CAMBIO PRESIDENTE POR REY

Por Hugo J. Byrne

hugojbyrne@aol.com

No soy monárquico y nunca lo seré. La antipatía por el reinado hereditario (aunque éste sea constitucional) la adquirí desde niño cuando aprendí cómo fue tratada la inocente población rural de mi patria a manos del Reino de España. Cuba sufrió un genocidio, que de acuerdo a los estudios más conservadores, ascendió a más de doscientas mil vidas humanas entre un estimado de población de menos de dos millones en 1896. En proporción al número de habitantes del país esa carnicería colectiva fue mucho mayor que los sesenta millones que aniquiló Mao, los cuarenta millones de “kulak” que mató de hambre o ahogó Stalin y todas las víctimas de Hitler. Quien lo dude que saque la cuenta.

Desde entonces me repugnan la pompa y circunstancia que rodea a los reyes. Muchos exiliados cubanos no saben, ni se preocupan por algo que ocurrió hace más de ciento dieciocho años, aunque ello esté íntimamente relacionado con nuestros problemas de hoy. Eso es comprensible, aunque no aceptable para un servidor.

Cuba era un país de inmigrantes recientes y una gran proporción de mi generación cubana ya se componía de hijos y nietos de españoles ingresados al país después de instaurada la República, o durante la lucha por la independencia. Fue en 1896 que Ángel Castro llegó a Cuba, junto a Weyler.

Pero cuando nací, ese genocidio había ocurrido sólo treinta y ocho años antes. Además, siendo niño visité el Castillo de San Severino en una excursión de la tropa de “Boy Scouts” de Matanzas. Esa mazmorra más tarde sería usada por los Castro con el mismo malvado propósito.

Allí entré voluntariamente en una bartolina. Así le llamaban a una celda de piedra en forma de nicho vertical en cuyo espacio, cuando se cierra la puerta, una persona adulta no puede estar de pie ni sentada. Yo era entonces un niño algo más alto que el promedio de mi edad y casi no cabía. Creo que es desde entonces que padezco de claustrofobia.

Un mártir de la independencia llamado Juan García, fue apaleado inmisericordemente allí por los esbirros de Weyler en 1898. Entre palizas, García “descansaba” en una de esas bartolinas. Cuando empezó a orinar sangre fue puesto en libertad al comprender sus verdugos que el cubano moriría antes que delatar a sus compatriotas insurrectos. Estos, quienes dirigían el abastecimiento del Ejército Libertador en la Provincia de Matanzas, eran un médico de apellido Lecuona y mi abuelo paterno, Juan Byrne Smith.

García logró llegar a su casa en el otro lado de la ciudad y antes de sucumbir de hemorragia interna dio la voz de alarma. Mi abuelo escapó de milagro en el último barco que saliera de La Habana sólo pocas horas antes de establecerse el bloqueo americano (bloqueo naval verdadero, no lo que llaman “bloqueo” en “Castrolandia” y entre sus simpatizantes de la prensa amarilla española, como EFE).

En suma, aborrezco toda monarquía. Entonces, ¿cómo asimilar el título de este artículo? Aclaro: desearía que a través de alguna maravilla científica pudiéramos cambiar a Obama por el Rey Abdullah II de Jordania, convirtiendo a Abdullah en nuestro Presidente y a Obama en Rey de Jordania. Las razones son múltiples y evidentes.

Obama y Abdullah son contemporáneos: Obama nació en 1961 y Abdullah al año siguiente y aquí termina realmente el paralelo entre ellos. Aunque estudiaran ambos en universidades caras y exclusivas, la fuente de egresos para cubrir esa educación es desconocida en el caso de Obama y al alcance de todos para el monarca jordano. Los records de estudios superiores de Obama permanecen sellados por razones que nadie conoce a excepción de Obama. Los del rey de Jordania son del dominio público.

Obama se graduó como abogado supuestamente experto en el campo constitucional. Abdullah ha estudiado varias disciplinas profesionales entre las que se destaca la castrense. Es graduado de la Real Academia Militar de Sandhurst, el equivalente británico de West Point.

En estas escuelas militares nadie recibe favoritismo sin importar familia o rango social. Todos los graduados se comisionan al Ejército Británico. El Príncipe Imperial de Francia (hijo de Napoleón III), graduado de La Real Academia Militar en Woolwich en 1875, pereció en la campaña de 1879 contra los zulúes del reyezuelo Cetshwayo. Luis Napoleón se había graduado el número siete entre una clase de treinta y cuatro cadetes de artillería. Insistió en ir voluntariamente a África. Era un soldado aguerrido a quien sus partidarios llamaban Napoleón IV.

Abdullah en 1980 fue comisionado como Segundo Teniente del Ejército Británico a comandar los Regimientos 13 y 14 de “Húsares de la Reina” durante más de un año. En 1982 el futuro rey fue admitido al Pembroke College en Oxford, graduándose de estudios políticos del Medio Oriente.

Retornando a Amán, Abdullah ingresó al Ejército Real Jordano, sirviendo como oficial en la 40th Brigada Blindada, además de entrenarse en paracaidismo y “salto libre”. También sirvió en el Ala Antitanque de la Real Fuerza Aérea jordana, entrenándose a volar en los helicópteros de ataque “Cobra”.

En 1985 el joven príncipe recibió un curso avanzado para oficiales de unidades blindadas en Fort Knox. Al año siguiente fue ascendido a comandante de una compañía de tanques de la 19th Brigada Blindada del Ejército Jordano. En 1987 Abdullah cursó estudios en “Edmund A. Walsh School of Foreign Service” de la Universidad Georgetown en Washington D.C. En 1993 asumió el comando de las Fuerzas Especiales de Jordania, siendo ascendido a Mayor General en 1998.

El agonizante Rey Hussein nombró a su hijo Abdullah heredero del trono jordano el 25 de enero de 1999. Curiosamente, su hijo mayor no fue su primera opción, ni su segunda. Esa decisión postrera de Hussein aparentemente fue muy beneficiosa para Jordania y el mundo. De acuerdo a fuentes musulmanas la familia real de Jordania desciende directamente de Mahoma, pero eso me importa un bledo.

No creo necesario listar las credenciales académicas de Obama, tema cubierto extensamente en esta columna. Sus antecedentes laborales son harto conocidos también: instructor en temas constitucionales a nivel universitario y “organizador comunitario”, que es una forma aséptica de definir al agitador profesional. Obama nunca sirvió a esta nación en funciones que no dependieran de la política.

Todo lo anteriormente expuesto no cuenta mucho en mi deseo de cambiar a Obama por este rey moro. Washington, quien pudo ser el Rey de las Trece colonias, ni siquiera quiso ser presidente de Estados Unidos. Sólo deseaba regresar a su terruño de Mount Vernon y trabajar en su real vocación: el agro. Pero le entregó a la nación otros cuatro años de su vida.

Cuando se supo que los criminales de Isis habían quemado vivo a un piloto de la Real Fuerza Aérea de Jordania, rehén en Siria, Abdullah se encontraba en Washington conferenciando con Obama. En el acto el Rey regresó a su país a ponerse al frente de su defensa.

Obama, encarado a la bárbara decapitación de rehenes americanos, inmediatamente se fue a… jugar golf. ¿Necesito otra razón para proponer el canje?

 

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