DONALD Y BARACK, SÍNTOMAS DE TIEMPOS TORMENTOSOS.

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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"El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con un elector promedio", Winston Churchill.

La democracia norteamericana, la más vieja del mundo, pasa por estos días por tiempos verdaderamente tormentosos. No me refiero a las intrigas, las trampas y hasta las calumnias que puedan utilizar los candidatos para ganar ventajas sobre sus adversarios. Esas son, después de todo, las formas en que son aplicadas las reglas despiadadas de este juego "al duro" que son las elecciones en una sociedad democrática. Además, esos procederes se remontan a los inicios de las contiendas políticas en los Estados Unidos.

Tan temprano como en las elecciones de 1800, dos padres fundadores y firmantes de la Declaración de Independencia como Thomas Jefferson y John Adams no escatimaron calumnias para denigrarse mutuamente. El 11 de julio de 1804 otra guerra de calumnias culminó en derramamiento de sangre cuando el entonces vicepresidente Aaron Burr dio muerte en duelo al ex Secretario del Tesoro y héroe de la Guerra de Independencia, Alexander Hamilton. Y en el colmo de la bajeza moral, durante las elecciones de 1828 los adversario de Andrew Jackson acusaron de bigamia a su esposa Rachel y de prostituta a la misma madre del presidente.

Digo, por otra parte, que ni me asombra ni me preocupa que, por estos tiempos, muchos actores del drama político se comporten como verdaderos rufianes. Porque, a pesar de sus defectos y los de sus políticos, la democracia norteamericana ha sobrevivido por más de dos siglos y sigue siendo el menos imperfecto de todos los sistemas de gobierno de los cuales tengo conocimiento.

Lo que sí me preocupa profundamente es la forma en que ha cambiado la composición del electorado, la ignorancia de los votantes, el fanatismo de algunos segmentos de la población y la manera en que el electorado en general recibe los mensajes de los candidatos en el curso de sus campañas.

El crecimiento diversificado y acelerado del pueblo norteamericano ha dado lugar a que segmentos de su población tengan intereses y lealtades culturales, religiosas y raciales que muchas veces entran en conflicto con la principal lealtad a los Estados Unidos como nación. La prosperidad económica y la reducción en los horarios de trabajo han creado tiempos adicionales que los ciudadanos han optado por dedicar al entretenimiento personal en vez de a la adquisición de conocimiento político.

La ignorancia sobre los procesos políticos ha traído consigo la proliferación de grupos que se refugian en el fanatismo ideológico como sustituto del análisis racional de los temas trascendentales para la salud nacional. Y el ciudadano promedio es bombardeado constantemente con información tergiversada y tendenciosa a través de múltiples medios de una internet que hasta ahora ha operado con pocas regulaciones y menos demandas de responsabilidad por lo que publica.

Esto nos lleva al tema principal de este trabajo. El análisis de dos personajes que son sintomáticos de lo que considero como un deterioro casi irreversible de la sociedad norteamericana: Donald Trump y Barack Obama. En las elecciones presidenciales de 2008 los norteamericanos eligieron a un hombre con un mediocre desempeño político en Illinois, una corta carrera en el Senado Federal, una estrecha relación con elementos del bajo mundo de Chicago, una larga alianza con extremistas políticos y religiosos, una ignorancia supina en la administración del tesoro público y una nebulosa vida personal que mantuvo en estricto secreto gracias a la complicidad de una fanática prensa de izquierda. Sus únicos talentos fueron leer con fluidez un telepronter y una habilidad especial para esconder su ideología y para mentir sobre sus verdaderas metas políticas. El color de su piel fue sin dudas un factor contribuyente, aunque no determinante, a su atractivo para una nación atormentada por pecados cometidos más de un siglo atrás.

Su principal defecto es, por otra parte, la exagerada opinión que tiene de sí mismo. En pocas palabras, su narcisismo es enfermizo, su arrogancia es olímpica y su egolatría es galáctica. Sus opiniones son infalibles y quienes se le opongan deben estar preparados para recibir todo tipo de insultos, diatribas y hasta calumnias. Algunas de sus frases lo retratan a la perfección: "Nosotros somos el cambio que todos hemos estado esperando…. Yo me he convertido en el símbolo de una América que regresa a sus mejores tradiciones…Yo soy mejor escritor que aquellos que me escriben los discursos y sé más de política que mis asesores…"

Pero donde llegó a la cumbre de su arrogancia fue en el discurso que pronunció en Chicago con motivo de su victoria en las elecciones del año 2008. Entonces dijo: "Este es el momento en que comenzó a bajar el nivel de los océanos y en que nuestro planeta comenzó a sanar. Este es el momento en que pusimos fin a una guerra, aseguramos nuestra nación y restauramos su imagen como la mejor esperanza sobre la Tierra". Un émulo de Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo para salvar a los judíos de la esclavitud de Egipto. Judíos cuyos descendientes Obama pone ahora en peligro de exterminio a manos de los fanáticos clérigos iraníes.

Aquí llegamos a la ironía de los contrastes y las similitudes entre Donald Trump y Barack Obama. Sus ideologías y sus caminos a la notoriedad habrán sido distintos pero sus personalidades padecen de las mismas anomalías. Barack supo moverse con sigilo en el mundo tenebroso de la política de Chicago, mientras Donald supo imponerse con un talento especial para la negociación en el mundo despiadado de los bienes raíces de Nueva York. Pero, al igual que Barack, Donald se considera un escogido de los dioses y un ser superior a todos aquellos que lo rodean. Como Barack, Donald es narcisista, arrogante y ególatra.

En los últimos tres meses, Donald Trump ha dicho lo que ningún otro político se habría atrevido a decir sin ser pulverizado por la prensa de izquierda. Ya fuera por sentirse intimidados o porque sus diatribas les aumentan la sintonía o la circulación la gran prensa norteamericana lo ha cubierto como a ningún otro aspirante republicano. Se ha peleado con su partido, ha denostado a otros políticos, ha insultado a los periodistas y hasta ha humillado a potenciales votantes. Su misión parece ser la satisfacción de su ego insaciable y siempre insatisfecho, sin importarle las consecuencias para su aspiración presidencial. Lo que nos lleva a preguntarnos si este hombre quiere ser en verdad el Comandante en Jefe o el Comediante en Jefe.

Si no se habían dado cuenta de mi pobre opinión sobre este señor bocazas, unos cuantos ejemplos bastarán para ilustrarla. "Los políticos de este país están todos a la venta. Yo los compro de ambos partidos…Yo seré el mejor presidente creador de trabajos que Dios jamás haya creado…La única diferencia entre los otros candidatos y yo es que yo soy más honesto y mis mujeres son más bellas…Perdonen los fracasados y los resentidos, pero mi IQ (nivel intelectual) es el más alto que existe y ustedes lo saben. No se sientan estúpidos o inseguros, ustedes no tienen la culpa…" Después de escuchar o leer estas expresiones ofensivas yo jamás me tomaría una cerveza con este petulante.

Para cerrar, pienso que los Estados Unidos no pueden continuar en un péndulo que se mueve periódicamente entre una izquierda fanática y una derecha desenfrenada. Ambas serán minoritarias pero son incondicionales a sus líderes y activistas a ultranza en los procesos electorales sin tomar en cuenta las virtudes o defectos de su candidato, lo que multiplica su impacto sobre el discurso público.

La primera minoría está liderada por gente como Barack Obama y la segunda por gente como Donald Trump. De lo que no debe cabernos duda es de que, después de Obama, esta nación no puede darse el lujo de otro presidente a quien le quede pequeña la Casa Blanca y que se considere más grande que su pueblo, que su partido y que su patria. Los resultados serían una continuación de los odios y las divisiones exacerbados en los últimos siete años por Barack Obama. Ahora que estamos a punto de salir de Barack Obama, no cometamos el error de buscar en Donald Trump la solución a los problemas que agobian hoy a la sociedad norteamericana y que ponen en peligro su influencia estabilizadora en un mundo convulsionado por el flagelo del terrorismo.

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