EL LÁTIGO OLVIDADO

Por el Rev. Martín N. Añorga

Estamos recordando los incidentes de la última semana de Jesús en el mundo, hecho que comenzó con lo que se ha dado en llamar la “entrada triunfal del Señor en Jerusalén”.

Se pudiera pensar que los últimos días de Jesús debieron haber sido usados para legarnos el resumen de sus enseñanzas y el pliego final de sus recomendaciones, pero hay, entre otros, dos incidentes de esta interesante semana que nos dejan perplejos. Primero su maldición a la higuera estéril, la que tenía exceso de hojas, pero ausencia de frutos, y en segundo lugar su repentina y violenta aparición en los patios del templo, donde derrumbó mesas y azotó a los mercaderes.

Para nosotros, hoy día, mirar a una higuera sin frutos no sería más que un contratiempo en medio de la ruta. Para Jesús fue la revelación de que el que no vive para servir, no sirve para vivir. No le preocupó lo que pudieran pensar sus acompañantes, porque lo importante era la dimensión teológica de su inusitada acción El hecho es que la higuera ocupaba un espacio que no le pertenecía, y lo que procedía era eliminarla.

La higuera es un árbol de significado bíblico. Sus frutos alimentaban a los caminantes del desierto a la vez que calmaban la sed que quemaba sus labios. Llegar a una higuera y verla hermosa, atractiva, llena de adornos, pero sin frutos era una frustración. Dios no la hizo para que fuera bella, sino para que fuera útil. Jesús, en su ministerio, insistió en que por nuestros frutos seremos conocidos. Si nuestra vida es estéril, infecunda, vacía, no estamos cumpliendo el propósito para el que Dios nos creó. La destrucción de la infructuosa higuera, es el anuncio de nuestra propia destrucción cuando desafiamos el objetivo que nos ha sido asignado por el Señor.

La violenta reacción de Jesús contra los mercaderes y traficantes que salpicaban de profanación y de maldad los muros imponentes del Santuario nace de su respeto para con el Padre y del celo para con su Casa. La violencia, cuando es justificada, se legitima. Hoy día, ¿sería apacible la actitud de un padre ante el criminal que quiere abusar de sus hijos, o sería sumisa la respuesta de un cristiano ante el desafío de los idólatras que le profanen su lugar de oración?

Creemos que una de las virtudes que se le está haciendo ajena a la iglesia es la de indignarse justificadamente. Hemos querido crear un cristianismo de estantería, cosmético y deformado que en nada se parece al que quiso enseñarnos Jesús. A los cristianos nos quieren imponer la aureola de un pacifismo purificado y una perenne actitud de consentimiento, cuando lo cierto es que debemos ser una definida combinación de piedad y rebeldía, suavidad y fuerza, perdón y castigo.

Por ser impropiamente débiles, pasivos o contemplativos, nos han ganado peleas a las que hemos sucumbido sin un asomo de indignación. Nos han quitado el acceso a las escuelas, nos han impuesto leyes abortistas, nos han inyectado la sociedad de secularismo, nos han invadido de pornografía los medios públicos de comunicación, nos están desintegrando la familia y nos han erosionado la tradicional imagen de respeto y de admiración que nos dispensaban las comunidades a las que hemos servido. Creo, de veras, que nos hace falta el látigo que se fabricó Jesús para reprender a sus ofensores. Ese látigo, más que un
flagelo o instrumento de tortura, es un símbolo de la misión de la
iglesia.

Hay tres aristas del carácter de Jesús que debemos revisar a tono con los tiempos en que vivimos. Primero, permítasenos hablar de su valentía. Pocas veces hablamos de Jesús como de un valiente. Mencionamos su ternura, su poder, su amor, y exaltamos su sabiduría; pero esquivamos hablar de la forma enérgica en que manejó sus conflictos. ¿No fue valiente cuando retó a los escribas y a los fariseos? ¿No manifestó coraje cuando se enfrentó a los oficiales judíos y cuando se plantó firme ante Poncio Pilato? La vida de Jesús estuvo erizada de peligros y de amenazas, y cuando le llegó el momento de la cruz, en lugar de cambiar rumbos o atenuar principios, “afirmó su rostro para ir a Jerusalén”.

Otra cualidad de Jesús que no enfatizamos es la del compromiso total con que se adhirió a su misión. La lealtad de Jesús a su llamado se hizo evidente en todas sus acciones, en todas sus relaciones y en todas sus enseñanzas. Pudo el Señor haber tratado de negociar su destino con Dios, algo que muchos, impropiamente, sugieren que sucedió en Getsemaní; pero el resultado de esa entrevista personal con su Padre fue el de la marcha frontal hacia el Calvario, a solas y a pecho descubierto.

Los seres humanos claudicamos a media marcha, le sacamos el cuerpo a los riesgos y evadimos tener que identificarnos con la cruz. Hemos olvidado que hay un látigo sagrado que espanta a golpes de reclamo las debilidades del carácter, las fluctuaciones en el cumplimiento del deber y las inquietudes que interceptan la misión.

Y una luminosa característica personal de Jesús fue su disponibilidad para el sacrificio. Se puede ser valiente frente a enemigos poderosos y hasta se puede hacer de la misión el motivo de la vida; pero entregarse como ofrenda viva a los rigores del sacrificio, eso es el pináculo de la valentía.

El Cristo de “la vía dolorosa”, el que tiene la frente horadada por las espinas, las mejillas amoratadas por los golpes, las carnes desgarradas por los flagelos, la espalda encorvada por el peso de la cruz y la dignidad vapuleada por mofas y osadías de los malvados a sueldo que le injuriaron hasta la saciedad, ése es el Cristo de la valentía, el que tenemos que imitar en las circunstancias que nos ha tocado vivir.

Es muy fácil para los líderes religiosos acogerse a la seguridad de los altares y desde allí convertirse en críticos y en jueces de los demás, sin atreverse a dar el paso que los lleven a la confrontación directa con aquello que critican o juzgan. Ese no fue el estilo de Jesús. El predicó frente a los que eran sus enemigos, el que no se agazapó en tribunas protegidas para proclamar su verdad. En Jerusalén no se conformó con acusar a los mercaderes desde la acera de enfrente, sino que dio el paso sorpresivo y valiente de enfrentarlos cara a cara. El látigo no era un arma destructora ni imperial, sino el símbolo de que la fuerza de la palabra reside en la osadía de la acción.

Debemos hoy fijarnos detenidamente que en ambos casos, la desintegración de la higuera y la limpieza del templo, Jesús usó el mismo método: pasó de la palabra enardecida al gesto combativo. Dio un salto de la voz a la conducta, enseñándonos que el que se limita a lo que dice sin acudir a los riesgos de la acción, carece de la valentía para ser un digno profeta de Dios.

Quizás alguien estime que estoy apartándome de lo que debiera ser la misión de la iglesia, pero si la misión de la iglesia se reduce a declaraciones abstractas, disquisiciones teológicas, floreo verbal y consideraciones pietistas, lo que sucede es que no entendemos plenamente la misión de la iglesia. Es cierto que Cristo nos ordenó “predicar” el evangelio, pero nunca al precio de dejar de “vivir” el evangelio. Su descripción del ministerio de la iglesia no cabe en un párrafo enmarcado en pétalos, sino impregnado de espinas. “El reino de Dios se hace fuerza y son los violentos los que lo arrebatan”, dijo el Señor. En otras versiones, en lugar de violencia, se habla de valentía. Y es que ambos vocablos, cuando se defiende y se promueve la justicia, se
hermanan.

¡En los días gloriosos que nos esperan, batamos las palmas, cantemos las alabanzas; pero no dejemos olvidado el látigo!

 

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