EL MUNDO ENAJENADO DE BARACK OBAMA

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Desde sus primeras incursiones en la vida pública Barack Obama ha sido un camaleón que ha sabido ocultar su ideología política y la agenda que se proponía implantar si llegaba a ser gobierno. En su discurso de presentación de John Kerry como presidente en la Convención Nacional Demócrata en 2004, en Boston Massachusetts, Obama se vendió como un enamorado del sueño americano proclamando:"Yo digo esta noche que no hay una América de izquierda y una América de derecha, sino unos Estados Unidos de América." Y disfrazó aún más su diatriba politiquera afirmando: "Digo que no hay una América negra y una América blanca, una América latina y una América asiática, sino unos Estados Unidos de América". Se le olvidaron los indios americanos, pero no tuvo importancia porque los votos de esa minoría no deciden elecciones. El tiempo y su elección al poder nos mostrarían más adelante en toda su dimensión al fanático y enajenado Barack Obama.

Como ni el espacio de este artículo ni el nivel de atención de mis lectores es ilimitado, hago referencia a la última expresión del fanatismo y la enajenación de este sujeto. Hace sólo unos días el renuente Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas pronunció el discurso de graduación de cadetes de la Guardia Costera. En una página sacada de George Orwell, Obama dijo: "Estoy aquí para decir que el cambio climático constituye una seria amenaza a la seguridad mundial y una amenaza inmediata a nuestra seguridad nacional. Y, no se equivoquen, la misma impactará la forma en que nuestros militares defienden a nuestro país. Por lo tanto, tenemos que actuar y tenemos que actuar ahora mismo".

Más adelante manifestó que desequilibrios climáticos como la sequía en Nigeria crean las condiciones para que grupos terroristas como Boko Haram resulten atractivos a los marginados. Con respecto a grupos barbáricos como ISIS, Obama dijo que Estados Unidos ha logrado debilitarlo pero admite que todavía queda camino por andar. Tomando en cuenta que ISIS controla actualmente la mitad de Siria, la afirmación de Obama tiene que ser contemplada como la expresión de un hombre divorciado de la realidad. La definición casi exacta de un orate con credenciales para presidir el manicomio de Saint Elizabeth, ubicado precisamente a unas cuantas cuadras de la Casa Blanca, en la Ciudad de Washington .

Por su parte, algunos ex militares que no defienden sus puestos en el gobierno de Obama, le salieron al paso. El siempre moderado John McCain montó en cólera en el hemiciclo del Senado y dijo a grito pelado: "El Presidente de los Estados Unidos dice que debemos estar preocupados por el cambio climático. Yo estoy preocupado por el cambio climático pero me pregunto: "¿nos importa un comino lo que está pasando en las calles de Ramadi?'".

Por mi parte, creo que todos debemos estar interesados en un planeta limpio y, para ello, debemos eliminar las emisiones dañinas a la salud general. Pero de ahí a decirle a un grupo de jóvenes militares que la lucha contra el cambio climático es una prioridad constituye una alucinación. Estos jóvenes han mostrado su inclinación a defender este país frente a enemigos jurados como los terroristas islámicos, no en ser un ejército al servicio de la izquierda obsesa con una teoría cuya validez sigue siendo ampliamente debatida. Bill O'Reilly, de Fox News, lo dijo gráficamente: "Esto es como si George Washington le hubiese dicho a sus tropas (hambrientas y congeladas) en Valley Forge que debían concentrarse en elaborar velas de cera y cidra de manzana". Y yo me pregunto, si este delirio del presidente será resultado del "mejunje ideológico" ingerido por el niño Obama de manos de su abuelo zurdo y de mentores comunistas como Frank Marshall.

A mayor abundamiento, aunque no en la misma escala de maldad o dimensión de daño, Barack Obama tiene antecesores en la historia de fanáticos y enajenados que han desatado sus aberraciones psicológicas sobre las pueblos que han gobernado. En octubre de 1917, Vladimir Lenín y sus bolcheviques, un grupo minoritario dentro de la oposición rusa, se apoderaron del gobierno. Su primer acto fue reunir al consejo de soviets, asambleas de obreros, soldados y campesinos, para discutir las condiciones de la firma de un acuerdo de paz con Alemania, con quien se sostenía una guerra que había minado las finanzas rusas.

Como resultado, Rusia perdió varios territorios al oeste del país. Entre esa fecha y la caída del Muro de Berlín en 1989, la locura de la ideología comunista infringió al mundo más de 100 millones de muertos ( 20 millones en Rusia, 65 millones en China y 6 millones si sumamos a Vietnam, Corea, Camboya y Europa Oriental). Todo esto minuciosamente documentado en El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión (1997), un libro escrito por profesores universitarios e investigadores europeos y editado por Stéphane Courtois, director de investigaciones del Centre national de la recherche scientifique (CNRS).

Andando el tiempo, la "civilizada" y "sofisticada" Alemania cometió la estupidez de dar poder absoluto al orate de Adolfo Hitler, el cual ejerció su dictadura desde el 30 de enero de 1933 hasta el 8 de mayo de 1945 en que se dio un pistoletazo para evitar ser apresado por las tropas rusas. Después de la designación de Adolf Hitler como Canciller, el 30 de enero de 1933, los líderes del nuevo Gobierno (una coalición de nazis y nacionalistas alemanes) pasaron rápidamente a suspender los derechos civiles básicos de todos los alemanes. Hitler abolió la presidencia y se proclamó Führer del pueblo alemán (Volk). Todo el personal militar y todos los funcionarios públicos prestaron un nuevo juramento de lealtad personal hacia Hitler como Führer. Quien también conservó el cargo de canciller del Reich (jefe del Gobierno). La suerte fue echada y el mundo pagó el error del pueblo alemán y la debilidad de Occidente para enfrentar al monstruo con otros 100 millones de muertos.

En 1959, el pueblo cubano cometió el mismo error de los alemanes entregando su suerte a otro loco que se proclamó nuestro Mesías. No en balde, el monstruo decrépito que se niega a morir fue un admirador de Adolfo Hitler desde sus años de estudiante de secundaria. Desde su primer año en el gobierno, robado por la fuerza de las armas, se dedicó a exportar revolución y muerte, primero a todo el Continente Americano y más tarde a África y al Oriente Medio. Según "El Libro Negro del comunismo: crímenes, terror y represión" (1977), ya citado en este trabajo, el Castro Comunismo ha producido el saldo macabro de más de 150,000 muertos en Cuba y en otros país de la América Hispana, sin contar los ocasionados por sus guerras africanas como condotiero de la Unión Soviética.

El eslabón que une esta cadena de admiración de Barack Obama por los tiranos cubanos es su gestión para salvar del naufragio a un barco castrista cuyo casco ha sido horadado por 50 años de crímenes e injusticias. Con la segunda elección de este fanático camaleónico el pueblo norteamericano cometió el mismo error de alemanes y cubanos, así como ha mostrado una supina ignorancia política. Ya Washington no puede endilgarnos el calificativo despectivo de "republicas bananeras". Con su elección de Obama, este país ha demostrado no ser otra cosa que una república bananera cualquiera, sólo que con más dinero.

De hecho, ha quedado ampliamente demostrado que, bajo Barack Obama, el "Sueño Americano" ha devenido en una horrible pesadilla. Los blancos y los negros se odian con una intensidad que recuerda los años previos a los de la década de 1960. Los obreros han visto reducir sus ingresos en términos de poder adquisitivo. La clase media casi ha desaparecido. Los niños de familias pobres, tanto blancos como negros, no reciben una educación adecuada para competir por empleos bien remunerados.

En el ámbito internacional, los enemigos de los Estados Unidos no respetan a un presidente que amenaza sin cumplir su palabra ni temen a una potencia que se muestra renuente a utilizar la fuerza para defender la libertad en el mundo, como lo ha hecho en los 70 años posteriores al final de la Segunda Guerra Mundial. Como resultado, los aliados no confían en Barack Obama ni quieren ser identificados con una nación que suplica ser amada antes que demandar ser respetada.

Mientras tanto, este hombre ignora la realidad y, como el perro huevero, no puede sacudirse la obsesión izquierdista de considerar al cambio climático como una amenaza a la seguridad nacional de los Estados Unidos. Al igual que Nerón en el año 64 durante el incendio de Roma, Obama toca su arpa ideológica totalmente indiferente a las ominosas amenazas del terrorismo islámico. Y, como Nerón, a la hora de asignar culpabilidad por los males del país, Obama la emprende contra los cristianos. Nuestro último recurso es ponernos en manos de Dios, desde luego, siempre que no tengamos que pasar por las de su aliado en la resurrección del castrismo el Papa Francisco.

5-25-215

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