EL PARTO DE LOS MONTES

(Obama trata de dar a luz)

Hugo Byrne
hugojbyrne@aol.com

Hace años cuando no existía el “net”, escribí un trabajo con el mismo título. Lo envié a un semanario en dos cuartillas de 8.5” x 11”, dentro de un sobre timbrado y en el único modo que conocía entonces; el correo postal. El procedimiento era peligroso.

Antes mi rutina era llevar los artículos en persona a las oficinas de la publicación. Como que estos eran reproducidos literalmente antes de imprimirlos, tenía oportunidad de atajar y corregir cualquier error de quien los copiara.

Cambié de domicilio en el otoño de 1999 e ir al periódico después de salir de mi trabajo no era factible. Confié en que alguien se ocuparía de la corrección de pruebas. “Oh boy!” ¿Un error en el título? Aunque parezca imposible, ocurrió. En la página editorial (y segunda del semanario impreso) se leía: “El parto de los monjes.

Entonces era muy sensible a esas tribulaciones. Ya mi piel se ha curtido. A la semana siguiente y al final de un nuevo artículo, aclaré que no conocía a ningún monje recién parido. Ese también lo envié por correo y no solamente encontré nuevos errores tipográficos, sino que había uno en la nota donde negaba la existencia de los monjes-madres. ¡Dios bendiga al correo electrónico!

El parto a que me refiero aquí tampoco es “de los montes”. El engendro es en Ginebra, Suiza y el presidente Obama pretende ser la madre orgullosa de la horrible criatura. “El acuerdo nuclear” con los representantes del fanatismo musulmán iranés, o como quiera llamarlos nuestro inquieto “Califa de Washington”, sólo puede aprobarse con la venia del actual congreso y eso me reconforta algo.

Sin embargo, hay precedentes de la Cámara aprobando una ley que ninguno de sus miembros leyó: “Obamacare”. Eso fue a instancias de la entonces Vocera, Nancy Pelosi, antes de que las elecciones del 2010 la enviaran a la minoría cabalgando en su escoba favorita.

Dicen que “la letra con sangre entra”. Quizás el electorado norteamericano haya aprendido la lección cruel que les diera Obama después de ser reelecto: lo dudo. Incluso puede que ya sea tarde. Esta nación no es la misma a la que arribé hace más de 53 años. Muchos y buenos estarán en desacuerdo con esa opinión mía y tienen derecho a ello.

El individuo promedio en Cuba también era limpio de cuerpo y mente, trabajador, honrado y respetuoso de la ley y de sus compatriotas. Eso también cambió durante los últimos cincuenta y seis años y no para mejorar. La naturaleza humana es la misma en todas partes.

Cuando llegué aquí no entendía la razón por la que muchos americanos nativos saltaban como pollos descabezados antes que servir en las fuerzas armadas cuando ello podía ser dañino a su integridad física. Mientras tanto los cubanos recién llegados entonces se presentaban de voluntarios casi con alegría.

Andando el tiempo uno de esos nativos cobardes fue electo presidente por dos períodos consecutivos. Durante esos años continuó la tradición de acomodamiento a los enemigos jurados de nuestras libertades, tendencia casi siempre coincidente con el Partido Demócrata en la Casa Blanca.

Obama, ex agitador comunitario quien ahora hace y deshace a su arbitrio, nunca juega sin ventaja y siempre guarda una carta en la manga. Parece resuelto a someter el “acuerdo nuclear” al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, antes que llegue al congreso.

Ese organismo debatiente, que quizás constituya ahora el máximo peligro a la seguridad de América y del mundo, lo financiamos con nuestros impuestos y lo cobijamos en New York, a expensas de nuestra seguridad y soberanía. Como en el caso del presidente Woodrow Wilson y su felizmente difunta “Liga de las Naciones”, Obama rinde pleitesía a la Organización de Naciones Unidas. No importa que esa “organización diplomática” fuera diseñada por un espía soviético y convicto perjuro. No importa que la mayoría de los estados representados en ella sean hoy satrapías opuestas a nuestras libertades e intereses, o estados clientes del enemigo, quien los soborna y controla.

A Estados Unidos “mucha gente lo identifica con la opresión”, nos ha dicho el egregio jefe. “Mejor no insistir mucho en nuestra excepcionalidad”, no lo dice pero lo implica en su retórica y lo predica con su ejemplo. ¿Es el desbarajuste internacional que Obama ha propiciado producto de su incapacidad o simple resultado de su ideología imponiéndose sobre el más elemental sentido común? La última es la más probable respuesta.

Tal es el caso de su nuevo pacto (¿o parto?) con el régimen de Irán. En este acuerdo en principio sólo se garantiza que Teherán poseerá armamento nuclear muy en breve y que las sanciones económicas que lo forzaron a sentarse a negociar sean suspendidas aún más pronto. ¿Se conforma Obama con promesas de paz de quienes se desgañitan gritando “Muerte a América” y quieren exterminar al estado de Israel?

El otro pacto-parto de Obama, supuestamente sorpresivo, se anunció el 17 de diciembre del 2014. El acomodamiento con el régimen castrista es también ventajoso unilateralmente a la satrapía de La Habana. Probablemente hoy, diez de abril, haga acto de presencia nuestro presidente en el aquelarre de Panamá y que nadie se sorprenda de otro abyecto discurso sobre “nuestros errores pasados.”

Tanto el parto de Teherán como el de La Habana, de acuerdo a los voceros de sus respectivos regímenes, no han ocurrido todavía y para ello se tienen que cumplir ciertas condiciones: Obama quizás esté en “labor” por tiempo indefinido.

Los sangrientos santones de Irán demandan el cese total de las sanciones económicas simultáneamente a la firma del “acuerdo”. Eso es exactamente lo contrario a lo que prometiera Obama al pueblo americano.

Washington trata de demostrar que la “transición democrática en Cuba” ocurrirá por la apertura de relaciones diplomáticas, la eliminación del régimen de la lista de ayuda al terrorismo y la consecuente extensión de créditos a La Habana, garantizados por el Tesoro de Estados Unidos. Esta última medida es esencialmente el verdadero y mutuo objetivo de La Habana y de la presente administración.

Para ello Obama se vale de notorios operativos oficiosos como Frank Mora, antiguo Subsecretario de Estado para asuntos interamericanos. Vimos anoche al Dr. Mora en un panel televisado y, ausente de argumentos lógicos, trató infructuosamente de cuadrar el círculo.

Dos días antes un grupo de cubanos visitantes de Panamá para hacer uso de sus derechos inalienables, había sido atacado por una “comisión de estaca” integrada por esbirros de la embajada castrista gozando de inmunidad diplomática. Por lo menos dos de ellos fueron inmediatamente identificados por la prensa en un video.

Este video demuestra más allá de toda sospecha la evidente colaboración de la policía panameña con los asaltantes. La policía contempló sin intervenir cómo los degradados asaltantes les alisaran el cordobán a golpe limpio a los cubanos, incluyendo mujeres. Después fueron estos últimos los detenidos temporalmente mientras los agresores se refugiaban en su cubil de ratas (la embajada castrista).

El ex Subsecretario Mora tuvo el desparpajo de afirmar que esto demuestra “debilidad” por parte del régimen. ¿Cree el Dr. Mora que los televidentes somos limitados? Actos de ese tipo los han hecho los esbirros de Castro dentro y fuera del territorio cubano, incluso en Estados Unidos desde 1959 hasta la fecha. ¿Es por esa “debilidad” entonces que han mantenido el poder totalitario por 56 años?

Nunca he creído en la no violencia. La tiranía llegó al poder por la violencia, se ha mantenido por ella y nunca se rendirá por las buenas, porque no puede. Dicho eso, debo felicitar a todos aquellos que en vez de tornar la otra mejilla en Panamá se defendieron con los puños contra los hijos de puta castristas. Ellos dan la noble pauta a seguir.

Mientras tanto… parece que Obama no ha parido todavía. Aunque continúa pujando.

 

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