“GAVETÓN”, MARCO RUBIO Y EL NEW YORK GRANMA

Por Hugo J. Byrne

Durante mi niñez los choferes de “piqueras” de alquiler en Matanzas no tenían muy buena reputación. Generalización basada en el san Benito de “chusma”, cuya manifestación era sólo el uso de palabrotas. Atavismo arrastrado probablemente desde la época de los cocheros.

Recuerdo sin embargo, a dos que se destacaban por respetuosos y confiables. Uno era un gallego viejo llamado Ventura, cuyo auto negro y cuadrado parecía una limosina de funeraria. El Obispo de esa época siempre alquilaba los servicios de Ventura.

El otro era canoso y flaco y todos lo conocían por “el Tío”. Cuando mi hermano y yo éramos muy pequeños para ir en autobús, mis padres alquilaban los servicios del “Tío” por todo el día para visitar a los familiares en La Habana.

El arquetipo en Matanzas de todo lo malo en un chofer de alquiler, era conocido por el mote de “Gavetón”. A Gavetón no puedo describirlo físicamente pues para mi gran suerte nunca lo conocí en persona. Describo su retorcida personalidad con anécdotas que me contaron personas de fiar.

Los pocos suicidas en la Cuba de entonces, por razones que permanecen en el misterio, escogían ciertos lugares para quitarse la vida. En La Habana, se lanzaban con frecuencia al vacío desde la azotea de la “Manzana de Gómez”, edificio comercial y céntrico. Los propietarios del edificio terminaron por bloquear el acceso público a la azotea.

En Matanzas y en el resto del país las mujeres preferían incinerarse vivas o beber tinta rápida y los hombres ahorcarse de un poste o de la rama de un árbol. Quienes poseían arma, un tiro en la sien, pero en el Parque Machado había muchos árboles altos.

Mi hermano y yo visitábamos semanalmente ese parque a la entrada de la ciudad, supervisados por mi padre. La ida (cuesta arriba) era en tranvía y el regreso a pie. Un día encontramos una multitud compacta rodeando un árbol en horas tempranas. Contemplaban el cadáver de de un suicida, tendido en el suelo.

Prudentemente mi padre nos condujo a otra parte del extenso parque. A pesar de ello alcanzamos a oír los gritos iracundos de un hombre que se quejaba con “lenguaje florido” de que el ahorcado yacía en el cemento: “¡Corro que j… al enterarme que hay un ahorcado para verlo [guindao], pero cuando llego los cabr… ya lo han bajado!” Supe después que quien así gritaba era un chofer de alquiler a quien llamaban “Gavetón”.

Mi tío Juan Secreu era entonces dueño de un negocio de víveres (que en Cuba llamaban “bodegas”) y mayormente atendía a la clientela en persona. En una oportunidad llegó hasta el mostrador un hombre de la raza negra, acompañado de su hijo pequeño. Poco después se apareció Gavetón.

El primer cliente compró algunos comestibles y pidió un refresco para el niño. Inmediatamente Gavetón empezó a recorrer todo el establecimiento mirando detrás de las puertas y en las esquinas y anaqueles de forma muy evidente. Mi tío le preguntó qué buscaba y Gavetón respondió que buscaba al “niño”. El otro, correcta e ingenuamente le indicó que su hijo estaba a su lado.

Gavetón le contestó que ese no era un niño, sino un negrito. Mi tío era en esa época un hombre joven y fuerte, de reacciones rápidas: saltando por encima del mostrador se interpuso entre el chofer y el ofendido, quien se disponía a aplastar la cabeza de Gavetón con un martillo que tomó de un anaquel. Gavetón corrió como una liebre hasta su carro y desapareció con gran ruido de ruedas quemadas.

Por último, en una ocasión un amigo de la familia quien necesitaba transportarse a otra área en la ciudad, alquiló el auto de “Gavetón” quien era el único chofer disponible. Mala suerte: Gavetón rozó otro auto que recién se estacionara paralelo a la acera, con su conductor aún dentro.

Gavetón se vio precisado a detenerse y salió de su carro como el toro del toril, argumentando a voz en cuello que las ordenanzas municipales prohibían el estacionamiento en esa zona. El otro driver quien en apariencias conocía a Gavetón, no le hizo el menor caso mientras examinaba los daños a su automóvil, que eran afortunadamente casi imperceptibles.

Después se cruzó de brazos mirando en los ojos a Gavetón, quien aún berreaba. Cuando Gavetón se detuvo para respirar, el otro le dijo tranquilamente que se largara de su presencia si no quería una real paliza. Gavetón no esperó por ella. En Cuba la mayoría de los accidentes del tránsito se resolvían privadamente si no había personas heridas o daños graves a la propiedad.

Cuando Gavetón regresó a su auto, mi amigo repitió lo dicho por él sobre las ordenanzas municipales. El comentario de Gavetón fue aleccionador: “No existe regla alguna que prohíba a ese señor ni a nadie estacionar donde estaba, pero yo tenía que inventar algo para contrarrestar lo que era evidentemente culpa mía”.

La lógica podrida de Gavetón era la misma que hoy usa editorialmente el New York Times tratando de salpicar al Senador por Florida Marco Rubio con el detrito en el que siempre chapotea ese panfleto. ¡El Times acusa a Rubio de haber cometido cuatro infracciones de tráfico durante diecisiete años y de estar en deuda!

Semejante acusación es peor que estúpida: es risible. ¿Conoce el amable lector alguien quien nada deba? ¿Tarjetas de crédito? ¿Hipotecas? ¿Automóviles? ¿Préstamos para estudiar? ¿Esperando por la cuenta en un restaurante después de ingerir la comida?

De hecho es imperioso tener algunas deudas para conservar un crédito decente en un sistema con libertad empresarial. El Times cree que sus lectores regulares son deficientes mentales y… quizás en eso esté parcialmente acertado.

¡Cuatro violaciones de tráfico en diecisiete años! ¿Ha indagado el “New York Granma cuántas violaciones de tráfico tienen Nancy Pelosi o el viejo carcamal Harry Reid durante el mismo período de tiempo?

Por supuesto, este es el mismo trapo que en 1959 ensalzara a Fidel Castro como el “Robin Hood” de Cuba, insultando de pasada al legendario personaje. De acuerdo a la leyenda, pues no se trata de una historia real, Robin Hood lejos de “robar” a los ricos para “ayudar” a los “pobres”, sólo tenía problemas con el notorio Sheriff de Nottingham y hacía de las suyas en el bosque de Sherwood. El Sheriff era un tirano brutal que esquilmaba a todos con impuestos absurdos en nombre de un usurpador mandamás. Algo así como la relación entre el vicioso presente IRS y el no menos corrupto Obama.

Este es el mismo trapo que mucho antes del 17 de diciembre del 2014 publicara continuos editoriales demandando de Washington reconocimiento diplomático, crédito y perdón por actividades terroristas pasadas y presentes hacia el régimen de La Habana. Hace tiempo establecí un criterio objetivo para utilizar de forma práctica las recomendaciones de este sucio trapo: si me opongo a cualquier cosa que el Times recomiende, estoy cien por ciento seguro de apoyar los intereses de los Estados Unidos.

El New York Times podrá haber sido un periódico decente hace muchos años, pero desde principios del siglo pasado no es más que un panfleto, un trapo (“rag”) como el Granma, al servicio de quienes desean destruir a esta nación y cuanto ella represente.

Esta movida del New York Granma solidifica aún más mi firme decisión de apoyar la candidatura presidencial del Senador Rubio en las elecciones del 2016. Obtenga o no la candidatura de su partido y gane o pierda en noviembre del año próximo, Rubio tiene mi absoluto respaldo y ruego a mis lectores que consideren lo mismo.

 

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