UN MADURO SIN FUTURO O UN FUTURO SIN MADURO

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Nicolás Maduro ha entrado en este 2015 como un condenado a muerte cuya ejecución no tiene fecha fija pero ya se vislumbra en la cercanía. Desde que se encaramó en la silla presidencial el 19 de abril de 2013, designado por su patrón Hugo Chávez siguiendo órdenes de La Habana, Maduro ha dado pruebas frecuentes y constantes de ser un absoluto incapacitado y un personaje ridículo. Lo mismo habla con un pajarito que intercambia mensajes con el difunto. Todo ello para encubrir su inseguridad para desempeñar un cargo que le queda demasiado grande. La victima ha sido un pueblo venezolano que ha recorrido en tiempo record la distancia entre la prosperidad relativa y la miseria casi absoluta.

Como un elefante en una vajilla--y su humanidad grotesca justifica la metáfora-- cuando lo ha enfrentado la oposición ha contestado con la represión. Para los obtusos no existe otro diálogo que el de la fuerza. En los 60 días posteriores al 12 de febrero de 2014 el pueblo venezolano se le enfrentó con una valentía olímpica. Según el propio gobierno, cuyas estadísticas son manipuladas para ocultar su naturaleza criminal y diabólica, alrededor de 50 personas resultaron muertas, más de 800 sufrieron heridas de gravedad, unos 2,300 ciudadanos fueron presentados ante los tribunales de control y más de 200 fueron privados de libertad.

Cuando le dijeron desde La Habana que, para recuperar la calle, tenía que descabezar a la oposición arrestó al Coordinador Nacional de Voluntad Popular, Leopoldo López, y a los alcaldes Daniel Ceballos y Enzo Scarano. Cuando la diputada María Corina Machado denunció en los foros internacionales su violación de los derechos humanos la despojó de su cargo y le impidió la salida de Venezuela con la amenaza de que no la dejaría regresar. Una táctica sacada del libro diabólico de los Castro.

Pero de todos sus disparates, todo parece indicar que el que más enemigos le ha creado es la continuación del financiamiento de la decrépita tiranía cubana. Hugo Chávez pudo hacerlo porque, aunque nos moleste reconocerlo a quienes lo combatimos en su cabalgata de vulgaridad y odio, contaba con el carisma de un encantador de serpientes. Profería una amenaza, decía una barbaridad o hacia un cuento disparatado y el pueblo le perdonaba los daños que le ocasionaba. Maduro, por su parte, ha mostrado una gran deficiencia en ese departamento.

En este sentido, según fuentes fidedignas, los Castro han recibido más de 80,000 millones de dólares en ayuda de la dictadura venezolana. Los venezolanos, con toda razón, están indignados de que una tiranía decrépita esté siendo financiada con el hambre de los sectores más pobres de su país. De que sus militares acepten órdenes de los esbirros cubanos mandados por Raúl Castro. Todo esto es una fórmula para una explosión social que ya se vislumbra con claridad en el horizontes político venezolano.

Y prueba al canto. A principios de este mes de enero, en el curso de un juego entre los equipos de béisbol Caribe y Magallanes, en la ciudad de Valencia, estado de Carabobo, una multitud enardecida gritó en forma espontánea “Y va a caer, y va a caer, este gobierno va a caer”. La reacción de unos comentaristas deportivos sorprendidos ante tal explosión de descontento en el público fue pasar a comerciales. Pero el objetivo ya había sido logrado.

Mientras tanto, Maduro andaba deambulando por un mundo que lo trató como lo que es: un personaje de opereta vulgar y tragicómica. Recorrió 37,000 kilómetros visitando Moscú, Pekín, Teherán, Riad, Doha y Argel con el propósito de procurar recursos para los gastos de su Gobierno agobiado por la baja del precio del petróleo. Su intención era garantizar un flujo de recursos líquidos para el año 2015 y procurar aproximaciones con miembros de la OPEP en un desesperado intento por torcer la línea de no recortes a la producción impuesta por la organización.

Esta política de la OPEP ha producido una baja descomunal del precio del petróleo de 100 a menos de 50 dólares el barril. El resultado, según la Triple A, ha sido que el precio promedio a nivel nacional del galón de gasolina al detalle en los EEUU a mediados de enero de este año andaba alrededor de los 2 dólares por galón. Ahora bien, tengamos claro que ni un petróleo valorado a 200 dólares el barril sería capaz de sostener a un régimen fundamentado en un socialismo obsoleto y gobernado por un personaje inepto en proporciones siderales.

Cuando se les compara con las expectativas creadas por sus declaraciones unilaterales, los logros del reciente peregrinaje de desesperación de Maduro, fueron tan pobres que no tuvieron confirmación por parte de sus anfitriones. De hecho, tanto el Gobierno saudita como el catarí se abstuvieron de emitir comunicados que reflejaran acuerdo alguno con Venezuela.

Frustrado por el fracaso y presa de uno de sus frecuentes espejismos, Maduro dijo a la prensa: “Todas estas regiones son desérticas e importan muchos alimentos. Vamos a desarrollar el sector agrícola productivo y construir la ruta de exportación con productos de calidad hacia esta región”. En momentos cuando en Venezuela se presentan graves problemas de abastecimiento, con altísimo nivel de dependencia de importaciones de alimentos, la declaración de Maduro sobre sus planes para exportar productos agrícolas a Catar fue una evidente señal del divorcio entre sus anuncios disparatados y los logros paupérrimos de su viaje.

Pero el principal factor de la ecuación petrolera que limitará la supervivencia de Maduro en el gobierno es la revolución energética que está teniendo lugar en los Estados Unidos, el mayor cliente de Venezuela. La caída de las importaciones petroleras y el aumento de sus exportaciones por parte de los Estados Unidos en el 2013 han llevado a numerosos analistas de ese mercado a vaticinar que la era de independencia energética en dicho país está a la vuelta de la esquina. Es cierto que los Estados Unidos consumen el 25 por ciento del petróleo del mundo, dos veces el consumo de China Comunista y cinco veces el consumo de Rusia. Pero todo indica que, dentro de una década, los Estados Unidos podrían no sólo satisfacer sus propias necesidades energéticas sino contar con excedentes para exportación.

Toda esta acumulación de factores adversos ha creado una situación insostenible para el discípulo y heredero de Chávez. Sus niveles de popularidad andan cercanos al 20 por ciento. Cuatro de cada cinco venezolanos lo detestan o se burlan de su incapacidad. La totalidad de sus conciudadanos, aun los chavistas más rancios, saben que ha hundido al país. Hasta sus apandillados del Partido Socialista Unido de Venezuela lo consideran incapaz de salvar del casi seguro desplome a su descabellado y desprestigiado proyecto socialista. No lo han sustituido porque no tienen un sustituto que sea aceptable a los verdaderos amos de Venezuela, los déspotas diabólicos de La Habana. Los mismos que han hecho que Maduro no tenga futuro y que Venezuela se acerque a pasos agigantados a un futuro de felicidad sin Nicolas Maduro.

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