DOS LUCES DE ENERO

Rev. Martín N. Añorga

El 28 de enero de 1853 nació José Martí en una modesta casa de La Habana. Catorce años después en Matapa, Nicaragua, hoy ciudad Darío, nació Félix Rubén García Sarmiento el 18 de enero de 1867. Ambos hombres, separados por la geografía y por la edad forman el dúo poético y literario más importante de la historia de la literatura hispana continental.

Darío y Martí se conocían, sin verse frente a frente, por ser en la distancia, caminantes del mismo sendero. Ambos eran poetas, escritores, diplomáticos, periodistas, conferencistas e innovadores en el sugestivo campo de los versos. Interesante es la forma en que se encontraron, y narra el histórico suceso, con amena sencillez, la autora María Elena Balán Sáenz.

“Un día estando hospedado en un hotel en Nueva York, Darío recibió la visita de Gonzalo de Quesada, quien le comunicó que el patriota y escritor cubano lo esperaría en el Hardman Hall, donde pronunciaría un discurso a favor de la causa revolucionaria en Cuba”, reseña la autora quien cita lo que el poeta nicaragüense escribió posteriormente al encuentro que se produjo.

“Fui puntual a la cita -cuenta Darío- en compañía de Gonzalo de Quesada, y entré por una de las puertas laterales del edificio donde hablaría el gran combatiente. Pasamos por un pasadizo sombrío, y de pronto en un cuarto lleno de luz me encontré en los brazos de un hombre pequeño de cuerpo, rostro de iluminado, voz dulce y dominadora al mismo tiempo, y que me decía esta única palabra: ¡hijo!”

Así vio Darío a Marti, nuestro héroe nacional, de quien agregó que era un conversador admirable, armonioso y familiar. La amistad entre estos dos hombres, quienes no volvieron a encontrarse jamás fue estrecha, firme y ejemplar.

Continuaba Darío narrando su encuentro con Martí, “no comenzó el orador a tratar del asunto que reunía a aquel concurso, sino que mi callada personalidad fue presentada en un maravilloso exordio lírico. Martí gasta sus diamantes en cualquier cosa. Sus prodigalidades de Aladino no deben asombrar. No hay sobre la tierra quien arriende mejor un período y guíe una frase en un steeplechasevertiginoso, como él; no hay quien tenga una trojde adjetivos como la suya, ni un tesoro de adverbios, ni una menagerie de metáforas, ni un Tequendama verbal como el suyo. Porque Castelar es otra cosa y Groussac es otra cosa. Recordad, no más, las correspondencias de La Nación … Habló, pues, Martí y dominó a su público predispuesto. Cuando concluyó los aplausos eran una tempestad. Los hombres iban a estrecharle la mano y las mujeres le sonreían. Un negro cigarrero se acercó a Don José y le ofreció un lapicero de oro”.

Apenas dos años después de esta histórica ocasión, José Martí entrega su vida como ofrenda a la patria en un desigual combate en la zona de Dos Ríos, al oriente de Cuba.

El ilustre poeta nicaragüense escribió un antológico artículo en el diario La Nación sobre la deplorable muerte del Apóstol. Como un póstumo homenaje a Martí citamos parcialmente las memorables palabras de Darío: “¿Qué has hecho? Perdona, maestro y autor y amigo, perdona que te guardemos rencor los que te amábamos y admirábamos, por haber ido a exponer el tesoro de tu talento … Cuba quizá tarde en cumplir contigo como debe. La juventud americana te saluda y te llora; pero; pero ¡oh, maestro, qué has hecho!”.

El triste reclamo de Darío fue universal, porque ciertamente la muerte de Martí fue inexplicable y prematuramente dolorosa. Muchos hemos elucubrado acerca de lo que hubiera sido Cuba si el Apóstol hubiese estado vivo en la gloriosa conquista de la independencia. Cierto es que Martí nos legó su ideario y nos indicó las bases en las que debía asentarse la nueva República. El veredicto es, sin embargo, que le hemos recordado sin seguirle. Nos queda como una fuente de luz su recuerdo; pero hemos andado por sombríos caminos ignorando la ruta que nos dibujó.

Darío murió 21 años después que Martí, y también relativamente joven. El Apóstol de nuestra patria murió a los 42 años de edad y Rubén Darío concluyó el ciclo de su vida a los 49 años; pero ambos permanecen refulgentes en el acontecer de la historia como figuras que no mueren. Son, exactamente, dos faros que para siempre brillarán en el mes de enero.

Los críticos y estudiosos del mundo de las letras hablande Darío yMartí con respetuosa veneración, por la fecunda influencia de ambos en la inauguración del nuevo estrilo literario que identifican como el modernismo; pero nosotros queremos en este modesto trabajo sin ignorar el mérito aludido,exaltar la grandeza patriótica de Martí y la noble amistad que le profesó el inspirado autor nicaragüense.

Tuvo razón Rubén Darío cuando dijo que quizás se tarde Cuba en cumplir la deuda contraída con Martí. Apenas un ejemplo está en el hecho de que no fue hasta el día 20 de abril del año 1922 que se adoptara como fiesta nacional en la Isla el día 28 de enero. Le correspondió al presidente Alfredo Zayas firmar la ley correspondiente. ¡Habían transcurrido 27 años de la trágica muerte del Apóstol!

Una de las grandes cualidades de Martí fue el sentido de la amistad. En su amplio epistolario se refleja de clara manera su capacidad para ganar y conservar amigos. Tuvo, por supuesto enemigos; pero la enemistad era actitud ajena a su carácter. Lo odiaban, pero él no se manchaba con el odio. Se cuenta que a dos jóvenes que trataron deenvenenarlo en Tampa, en lugar de permitir que los condenaran, les extendió una mano protectora, logrando que se sumaran a la lucha independentista. Cuando su esposa, Carmen Zayas Bazán decide regresar a Cuba con su hijo el 27 de agosto de 1891, Martí queda solo, estando enfermo y fatigado. Se acogió al cuidado de amigos. Recordemos sus palabras: “para todas las penas, la amistad es refugio seguro”.

La noble amistad que brotaba del corazón del Apóstol siempre estuvo relacionada con la lucha por la libertad de Cuba. ”El sangrar juntos de una misma herida, ha de hacer a los hombres sinceros súbitamente amigos”, dijo en determinada ocasión y así lo entendió Rubén Darío cuando se quejaba de que el Maestro, como lo llamaba, había renunciado a sus actividades como periodista, poeta y prolijo autor sobre todos los temas para dedicarse a una ilusión que le arrancaría la vida. Para Darío la muerte de Martí fue una renunciación al futuro de glorias literarias que le esperaban,probablemente sin saber que Martí creía, en sus propias palabras que “grato es morir, horrible, vivir muerto”.

Rubén Darío escribe unos versos, que sin proponérselo, aluden al Apóstol:

“La tierra está preñada de dolor tan profundo

que el soñador, imperial meditabundo,

sufre con las angustias del corazón del mundo.

Verdugos de ideales afligieron la tierra,

en un pozo de sombras la humanidad se encierra

con los rudos molosos del odio y la guerra”.

Darío hubiera querido que Martí fuera un hombre de paz; pero el Apóstol no quería la paz si a la misma estuviera atada la deshonra. El primero murió en la paz, con la guerra bulléndole por dentro, el otro, el cubano recio y romántico, murió en la guerra con la paz de cumplir con su deber estremeciéndole el corazón.

 

COMENTARIOS


Comentario
*El Administrador de la Nueva Nacion se reseva el derecho de no aprobar comentarios inapropiados.
 
Missing Image