SOBRE PUBLICIDAD Y SECRETOS DE ESTADO

Por Hugo J. Byrne

 

El reciente escándalo de WikiLeaks, blog antinorteamericano que se dedica a hacer públicos los supuestamente más guardados secretos de Washington, trae a la memoria similares escándalos del pasado. Dar publicidad a documentos clasificados que pueden variar desde simples anécdotas inconsecuentes a mayores exposiciones de material super secreto, es una actividad que obviamente puede ser de gran perjuicio a personas o a intereses de las naciones que los mantienen confidenciales. Históricamente esta actividad no es la primera de su clase ni es exclusiva de la era cibernética. 

 

En febrero de 1917 cuando la primera Guerra Mundial estaba en su apogeo, la publicidad del llamado “affaire” del telegrama “Zimmerman” creó un revuelo diplomático de extraordinarias proporciones y agudizó enormemente la tensión existente entre Washington y Berlín. El notorio telegrama en código fue escrito por Arthur Zimmerman, el Ministro de Relaciones Exteriores del Imperio Alemán. 

 

Hechura de su emperador y obediente al ramplón maquiavelismo diplomático que siempre caracterizó a este último, Zimmerman envió el notorio telegrama criptográfico al gobierno mexicano de esa época. El Kaiser quería explotar el antagonismo entre México y “los gringos”, existente desde la guerra del siglo XIX en que México perdiera gran parte de su territorio original a manos de Estados Unidos. Este antagonismo había reverdecido en años recientes.

 

Escasamente menos de cuatro años antes y en una sesión especial del Congreso de Estados Unidos, el Presidente Wilson declaró que “no podía haber paz en México mientras gobernara allí como dictador el General Victoriano Huerta”. Agregó Wilson que “Estados Unidos no veía con agrado a quienes toman el poder del gobierno para avanzar sus intereses personales y satisfacer su ambición”.

 

Woodrow Wilson, ferviente demócrata de palabra y redomado racista de obra, no tenía confianza alguna en la habilidad política de la población al sur del Río Grande, fuera cual fuese la obvia ilegitimidad de Huerta. En consecuencia, trató sin éxito de negociar el retiro del militar mexicano y, al fracasar, permitió a la oposición de ese país adquirir material bélico en Estados Unidos para derrocarlo.

 

Las relaciones entre ambos países llegaron al punto de ebullición cuando las autoridades de Tampico arrestaron a 14 marineros norteamericanos que habían desembarcado sin permiso. Wilson rechazó las disculpas oficiales de Huerta, conminándolo a saludar la bandera norteamericana públicamente en Tampico como única forma aceptable de desagravio. Al rechazar Huerta la humillación, Wison ordenó en abril de 1914 la ocupación militar de Veracruz.

 

Esta se llevó a cabo por la Infantería de Marina al costo de unos 18 norteamericanos muertos. Después, el Ejército substituyó a los “marines” y el General Frederick Funston (comecandela veterano Brigadier del Ejército Libertador de Cuba), asumió la jefatura de la plaza. Funston propuso entonces a sus superiores tomar Ciudad de México.

 

Brasil, Argentina y Chile facilitaron una mediación en el incidente y, antes de que éste degenerara en conflicto general, Huerta embarcó para el extranjero y su principal oponente, Venustiano Carranza, asumió la presidencia de México. La “diplomacia de cañoneros” prevaleció, pero su resultado fue también reavivar la llama del viejo antagonismo mexico-americano.

 

Ese antagonismo fue el que trató torpemente de explotar Guillermo II con el notorio telegrama de Zimmerman, el que entre otras cosas afirmaba: “Nos proponemos iniciar el día 1 de febrero la guerra submarina sin restricciones. A pesar de ello trataremos de mantener a Estados Unidos como neutral. En la eventulidad de que esto no pueda lograrse, le hacemos a México una propuesta de alianza en la base siguiente: hacer la guerra juntos y la paz juntos, generoso apoyo financiero y el entendimiento por nuestra parte de que México habrá de reconquistar sus territorios perdidos en Texas, Nuevo México y Arizona...”

 

Londres, tradicionalmente hábil en la contrainteligencia, no sólo fue capaz de interceptar el susodicho telegrama, sino de descifrar su código completamente. Tan preciso y exitoso fue su trabajo en esta circunstancia que se propalaron versiones dudosas de su legitimidad.   Sin embargo, el tiempo ha verificado que el notorio “Zimmerman Telegram” tiene, por las circunstancias que lo rodean, una gran probabilidad de ser completamente fidedigno.

 

El público norteamericano, ya inclinado a aceptar la intervención en la guerra de Europa después del hundimiento del trasatlántico de matrícula británica Lusitania en Mayo de 1915 (con la muerte de 128 ciudadanos norteamericanos) fue aún más determinado en buscar el castigo para quienes se involucraban en alianzas conspirativas contra este país. De esta suerte, el tiro le salió al Kaiser por la clásica culata: el 6 de abril de 1917 Estados Unidos declaró la guerra al Imperio Alemán.

 

¿Será esta debacle diplomática suficientemente aleccionadora como para que los secretos de estado norteamericanos puedan efectivamente guardarse a salvo de traidores?   

 

  

 

 

 

 

 

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