CUANDO LA LIBERTAD ESTABA EN PELIGRO

Por Hugo J. Byrne

A mi amigo Jesús Noda, buen cubano y serio estudioso de la historia contemporánea.

La situación estratégica del mundo amenaza a Estados Unidos a ciencia y paciencia de la incapacidad y doblez de la presente administración. Irán se convertirá en potencia nuclear en breve y no necesito describir cómo eso afectará los intereses nuestros y los del único aliado que nos queda (al que según rumores en Washington quizás le impongamos sanciones). ¿A eso se refería Obama cuando prometió que cambiaría profundamente esta nación?

En Irak, donde más de cuatro mil soldados y marines norteamericanos ofrendaran sus vidas defendiendo la libertad, los criminales del fanatismo musulmán se dedican ahora a crucificar o decapitar públicamente a inocentes, incluyendo ciudadanos de esta nación. Mientras tanto nuestro Comandante en Jefe traza “líneas rojas” que todos cruzan y son el hazmerreir del mundo.

Rusia ya se ha anexado Crimea y nos amenaza con hacer lo mismo en el este de Ucrania y los Países Bálticos. Chinos, rusos y hasta las llamadas “repúblicas bananeras” nos provocan cotidianamente, incluso mediante actividades militares en zonas antaño estables y beneficiadas por el comercio libre y la influencia nuestra.

Hay amenazas de una nueva recesión mundial cuando, en parte gracias a Washington, aún no hemos alcanzado una recuperación económica decente. Las organizaciones diplomáticas internacionales están en manos de regímenes tiránicos o irresponsables y nuestros aliados tradicionales no saben cómo enfrentar un mundo acéfalo, porque hemos renunciado voluntaria y arbitrariamente a nuestra posición de líder. Nuestros amigos ya no confían en nosotros. Nuestros enemigos ya no nos temen y nadie nos respeta.

En el sector doméstico tampoco estamos bien: la economía es peor que mediocre, los salarios han disminuido en relación a lo que eran en el 2008. Sólo por los esfuerzos de la industria privada el sector energético aparenta estar progresando. Pero ese progreso está en peligro mortal de sofocación, víctima de regulaciones absurdas e impuestos prohibitivos.

En el orden social el retroceso es inconmensurable y continuo. Nadie parece dispuesto a respetar la ley, incluyendo el Presidente Obama y su Fiscal General. ¿Es el de ellos un cabal ejemplo a seguir? ¿Destruir la propiedad ajena y saquear negocios legítimos es más ilegal o menos ético que pisotear la constitución y suprimir evidencia criminal con impunidad ejecutiva?

¿Es capaz Estados Unidos de recuperar el terreno perdido? Estoy convencido que eso no ocurrirá durante mi vida. Sin embargo, a veces las crisis se resuelven cuando se tornan catastróficas. Quizás encontremos inspiración en un episodio histórico de hace setenta años.

La libertad universal estuvo en peligro mortal dos veces en la primera mitad del siglo XX. La primera fue en la primavera de 1940 cuando los totalitarios parecían destinados a conquistar a Europa Occidental. La segunda fue en el invierno de 1944, cuando los mismos tiranos estuvieron cerca de forzar una paz negociada en ese mismo occidente.

A fines de noviembre de 1944, a las puertas de Alemania y al alcance de la Línea Sigfrido, los ejércitos aliados recibían sus abastecimientos desde el puerto francés de Cherburgo a más de 350 millas a su retaguardia. Para poder usar el recién conquistado y muchísimo más cercano puerto belga de Amberes, el Primer Ejército Canadiense limpió de minas el estuario del Schelde a un costo terrible de más de 13,000 bajas.

Esta acción precipitó la contraofensiva de Las Ardenas, también conocida en Estados Unidos como la batalla del “Saliente” (“the Bulge”), último esfuerzo de Hitler arriesgándolo todo a una carta para desestabilizar el frente occidental. En realidad esa sangrienta batalla de hace exactamente setenta años, estaba en preparación desde que las tropas aliadas rompieran el frente defensivo con que los alemanes trataran de contener a las fuerzas desembarcadas en Normandía. Al liberarse Amberes para su total uso, las líneas de abastecimiento de los aliados se redujeron a la quinta parte.

Aunque es dudoso que el enemigo fuera capaz de concentrar más fuerzas y lograr una mayor preparación de la que tenía para la contraofensiva en diciembre del 44, la realidad es que la apertura de Amberes forzó la mano a Hitler. El antiguo cabo austriaco deseaba golpear a los angloamericanos cuando sus “supply lines” fueran bien largas y difíciles.

Después de posponer la contraofensiva varias veces, el 16 de diciembre de 1944, veinte divisiones germanas invadieron la boscosa zona del sur de Bélgica llamada Las Ardenas, que incluye el mini estado de Luxemburgo. La fuerza invasora que lograría una sorpresa completa en el alto mando aliado, contaba con más de 300,000 soldados, 1900 piezas de artillería y 970 blindados, incluyendo los nuevos tanques pesados “Tigres”, muy superiores a los medianos “Shermans” norteamericanos.

La zona estaba ocupada por unos 80,000 soldados bajo el mando del General Troy Midleton. Los americanos eran en su mayoría inexpertos en combate, excepto los destacados en la zona para su descanso, después de haber conquistado en lucha fiera los primeros palmos de tierra alemana incluyendo la vetusta ciudad de Aachen, cuna de Carlomagno. Aunque Las Ardenas fue la ruta de invasión usada por los ejércitos del Kaiser en 1914 y por la Blitzkrieg nazi en 1940, en el 44 era considerada territorio relativamente seguro.

Cómo fue posible para las fuerzas alemanas mantener en secreto la acumulación masiva de tropas y equipos es uno de los misterios de la Segunda Guerra Mundial. Intriga esta que rivaliza la de las notorias armas de destrucción masiva de Sadam Hussein, de quien sabemos las tenía antes y después de la Guerra del Golfo en 1991. De lo que no cabe la menor duda es que la batalla para detener a los germanos en las Ardenas fue la mayor en el occidente de Europa durante toda la guerra, incluyendo la “blitz” de 1940.

Los alemanes estaban divididos en dos columnas principales. A la derecha (norte) el antiguo “bouncer” de cervecerías, General de SS Joseph (“Sepp”) Dietrich, comandaba el VI Ejército blindado. Dietrich no era un soldado profesional y su ascenso a general en las SS era consecuencia de valor personal fanático, combinado con el favor de Hitler. Este favor había sido ganado mediante una lealtad incondicional. Antes de servir en el frente occidental “Sepp” había comandado la guardia asignada a proteger la vida de Hitler.

El Teniente General Hasso Von Manteuffel comandaba el V Ejército Blindado en la columna izquierda (Sur). Este veterano del frente oriental era uno de los soldados más competentes con que contaba Alemania y se le acreditaron las victorias iniciales de la contraofensiva. El mando supremo alemán supuestamente residía en el Mariscal de Campo Gerd Von Rundstedt, pero era el propio Hitler quien comandaba, con el auxilio técnico del Mariscal Walter Model, quien se personaba con frecuencia en el frente.

La batalla del “Saliente” se caracterizó por lo mucho que brillaron ciertos subordinados. En el lado alemán el más activo fue el Teniente Coronel SS Joachim Peiper, quien como su jefe “Sepp” Dietrich era un fanático nazi, pero quien a diferencia de éste era soldado profesional y pertenecía a una distinguida familia prusiana.

Peiper encabezó muchas de las acciones más dramáticas en la ofensiva nazi. Sin embargo, su refinada educación y abolengo no impidieron que lo acusaran de crímenes de guerra en violación de los convenios de Ginebra. En uno de esos incidentes, cerca del poblado de Malmedy, tropas a sus órdenes ametrallaron sin piedad a varias docenas de indefensos prisioneros norteamericanos. En otra ocasión, un grupo de civiles inocentes, que incluía mujeres y niños fue similarmente masacrado.

Al final de la guerra tanto Dietrich como Peiper enfrentaron tribunales militares aliados acusados de crímenes de guerra. El antiguo comandante de Panzers fue sentenciado a muerte por su participación en Malmedy. La sentencia fue cambiada a prisión perpetua de la que sólo serviría 11 años. A su salida de la cárcel el aún joven prusiano trabajó sucesivamente para la Porshe y otro consorcio alemán de automóviles.

A su retiro Peiper construyó una casa en un bucólico suburbio boscoso del este de Francia no muy lejos de la frontera con Suiza. Recibía un retiro decente y aumentaba su ingreso haciendo traducciones. ¿Buen lugar para retiro? Al parecer no para Peiper. Al poco tiempo de establecerse en su nueva residencia empezó a recibir amenazas de muerte y un día a finales de los años setenta el edificio amaneció quemado hasta los cimientos, con el cadáver calcinado de Peiper entre los humeantes escombros.

Por su parte muchas unidades norteamericanas se cubrieron de gloria deteniendo en seco a los granaderos alemanes, incluso usando morteros en posición casi vertical para pulverizar a sus atacantes a menos de 25 yardas de distancia. Estos últimos en la lucha cuerpo a cuerpo, caían muertos en los “fox holes” norteamericanos. Sólo los enormes blindados nazis pudieron neutralizar temporalmente la heroica resistencia de los paracaidistas de la División 101, sepultándolos vivos.

Su jefe, el Teniente General Anthony McAuliffe, totalmente cercado en el pueblo de Bastogne y conminado a rendirse por los atacantes, respondió con una histórica frase cruda: “Nuts!” (La traducción más aproximada es “¡ni coj…!”). McAuliffe resistió durante ocho sangrientos días hasta que los tanques del entonces Teniente Coronel Craighton Abrams, del III Ejército comandado por el General George S. Patton Jr., levantaron el sitio alemán de Bastogne, avanzando desde el sur.

Ninguno de los objetivos estratégicos enemigos fue alcanzado, incluyendo la toma del puerto belga de Amberes, que era primordial. Los atacantes avanzaron sólo una tercera parte del terreno necesario para llegar hasta las instalaciones portuarias cuando se vieran forzados a retirarse con grandes pérdidas.

Cuando el frente de combate se estabilizara de nuevo después de la derrota enemiga, los atacantes habían sufrido más de cien mil bajas. Los defensores, más de 10,000 muertos y casi 50,000 heridos. Cuando los 20,000 desaparecidos pudieron ser individualmente identificados, el total de norteamericanos muertos en tres semanas de combate se elevó a más de 19,000.

Las pérdidas materiales aliadas podían ser absorbidas gracias a la enorme capacidad industrial norteamericana. Para Berlín, por el contrario, no había substitutos en armas ni municiones. En ese momento la guerra en Europa estaba irremisiblemente perdida para el enemigo.

Las Ardenas se llevaron a muchos de los mejores hijos de Norteamérica más rápidamente que ningún otro teatro de operaciones de la Segunda Guerra Mundial. En esa oportunidad ningún periódico publicó un editorial demandando componendas con el enemigo, ni siquiera el notorio New York Times.

Corrían tiempos en que la hipocresía y el cinismo eran aún estigmas denigrantes. Entonces la ética y la vergüenza ocupaban todavía un lugar prominente en la vida colectiva de esta nación.

 

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