LOS BRAVOS NUNCA SE RINDEN

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Los tiranos de Cuba, sus apandillados dentro de la Isla, sus aliados en la izquierda internacional, sus apologistas en la gran prensa norteamericana y sus cómplices en el exilio cubano están eufóricos por la decisión de Barack Obama y del Papa Francisco de apuntalar con recursos financieros y legitimidad diplomática a su régimen represivo y corrupto. Nunca la noche de la tragedia cubana ha sido más desconsoladora y oscura. El resultado ha sido una estampida de opositores de principios débiles y convicciones superficiales en la búsqueda de un lugar protagónico dentro de un andamiaje enrevesado y derrotista. Son los oportunistas de todos los tiempos que cambian principios por beneficios, dignidad por tranquilidad y libertad por seguridad. Sobre toda esa gente y, a pesar de toda esa gente, la luz de la libertad siempre ha predominado sobre la oscuridad a través de la historia. Ella es mi mejor argumento.

Corría el año de 1775 y los colonos americanos se resistían a seguir siendo explotados y oprimidos por una despiadada potencia transatlántica. La mayoría de los colonos se oponían a un enfrentamiento con la poderosa Inglaterra. El 23 de marzo de ese año todo cambió. La Cámara de Diputados (House of Burgesses) de la Colonia de Virginia fue estremecida por la voz estentórea de Patrick Henry, uno de los principales promotores de la rebelión armada. "¿Es la vida tan preciosa o la paz tan dulce como para ser compradas al precio de las cadenas y de la esclavitud?". Y se contestó: "¡No lo permita el Dios Todopoderoso! Yo no sé el curso que tomarán otros, pero, en lo que a mí respecta, denme la libertad o denme la muerte".

Pero, a pesar de su entusiasmo y de su compromiso, el camino que les quedaba por recorrer a aquellos ciudadanos soldados estaría plagado de obstáculos y de vicisitudes. En el crudo invierno de 1777-1778, el espíritu de aquellos combatientes descendería a sus niveles más bajos. Las tropas británicas entrarían triunfantes en la simbólica ciudad de Filadelfia, cuna de la declaración de independencia, y el Congreso Continental se vería obligado a refugiarse en Nueva York.

Después de numerosas derrotas durante el verano de 1777, el ejército liderado por George Washington se refugió en Valley Forge, a unas 20 millas de la ocupada Filadelfia. Uno de cada cuatro de los 12,000 soldados del Ejército Continental moriría de hambre o de frío en aquel invierno cruel y devastador. Otros se habrían rendido pero no aquellos bravos gracias a cuyo coraje los Estados Unidos han disfrutado de más de dos siglos de democracia ininterrumpida. Su persistencia los premió con futuras victorias que culminaron en la derrota definitiva de los ingleses en la Batalla de Yorktown, el 19 de octubre de 1781.

Otro ejército de soldados improvisados, liderados por un iluminado de la libertad, escribió páginas de gloria en la historia hispanoamericana. Simón Bolívar y los hombres que le siguieron mostraron el tipo de coraje con la capacidad para superar cualquier tipo de obstáculo que se les interpusiera en el camino de su cruzada libertadora. Y así lo hicieron. Se enfrentaron tanto al poderío del Imperio Español como a la fuerzas devastadoras de la naturaleza.

El jueves santo, 26 marzo de marzo de 1812, un terremoto gigantesco causó entre 10,000 y 20,000 muertos en las ciudades de Caracas, Barquisimeto, Mérida y San Felipe. Los clérigos realistas trataron de amedrentar al pueblo diciéndoles que era un castigo de Dios por oponerse a España. Bolívar les salió al paso y dijo: "Aunque la naturaleza se oponga lucharemos contra ellos (españoles-realistas) y haremos que nos obedezcan". Ya sabemos como aquellos bravos culminaron su obra libertaria en Carabobo, Boyacá, Ayacucho y Pichincha.

Los cubanos también hemos tenido nuestros batallones de bravos. Ni siquiera las derrotas y la pesadilla de nuestra primera epopeya de la Guerra de los Diez Años nos restó coraje para emprender de nuevo la lucha por nuestra libertad en 1895. Tampoco el carnicero de Valeriano Weyler, con su holocausto de 250,000 muertos durante su "Reconcentración" fue capaz de matar nuestros empeños libertarios. Para eso teníamos a Jose Martí, Antonio Maceo, Máximo Gómez y a un pueblo determinado a ser libre o morir. Uno de nuestros momentos estelares fue la reacción de Martí ante la traición y el desastre de la Isla de Fernandina, frente a las costas de La Florida.

Tres expediciones simultáneas en los vapores Amadís, Lagonda y Baracoa llevarían a los insurrectos cubanos rifles y municiones para 400 soldados, cantidad considerada suficiente para iniciar las hostilidades contra España. La cobardía y la traición de un delator produjo que los barcos fueron embargados por el gobierno de los Estados Unidos. En una carta enviada al patriota José Dolores Poyo, Martí le dijo: "No tema de mi, sé padecer y renovar. La cobardía, o más, de un hombre inepto, se nos clavó de arrancada en la hora grande. Renaceremos". Y al General Máximo Gómez: "Yo no miro a lo deshecho, sino a lo que hay que hacer". Y fuimos libres por más de medio siglo hasta que nos apuñalaron por la espalda los herederos vengativos del carnicero Valeriano Weyler.

Contra esos nuevos carniceros se alzaron nuestros bravos del Siglo XX. Aunque el protagonismo de nuevos falsos líderes y la ingratitud de nuestro pueblo no les rindan el culto merecido a su coraje las páginas de heroísmo que una vez escribieron serán siempre parte integral de nuestra historia. Ahí están : Porfirio Remberto Ramírez, Margarito Lanza Flores (aliasTondike), Claro Mollinedo, Sinesio Walsh Ríos, José Palomino Colon y Ángel Rodríguez del Sol, alzados en El Escambray contra la tiranía de los Castro.

Tampoco podemos pasar por alto a bravos que cayeron en otros empeños sin rendirse ante los tiranos como Vicente Mendez, Rogelio González Corzo, Humberto Sorí Marín y Pedro Luis Boitel. Y en tiempos recientes es necesario recordar a patriotas que, aunque utilizando medios no violentos hicieron el mismo despliegue de coraje y ofrendaron sus vidas por nuestra libertad como Orlando Zapata Tamayo, Laura Pollán Toledo, Oswaldo Payá Sardiñas y Harold Cepero, entre otros que harían muy larga esta lista de mártires por la libertad de Cuba.

El orgullo de ese legado de rebeldía y servicio a la patria debe ser suficiente combustible para que los bravos del Siglo XXI nos mantengamos firmes en nuestra decisión de combatir a la tiranía. Con los tiranos no se negocia, se les vence, no importa con que armas. Tenemos que continuar la obra de quienes nos dieron la libertad y quienes después han muerto por ella. Si nos dejamos desanimar por los oportunistas, los pusilánimes y los cobardes merecemos seguir siendo esclavos sin honor ni patria. No puede haber otro camino que la lucha sin importar el nivel de sacrificio. Porque no hay victoria sin lucha ni libertad sin sacrificio.

Como siempre serán los bravos quienes nos traerán la libertad y escribirán la historia de nuestra patria cubana. Una libertad que será para todos, los pusilánimes y los optimistas, los bravos y los cobardes. Y una historia, que será recordatorio permanente de los peligros de la tiranía y de las bondades de la libertad. Sobre dichos valores construiremos la nueva nación cubana.

1 DE JULIO DE 2015

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