EL CONSUELO

Rev. Martín N. Añorga

Parte de la vida humana es el sufrimiento. Ante esa experiencia la queja, la rebeldía o la resignación suelen ser las más comunes respuestas. Una pregunta, sin embargo, brota de nuestros dolores: ¿por qué Dios permite que suframos? A veces creemos con un triste sentimiento de frustración que nuestro dolor es un olvido de Dios, sin darnos cuenta de que en toda tragedia podemos hallar el sagrado bálsamo de su consuelo.

"Nos hallamos muy cerca de consolarnos cuando queremos a quienes nos consuelan”, dijo Marivoux, novelista y dramaturgo francés del siglo XVIII. En efecto, la amistad es un milagroso ingrediente con el que se atenúan dolores ajenos En el libro bíblico de Eclesiastés se lee este sensible pensamiento: “un amigo fiel es un sólido refugio; el que lo encuentra, ha encontrado un tesoro”. Un buen amigo nunca abandona a sus amigos cuando le necesitan.

La palabra consuelo, etimológicamente, significa “estar con el que se siente solo”, Víctor Hugo dijo que “todo el infierno está encerrado en esta palabra: soledad”. Probablemente es por eso que nos disgustan las normas médicas de asilar a enfermos terminales en cubículos que llaman “unidad de cuidados intensivos” Pierre de Ronsard, ilustre poeta francés fallecido en el año 1585 nos ha legado una lapidaria frase: “bello fin consigue quien muere amado”. Morir a solas, en una habitación hospitalaria, es un trámite angustioso. Donde falta el consuelo, abunda el dolor.

No hace mucho, en un asilo para ancianos, que llamamos eufemísticamente: “nursing home”, me encontré con una dramática situación. Recuerdo lo que afirmaba mi sabio y entrañable amigo Mario Llerena, “el eufemismo no es una hoja de parra, sino un velo translúcido que deja entrever lo que hay detrás”. Llamarle “home” a un sitio en el que el enfermo se siente solo, atendido por extraños, con quejidos que nadie oye y necesidades que nadie suple, es la perversión de uno de los más dulces vocablos del idioma. Eso no es estar en un “hogar”, sino en una prisión. En una estrecha cama, con sus manos atadas a las barandas para evitarle daños personales, una viejecita de cerca de noventa años, con voz casi inaudible trataba de comunicarse conmigo. Pude entender que anhelaba encontrarse con sus hijos que se les habían alejado. Una enfermera, después, me informó que Irene tiene cuatro hijos que ya le prepararon sus arreglos funerales, pero que por meses no habían vuelto a visitar a su madre. ¡Le ordenaron el sepulcro, pero desgraciándole los tiempos finales de su vida!

Hemos olvidado la necesidad y la importancia del consuelo, privando de nuestra cercanía a las personas, que por amarnos, sufren intensamente el dolor de nuestra ausencia. Nuestra tentación es enviar una tarjeta generalmente con pensamientos impresos que no son nuestros o llamar por teléfono para cumplir un trámite, cuando lo que la persona necesita es nuestra compañía. Consolar no significa exactamente quitar el dolor, sino atenuarlo en la persona que lo sufre. Decirle a la persona en estado terminal, aunque creamos que no nos puede oír que estamos a su lado porque la amamos es un mensaje que de forma impresionante siempre llega.

Saber consolar es a veces tarea más difícil que lo que a simple vista parece. No hay un manual de procedimiento para el consuelo, Se trata, en gran medida, de las convicciones y el sentido común que posee la persona dispuesta a consolar. El individuo que trata de ser simpático, que se atreve a dar diagnósticos médicos y que subestima la integridad del enfermo hace más daño que bien. Eso de aparecerse con las expresiones “No llores”, “parece mentira que una persona que tenga fu fe no sepa vencer sus dificultades” son clichés desafortunados.

Tampoco es recomendable hacer vaticinios: “¡Vaya, si no tienes nada!’, ¡pronto estarás bien, disfrutando de la vida!”, parecen ser expresiones positivas; pero el enfermo sabe que le estamos engañando o que estamos ignorando el verdadero estado en el que se halla. Lo menos que necesita son falsos maquillajes. Muy a menudo el mejor consuelo que podemos ofrecerle a un amigo es una oración de confortación, un apretón de manos o un beso fraternal, tratando de que nuestra actuación no aparente ser una despedida.

Hay que tener en cuenta que no solamente el consuelo se asocia a la enfermedad terminal o a la muerte. Hay casos de accidentes que inhabilitan, fallecimientos en las familias que las marcan de luto, pérdidas del trabajo, separaciones dolorosas, sucesos cargados de trastornadoras consecuencias. En estos días hemos conocido casos de estudiantes que acuden al suicidio para escapar del abuso escolar; nos hemos enterado de amigos que han sido víctimas de asaltos, atropellados en la calle por vehículos conducidos por gente irresponsable y hemos visto el naufragio de familias en las que hay un hijo, hermano o esposo que se desbarata como persona por el uso del alcohol y las drogas.

Es preciso entender que en casos como éstos el consuelo tiene que ir respaldado por un generoso espíritu de ayuda. De cierto, nuestra presencia es una tremenda ayuda; pero lo que digamos o cómo nos comportemos determina la calidad de ayuda que representemos. Un buen amigo es el que da, antes de que le pidamos. “El amor para que sea auténtico tiene que costarnos” dijo la Madre Teresa de Calcuta, y tenía razón, porque lo vivió.

A lo largo de mis más de sesenta años de vida pastoral he tenido que afrontar situaciones que me impulsaron a idear formas genuinas de consolar. Recuerdo a un señor que al jubilarse cayó en un deplorable estado de depresión. No usé palabras de aliento ni me ajusté a en un recetario de consejos. Sencillamente, porque se trataba de un pintor profesional, le invité a que nos pintara un mural en la iglesia. “Ahora que tienes poco que hacer, vas a disfrutar de dejarnos tu talento en los colores de una pared”, le dije y se le devolvió la sonrisa.

El consuelo tiene una relevante conexión religiosa. Si nos cuidamos de evitar una actitud de superioridad y desechamos cualquier intento de aparentar santidad nuestras palabras pueden constituir un apoyo de considerable valor. No hay que ser un profundo conocedor de Las Escrituras, sino tener la virtud de armarse con varios textos que se ajusten a diferentes circunstancias y usarlos con efectividad.

En los Salmos hallamos un manantial de ideas. Recordemos, por ejemplo, este texto: “Tú, que me has hecho ver muchas angustias y males, volverás a darme vida, y de nuevo me levantarás de los abismos de la tierra. Aumentarás mi grandeza, y volverás a consolarme”. Y también este otro, en una carta de San Pablo: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios”. Recordemos la frase vibrante de Martín Lutero: “Nuestro Dios es la muralla, es la sólida armadura que en cualquier lugar ampara”.

Quiero terminar este trabajo con unos sentidos versos de Amado Nervo que citamos parcialmente y con los que nos podemos identificar:

“Ya no hay un dolor humano que no sea mi dolor,

ya ningunos ojos lloran, ya ningún alma se angustia

sin que yo me angustie y llore;

ya mi corazón es lámpara de todas las vigilas,

¡Oh, Cristo!”

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image