DONALD TRUMP: EL MISTERIO DEL HOMBRE Y SU PEINADO

Ruí Ferreira

Especial DLA

Algunos creen que Donald Trump se encuentra genuinamente molesto con la situación económica del país, que percibe como un debilitamiento de la presencia de EEUU en el mundo y ve como una necesidad recuperar ‘el espíritu americano’

Uno de los secretos más profundos de la Unión Americana, posiblemente más que la clave de la caja fuerte de Fort Knox, es el peinado de Donald Trump.

El caricaturista Gary Trudeau especula, en su célebre personaje Doonesbury, que se trata de una de las operaciones más complejas de la peluquería moderna porque, en su opinión, abarca al menos ocho movimientos de pelo en los cuales el de atrás se peina hacia adelante, se aguanta los laterales contra un par de extensiones detrás de las orejas y al flequillo del frente se le da la vuelta hacia arriba y, después, hacia atrás. Todo se mantiene en el lugar gracias a una más que generosa dosis de laca y se ignora cuantos sprays Trump se gasta al día en eso. Otro secreto.

Es posible que sea por ello que el empresario de bienes raíces no tenga pelos en la lengua. Desde que se ha lanzado a la nominación republicana por la presidencia le dice a todo el mundo lo que piensa, por muy obsceno que sea.

Al gran público y a los hispanos en particular por sus ataques a los mexicanos, puede sorprender su actitud, pero realmente Donald John Trump siempre ha sido así. Jamás se ha contenido al momento de expresar sus opiniones y estas siempre han sido muy controversiales. De hecho se hizo famoso por expresar opiniones indignantes, que llaman la atención en especial sobre sí mismo porque el ego del empresario no tiene límites.

Cuando en 1989 la revista Time le dedicó su primera portada, lo citó tres veces hablando de sí propio. “¿Quién ha hecho tanto como yo? Nadie ha hecho tanto como yo en Nueva York”. Luego subrayó “los que no me quieren es porque no me conocen y jamás me han visto en persona. Me parece que no me quieren porque tienen envidia” y, por último, “me encanta tener enemigos. Lucho contra mis enemigos. De hecho me encanta aplastar mis enemigos contra el suelo”.

Trump nació hace 69 años en Nueva York, en una familia de inmigrantes escoceses y alemanes, y se graduó en Ciencias Económicas y Antropología en la Universidad de Pennsylvania. Pero desde siempre se ha dedicado al mundo de los negocios, primero en la firma inmobiliaria creada por su padre y que el retoño desarrolló espectacularmente a punto de transformarla en un imperio mundial de bienes raíces y del juego. Se ha ganado el apodo de The Donald.

Pero no ha sido una tarea fácil. Precisamente por su carácter, ha cometido varios errores que lo llevaron a declararse técnicamente en bancarrota en dos ocasiones, una durante la construcción de su célebre Trump Tower y otra cuando no pudo asumir el pago del préstamo de la compra del casino Taj Mahal de Atlantic City. Es que durante la mayor parte del tiempo a fines de los años 70 y la primera mitad de los 80, Trump era una especie de Paris Hilton de la sociedad farandulera neoyorkina.

Aparecía en todas las fiestas, siempre rodeado de mujeres espectaculares, era amigo de una constelación de escritores y pintores y un habitué del famoso Studio 54. Su paso por la prensa local era más en ese ambiente que en el de los negocios. De hecho, cuando en julio de 1981 presentó su primer gran proyecto, el complejo de apartamentos Xanadu, fue muy criticado porque alardeó de que la obra estaba a punto de concluirse cuando todos los especialistas se mantuvieron escépticos y lo cierto es que reventó todos los plazos y comenzó a entregar el edificio año y medio después. En el ínterin perdió 17.000 posibles clientes, pero siguió generando dinero con negocios colaterales.

Su gran irrupción en el mundo inmobiliario llegó en 1984 cuando al lograr su primer 1.000 millones de dólares en propiedades en Nueva York, incluyendo el Trump Tower, lo coloca en la portada de las principales publicaciones dedicadas al mundo de los negocios. Desde entonces jamás ha salido de ellas, ni mismo durante su convulsionada vida sentimental. Se ha casado tres veces y eso no parece haber constituido una mella en su capacidad empresarial. Ahora en lo político pudiera ser diferente.

La primera vez que Donald Trump exteriorizó una ambición presidencial fue en 1987 cuando se apartó de sus actividades empresariales y opinó que Japón y Arabia Saudí debían participar en los gastos operacionales de EEUU en el Golpe Pérsico. Al año siguiente llevó al entonces líder soviético Mijail Gorbachev a cenar en Nueva York en un gesto que la revista Time habría de considerar que le confería una imagen de estadista que, además, estaba queriendo imprimir desde que en 1985 hizo unos comentarios sobre la carrera armamentista

El año 2000, Trump vino a Miami cuando estaba explorando sus posibilidades presidenciales y fue acogido por la Fundación Nacional Cubano Americana. Durante varios días recorrió la zona y criticó muy duro al régimen cubano sin interesarse mucho por la difícil situación económica de la región en ese entonces. “Fidel Castro tiene que irse. Cuando sea presidente haré todo lo posible. Es una política anacrónica que no tiene nada que ver con el mundo moderno actual”, dijo a la prensa local. Pero la cosa no pasó de ahí, posiblemente porque estaba saliendo de un divorcio tormentoso y comenzando su tercero matrimonio y, concentrado ya en el nuevo hijo que estaba por llegar, no prestó más importancia al asunto.

Hasta el 2010 en que volvió a la carga y anunció su postulación. Dio un par de ruedas de prensa y al año siguiente también desistió de su propósito. Por ello, la gran cuestión es porqué ahora ha vuelto en tropezar con la misma piedra. Los analistas están divididos.

Algunos creen que se encuentra genuinamente molesto con la situación económica del país, lo que percibe como un debilitamiento de la presencia de EEUU en el mundo y lo que ve como una necesidad de recuperar ‘el espíritu americano’ interno que siente haberse perdido durante la administración de Barack Obama.

Pero otros recuerdan una vertiente de sus negocios: su afición al mundo del espectáculo. Después de todo, es el dueño de Miss Universo y Miss America y lo ha sido del exitoso programa The Apprentice, donde se hizo conocido por la frase disparada al final del show: ‘Estás despedido’. En lo que va de campaña lo único que ha dicho de espectacular es insultar a los mexicanos y al senador republicano John McCain a quien niega el estatuto de ‘héroe’, pese a los cinco años y medio que éste pasó aislado en una celda del Hanoi Hilton.

Lo cierto es que Trump no es un hombre de grandes disquisiciones políticas. Sino un empresario que convive con la frialdad de las cifras financieras y el mundo de los negocios. Pero no puede vivir sin las candilejas. “Este hombre sabe montar un espectáculo y me pregunto si no estamos asistiendo a la versión política de un reality show”, dice Susan Glasser, la editora de Politico.

http://www.diariolasamericas.com/4851_eeuu/3258562_donald-trump-el-misterio-del-hombre-y-su-peinado.html

 

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