LA EPIFANIA

Por  el  Rev.  Martín   N.  Añorga

 

En la antigua Grecia el vocablo epifanía se usaba en relación con la aparición de un supuesto dios y como alusión  a cualquier manifestación que pudiera considerarse divina. El concepto fue posteriormente adoptado por la iglesia cristiana para celebrar tres especiales hechos en la vida de Jesús. El primero de ellos es lo que hoy  llamamos el Día de Reyes, evento que desde el segundo siglo los cristianos  celebran el 6 de enero.

 En este trabajo no vamos a referirnos a las otras dos manifestaciones de la divinidad de Jesús, que son su bautismo y su primer milagro, realizado en las bodas de Caná de Galilea. Nuestro propósito es dedicarnos a los queridos y añorados Reyes, que en Cuba les llamamos “Reyes Magos”; pero en  otros lugares del mundo se les llama “los Sabios del Oriente”.

Numerosas leyendas han surgido en relación con los Sabios de Oriente, aunque La Biblia ni siquiera menciona sus nombres ni su procedencia. Tampoco especifica cuántos eran. Algunas historias sugieren que eran dos, y en otras se extiende a doce el número, sin embargo la afirmación de que eran tres es la que ha prevalecido a lo largo de los tiempos, basado el número en el hecho de que ofrecieron tres regalos y asumiéndose que cada uno se encargó de entregar el suyo.

En cuanto a sus nombres, alrededor del noveno siglo comenzó a llamárseles Gaspar rey de Tarso; Melchor, rey de Arabia, y Baltasar, rey de Saba. En la antigua Leyenda Dorada se nos dice que los griegos les llamaban Apelios, Damasco  y Amerio, y los hebreos los designaban con los apelativos de Galagath, Serakin y  Magalath.. Los nombres que les damos en español proceden del latín.

Los regalos de los reyes, el oro, el incienso y la mirra tienen, cada uno, un significado de extraordinario sentido espiritual y profético. Basándonos en algunas de las leyendas que se han preservado, señalamos que Melchor era un anciano de blancos cabellos y larga barba del mismo color, procedente de Europa, siendo él a quien le corresponde entregar la mirra. La mirra es una sustancia rojiza aromática que es común en el Medio Oriente y Somalia. Era muy valorada en la antigúedad para la elaboración de perfumes. La mirra es el símbolo de la humanidad.

Gaspar era el más joven, y procedía del Asia. Sus cabellos eran dorados, casi rojizos. Fue el encargado de entregar el incienso. El incienso es una preparación de resinas aromáticas vegetales, a las que se añaden aceites de forma que al arder desprenda un humo fragante con un olor característico. El incienso es el símbolo de Dios, y en muchas denominaciones religiosas se usa en  la celebración de cultos sacramentales. 

            Baltasar, de raza negra, procedente de Africa, es el que entrega el oro, el más precioso de los metales. El oro es el símbolo del Rey. La descripción de los tres reyes magos fue hecha en el siglo XIV por Beda, un m monje benedictino.

Volviendo a La Leyenda Dorada, podemos afirmar que es un extenso ensayo histórico que contiene informaciones legendarias en un amplio sentido sobre las vidas reales de los santos. Su autor fue Jacob de Voragine, y su obra se remonta alrededor del año 1260. Cerca de 900 manuscritos de la misma han sobrevivido. Entre los años 1470 y 1530 fue el libro de mayor difusión impresa en Europa. Sobre el tema de la Epifanía contiene detalles que satisfarán el interés de los más curiosos lectores.

            Una leyenda de valor sentimental nos cuenta que después que los “Reyes Magos” se ausentaron de Belén, renunciaron a sus títulos y en nombre del niño Dios con el que se habían encontrado, vendieron todos sus bienes y los repartieron entre los pobres, convirtiéndose en predicadores itinerantes. Santo Tomás se encontró con ellos,  cuarenta años después, en la India. Los bautizó y los ordenó sacerdotes. De la misma forma en que estos hombres se mantuvieron juntos a lo largo de sus vidas, juntos enfrentaron el martirio y fueron juntos sepultados en la misma fosa. De acuerdo con esta leyenda, sus restos fueron descubiertos por la Emperatriz Helena, madre de Constantino, la que ordenó que los trasladaran a la basílica de Santa Sofía. Sin embargo, durante la primera Cruzada fueron llevados a Milán, desde donde debido a la influencia de Frederick Barbarrosa, de nuevo sufrieron un cambio, siendo en esta ocasión  trasportados a la  catedral de Colonia. Allí se mantuvieron hasta que la hermosa edificación religiosa sucumbió ante un feroz incendio. Las reliquias de los “Reyes” pudieron ser rescatadas y sepultadas finalmente en una ornamentada urna en la nueva y hermosa reconstruida catedral que fue completada en el año 1880, y que muchos llaman “la catedral de los Reyes Magos”.

            Una vieja leyenda que nos animamos a mencionar es la de la “bruja buena llamada Befana”. Se cuenta que los Reyes Magos, en su caminata hacia Belén se encontraron con una anciana, a la que invitaron a que les acompañara. A pesar de las súplicas de los Reyes, la anciana no accedió, prefiriendo quedarse en su casa dedicada a sus labores domésticas.

            Después de meditar en la invitación que había esquivado, se arrepintió de no haber acompañado a los Reyes Magos y preparó una cesta que llenó de dulces hasta el tope y se fue en la busca de los imponentes viajeros. Debido a que  no le fue posible encontrarlos, la anciana iba de casa en casa regalando a los niños los dulces que había preparado, con la esperanza de que alguno de ellos fuera el niño Jesús de quien le hablaran los Magos del Oriente.

            Desde entonces y hasta la actualidad, cada anochecer antes del 6 de enero, la Befana visita todas las casas de Italia, repartiendo regalos a los niños, como una manera devota de celebrar la Epifanía.

            Hay otras variantes de la leyenda de Befana que la presentan como una bruja que montada en su escoba se desliza por sobre los techos de todas las casas dejando caer sus dulces para disfrute de los niños que han sido buenos, y de carbón para los que se han portado mal.

            Durante la Edad Media y hasta hoy, la estación de Navidad se extiende por doce días, tal como se proclama en un viejo cántico que todavía solemos escuchar.  Esta celebración probablemente se debe a la adaptación al cristianismo de la práctica pagana de festejar el solsticio de invierno durante un determinado período de tiempo. La fiesta de la Epifanía es la conclusión de la celebración navideña, siendo identificada en varios países como “la duodécima noche”.

            Es interesante que la celebración de la Navidad comience con el advenimiento del niño Dios y concluya con una fiesta para todos los niños del mundo, que nos incluye a nosotros los adultos, tan solo si aceptáramos estas lapidarias palabras de Jesús: “en verdad os digo, el que no recibe el reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

 

 

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image