EL SUEÑO CUBANO

Hugo Byrne
hugojbyrne@aol.com

Con mucha frecuencia leemos u oímos en la prensa diaria referencias al llamado "sueño americano." Aunque muy pocos se detienen a explicar el significado real de esta frase, casi siempre se usa para definir las aspiraciones de quienes arriban a las fronteras de Estados Unidos en busca de un lugar civilizado y libre donde establecerse y alcanzar un nivel superior de progreso humano.

El llamado "sueño americano" es muy a menudo erróneamente identificado con cosas materiales. Entre ellas, una cuenta bancaria, o su equivalente en valores mercantiles, la adquisición de una propiedad en "suburbia" (o una parte de la misma llamada “equity”, que se define como la diferencia entre el montante de la hipoteca y su valor de mercado) y uno o más automóviles, más o menos nuevos.

Hace muchos años el llamado "History Channel", que a pesar de sus muchos errores e inexactitudes, a veces presenta programas de interés, dedicó una tarde entera a un maratón de videos sobre la "Revolución Americana", que es la manera en que llaman aquí a la guerra que independizó a Estados Unidos de Gran Bretaña. Omitiendo algunos elementos fundamentales y poniendo quizás demasiado énfasis en otros de menor importancia histórica, el mencionado documental tenía, sin embargo, méritos indiscutibles.

Para un servidor de los lectores su mejor y más importante mensaje fue expresado elocuentemente por una dama de entre los varios historiadores que narraban o comentaban ese documental. Refiriéndose al llamado "sueño americano", esa señora indicó que de acuerdo a los objetivos de los forjadores de esta República, el "sueño americano" se definía no como las aspiraciones de ganancia material, sino como el logro de un estado de derecho que las haga posibles: la libertad y la dignidad.

Recuerdo con amarga ironía la mirada incrédula que me dedicaban aquellos nativos norteamericanos a quienes ponía en conocimiento de mi condición de exiliado político y de mi decisión inquebrantable de hacer todo cuanto me fuera posible por regresar a mi país de origen para implantar en el mismo un estado de derecho. Más tarde, cuando por mis acciones se convencían de mi total, absoluta sinceridad, su incredulidad desaparecía.

Entonces me miraban con una mezcla de conmiseración, asombro e incomprensión. Tal como se podría mirar a un bicho raro recién llegado de Marte. Para ellos no era normal que alguien capaz de trabajar inteligentemente y alcanzar niveles de progreso material a nivel por lo menos igual al de los nativos, despreciara un "sueño americano" al alcance inmediato, en busca de otro sueño, para ellos intangible.

Lo que no comprendían mis interlocutores de aquí es que también existe un "sueño cubano." Cuba antes de la tiranía no era perfecta. Durante algo menos de siete años antes de que Castro llegara al poder, sufríamos una crisis constitucional producida por un golpe de estado ilegal originado por una ambición ilegítima a expensas del interés permanente de la República.

Antes de producirse ese paréntesis en nuestra vida republicana, incluso nuestros gobiernos legítimos fueron víctimas de corrupción administrativa, peculado, favoritismo y los múltiples vicios inherentes a la vida pública en casi todas partes del mundo, incluyendo a Estados Unidos. A pesar de esos problemas la sociedad cubana progresó y la República parecía destinada a niveles de civilización, de libertad y de bienestar comparables o superiores al de las naciones llamadas "del primer mundo." El castrismo ha suprimido esa esperanza, que para mí es nada más y nada menos que lo que constituye "el sueño cubano."

Ese "sueño cubano" no es una ambición loca ni un logro imposible. Mientras la mayor parte de Iberoamérica desde siempre tuvo una vocación migratoria producida por el desbarajuste económico y social, Cuba, hasta 1959 era una meta de emigrantes. La Isla recibía a mucha gente con los mismos objetivos de quienes hoy vienen en busca del "sueño americano." El sistema totalitario cambió radicalmente esa ecuación.

Ya Cuba no es el destino electo libremente por muchos, sino, por el contrario, la nación cuyos hijos ven en el exilio la única alternativa a un destino injusto. El legado más importante del castrismo es precisamente la aspiración colectiva a emigrar.

Por alcanzar el "sueño cubano" muchos próceres han sufrido y ofrendado su tiempo, su peculio y hasta sus vidas durante los dos pasados siglos. Ellos marcan una senda de virtud y dignidad de la que jamás me desviaré: alcanzar "el sueño cubano."

 

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