LA FAMILIA ARTIFICIAL

Hugo Byrne
hugojbyrne@aol.com

La industria de la fantasía creó robots muchos años antes que la ciencia. Existían en las tiras cómicas desde antes de mi nacimiento. La ciencia ficción los puso de moda desde Jules Verne.

En la actualidad industrias completas son operadas por unos cuantos técnicos quienes con la ayuda de robots producen en serie los mismos artefactos que antes requerían decenas de operarios especializados en las cadenas de montaje. Esto no sólo redunda en beneficio universal abaratando costos, sino que desvirtuando la idea absurda de que el progreso genera desempleo, estimula otros muchos negocios. En realidad el automatismo crea más y mejores oportunidades.

El único “progreso” que siempre genera desempleo es de carácter semántico. Me refiero al llamado “progresismo” político. Una economía de mercado tiende a producir mejores productos y servicios más eficientes mediante la competencia. El monopolio no es imposible en ese ambiente, pero difícil y remoto. En el estatismo por el contrario, el monopolio está garantizado: es la esencia misma del sistema.

El estado también produce robots, pero éstos no son mecánicos ni electrónicos; son humanos. ¿Cuánto tiempo hace que el amigo lector se ha visto en la necesidad de visitar una dependencia pública para solucionar algo? No me gusta generalizar y algunas veces he resuelto mis asuntos relacionados con el estado de forma rápida y satisfactoria. En esos casos excepcionales he tenido la suerte de tratar con individuos responsables e inteligentes, cosa poco común en la administración pública.

Hace unos años mi esposa se fracturó un tobillo al perder pie en las escaleras y tuvo que usar muletas por unos dos meses. Aunque entonces oficialmente retirada del magisterio aún trabajaba algunas horas semanales para el Distrito Escolar.

En consecuencia obtuvo de su médico el permiso para adquirir una divisa azul temporal (seis meses) para estacionar en espacios asignados para ello. Esas divisas azules son expedidas por el “Department of Motor Vehicles” (DMV) del Estado de California. La requisición se hizo por correo, agregando el importe de $6.00. El cheque fue cobrado al instante, pero la plaquita azul nunca llegó.

Me personé en las oficinas del DMV y cuando llegó mi turno (la espera es siempre larga) me informaron que el driver tenía que hacer la reclamación en persona. Decidimos no molestarnos más. Si todas las estafas que perpetra el estado en los contribuyentes fueran de sólo seis dólares, viviríamos felices.

En el 2003 visitando la Biblioteca Pública de New York tuve la ingenuidad de preguntar a un empleado por el nombre del autor de un cuadro que estaba demasiado alto en la pared para que la firma fuera legible. Su inolvidable respuesta fue: “No lo sé, ni me interesa. La administración pública en Estados Unidos como en todas partes, está repleta de robots de apariencia humana.

Pero donde la deshumanización de la vida pública hace verdadera crisis es en la política. Ayer vi un “debate” en la tv en español de Miami. El entrevistador tenía dos invitados supuestamente representando ambos partidos. El demócrata era un señor tan grueso que su cara casi no cabía en la pantalla y el republicano era más pequeño y con una calvita de las que se tratan de disimular haciéndose la raya en el cogote.

Los describo no para disminuirlos, sino para establecer que la única diferencia entre ellos era física. En realidad ambos corearon el mismo estribillo. ¿Qué dijeron? Criticaron unas declaraciones de uno de los muchos posibles candidatos republicanos y éste, por supuesto, no era Bush sino el único que podría disputarle la primaria republicana de Florida y el único que podría derrotar a H. Clinton en ese estado. ¿Coincidencia inocente o programación robótica? Esta “demostración de bipartidismo” tenía todas las características de la artificialidad. Por supuesto, los únicos representados allí eran la Secretaria Clinton y el ex Gobernador Bush

La política en Estados Unidos en el año 2016 tendrá de todo menos la genuina virtud de sinceridad u originalidad. Incluso tenemos una muy famosa familia política totalmente artificial: los Clinton.

No entraré en el tema de mal gusto sobre si este matrimonio es “de conveniencia” o no, aunque las evidencias circunstanciales apunten en esa dirección. Aludo solamente a lo que es del dominio público, pues nadie sino Dios puede escudriñar en el alma de los hombres.

Aunque su inicio en la arena política data de la época cuando se convirtiera en la Primera Dama de Arkansas, de muy joven Mrs. Clinton participó en la campaña presidencial de 1964 como “cheer leader” favoreciendo la candidatura del desaparecido Senador republicano Barry Goldwatter. Goldwatter, quien perdiera esa elección abrumadoramente, era caracterizado como troglodita y reaccionario por las mismas fuerzas políticas que hoy abrazan la candidatura de Clinton.

Las trayectorias “ideológicas” de Bill y Hillary no son exactamente paralelas. La de Bill en un principio parecía consistente. El ex Gobernador de Arkansas se mantenía más o menos en la izquierda “liberal”. En 1992 fue electo Presidente por bastante menos de la mitad del voto popular en una competencia de tres candidatos.

Clinton enfrentó una debacle parlamentaria dos años más tarde cuando los republicanos ganaran sólidas mayorías en el Senado y la Cámara. Reaccionó reconociendo su derrota y uniéndose filosóficamente al Vocero de la Cámara Newt Gingrich, de súbito abrazó una posición moderada: “La era del gobierno grande se terminó”. Mrs. Clinton por su parte pareció olvidarse temporalmente de “Hillarycare”.

Después de la derrota de Hillary a manos de Obama, quien obtiene la nominación demócrata y eventualmente la presidencia en el 2008, la actitud de Bill Clinton parece cambiar de nuevo. Hillary y Obama fuman la pipa de la paz y la primera, abandonando su senaduría por New York, asume la Secretaría de Estado durante todo el primer período de Obama. Parece que para Bill “la era del gobierno grande” retornaba.

Estos camaleones sureños tienen un objetivo único y muy bien definido: el poder político. Es evidente que cuando se estudia objetivamente su trayectoria ésa aspiración se sobrepone a todas.

No importa si se trata de achacar una escapada libertina de Bill, notorio por sus conocidas experiencias, a “una vasta conspiración de la extrema derecha”. O si se trata de justificar lo injustificable en el manejo de asuntos sensitivos a la seguridad nacional. O si se oculta la trágica realidad en el asesinato de ciudadanos de este país a los familiares de las víctimas. O si se ofrece silencio indefinido como respuesta a legítimas interrogantes de la prensa. O cuando se intercambian favores políticos por bienes materiales, mientras se rinde hipócrita pleitesía a un imaginario, estricto respeto por la ley, mostrando una sonrisa que de tan artificial parece una mueca que arruga el semblante.

Todo ello es prueba irrebatible de indiferencia artificial a valores humanos cuando lo que está en juego es una ventaja política. Hasta Fidel Castro fue más sincero cuando definió desde su tribuna prepotente su único y verdadero objetivo: el poder.

 

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