontando quizás las horas más críticas de la historia de sus respectivos regímenes, por razones similares, aunque no idénticas. La satrapía cubana aún puede hacer daño, pero el desbarajuste en que se encuentra limita sus opciones. Su única tabla de salvación plausible es un acercamiento a Washington que garantice el fin unilateral del embargo y la obtención de crédito. La elección de Obama en el 2008 parecía facilitar esa opción. Pero la deuda nacional norteamericana y la crisis deficitaria dificultan considerablemente esa posibilidad. Por último, las elecciones parlamentarias del 2010 la hacen muy improbable: la próxima presidente del Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara se llama Ileana Ros-Lethinen.    

 

Para Kim Jong Il la crisis presente se agudiza por coincidir con su evidente deterioro físico y la tibieza que adivina entre sus corifeos hacia su aparentemente inmaduro hijo segundo, quien es también su escogido heredero político. Para asegurar la continuidad de su aberrante régimen, Jong Il ha hostigado y amenazado contínuamente a la República de Corea. En cada oportunidad los sucesivos gobiernos de Washington han respondido con retórica admonitoria, pero también con pasividad y negociación ($$). En tiempos recientes esas actividades han degenerado en acciones abiertamente hostiles, causando pérdidas humanas y materiales a la República de Corea, las que ningún estado soberano puede darse el lujo de ignorar indefinidamente. Una contienda generalizada es una posibilidad bien seria. ¿Podría incluir el uso de armas nucleares? En la opinión de un servidor, sin duda.

 

Tal como en los tiempos que creíamos superados de los viejos imperios de Europa, el dilema dinástico puede llevar a la guerra. Sobre todo si mandan y disponen sujetos tan limitados y aberrantes como Kim Jong Il.   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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