CON TODAS LAS ARMAS Y EN TODOS LOS FRENTES

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Porque todos somos guerreros de nuestra libertad aunque la defendamos con diferentes armas.

Los cubanos, por razones tan múltiples que sería muy largo analizar en este trabajo, hemos tenido que enfrentarnos a la tiranía más larga que ha conocido América. No diré que la más despiadada, aunque así lo creo, porque habrá muchos hispanoamericanos que argumentarán que ellos padecieron una peor que la de los Castro. Así de intensos y de obtusos son nuestra arrogancia y nuestro protagonismo. Pero lo que nadie puede negar es que ha sido la más larga y, por ende, la que ha hecho que la oposición a la misma haya pasado por un mayor número de etapas.

En los primeros cinco años, millares de patriotas cubanos murieron en las cárceles, en los paredones de fusilamiento, en los alzamientos en las montañas y en invasiones desde el exterior, la más numerosa y notoria la invasión de Bahía de Cochinos. Las incursiones militares llevadas a cabo con posterioridad a esta primera etapa fueron pequeñas en el número y esporádicas en el tiempo. La falta de recursos, la hostilidad del gobierno de Washington y el cansancio de los primeros guerreros pusieron punto final a aquella etapa heroica de la cual, a pesar de no haber logrado su objetivo, debemos de estar orgullosos todos los cubanos bien nacidos. Digo bien nacidos porque hubo millares de mal nacidos que se mantuvieron indiferentes y centenares de peor nacidos que se burlaron de quienes se jugaban la vida para conquistar la libertad de todos.

Vinieron después los años de deambular por los caminos del mundo, tocar a las puertas de las cancillerías, solicitar la ayuda de gremios, de asociaciones profesionales, de instituciones religiosas y de organizaciones de la sociedad civil. A todos les advertimos del peligro que representaba el cáncer del castro-comunismo en América. Con excepción de unos pocos, todos nos dijeron que el totalitarismo comunista no echaría raíces en sus países porque ni su país era Cuba ni ellos eran cubanos. Aunque la mayoría no nos lo dijo en la cara, y yo fui uno de esos apóstoles del mensaje apocalíptico que recorrí el continente dando la voz de alerta, se sentían más inteligentes y más valientes que nosotros. Ahora, ellos y nosotros hemos sido testigos de los resultados catastróficos en una docena de países de América.

Treinta años después de instaurada la satrapía, agotadas las energías físicas de los primeros guerreros, minados por la ignorancia o el cinismo de los nacidos bajo los sátrapas y confrontados con la hostilidad de quienes deberían de haber sido nuestros aliados en una confrontación militar para derrocar a los tiranos nos hemos vista forzados a dar inicio a otro tipo de tácticas. La estrategia sigue siendo la misma. Derrocar a una tiranía que ha dicho hasta el cansancio que no dejara el poder por las buenas. Pero ahora las armas son las de la denuncia, las de la palabra y las de la rebeldía no violenta o para algunos pacífica. Pacífica por nuestra parte, violenta por parte de una tiranía que no tiene escrúpulos morales o sentimientos de compasión humana a la hora de eliminar físicamente a sus opositores. Por eso la lucha, aunque pacífica no deja de implicar riesgos de cárcel, maltrato y muerte. Ahí están los ejemplos de Orlando Zapata, Laura Pollán y Oswaldo Payá, para no cansarlos con una larga lista de otros compatriotas con tantos méritos como ellos.

¿Por qué he dicho todo esto? Porque considero imprescindible poner dentro de un contexto justo, real y necesario los parámetros dentro de los cuales los cubanos debemos de llevar a cabo una lucha que todavía no ha terminado y que no puede terminar hasta que no derroquemos a la tiranía. Porque estoy convencido de que tan eficaces son las balas como las palabras, las acciones como las ideas a la hora de confrontar la opresión y la injusticia. Mahatma Gandhi, aquel anciano casi famélico que se enfrentó a un imperio, nos dijo:"La fuerza no reside en la capacidad física sino en la voluntad indomable de seguir luchando". Y al otro lado del espectro, Bolívar nos da ánimo diciendo:"Todos los pueblos del mundo que han lidiado por la libertad han exterminado al fin a sus tiranos". ¡Qué se cuiden los Maduro, los Castro y la comparsa que los acompaña en América!

Tampoco tengo dudas de que hay que luchar con lo que se tenga y donde se pueda, porque lo que está prohibido es rendirse ante la maldad. Luchar con todas las armas y en todos los frentes hasta que alcancemos la libertad. Porque ellos no ganan mientras nosotros no alcemos la bandera blanca. Basta ya de que quienes hemos participado en la lucha armada restemos méritos a quienes ahora se juegan la vida dentro de Cuba. Tampoco es justo, edificante, ni oportuno que los partidarios de la oposición no violenta dentro de Cuba condenen las acciones de quienes una vez se enfrentaron a las balas. Porque todos somos guerreros de nuestra libertad aunque la defendamos con diferentes armas. Y, sobre todo, porque todos somos necesarios y, cuando nos dividimos, los únicos que ganan son los tiranos.

Si alguno, cualquiera que sea su táctica de lucha, se siente asaltado por las dudas en cuanto a la forma en que debe de enfrentar a nuestros tiranos sólo tiene que visitar el pensamiento de los dos grandes pilares de nuestra libertad. José Martí, el poeta con corazón de paloma, nos dijo: "Los derechos se toman, no se piden; se arrancan, no se mendigan". Antonio Maceo, el guerrero con corazón de león, se plantó en firme diciendo:"Mendigar derechos es propio de cobardes incapaces de ejercitarlos". ¡Tomen nota los Fanjul, los Saladrigas y su rebaño de vende patrias! A otros igualmente miserables no los menciono para no darles la notoriedad que tanto anhelan pero que no merecen.

Habrá, por otra parte, algunos que invoquen principios religiosos para guardar distancia del activismo contra la tiranía, sobre todo el de la confrontación violenta. Dirán que Jesucristo era un hombre de paz que en el cautivador y edificante Sermón de la Montaña se dirigió a sus ovejas diciendo:"Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios". A esos les digo que Jesucristo no predicaba la violencia como instrumento de apostolado pero que no era un pacifista que rehusaba utilizarla cuando lo demandaba la preservación de la pureza de su misión redentora. Al derribar mesas y expulsar del templo a mercaderes y cambistas, los amonestó con estas palabras: “Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones".—Isaías; 56, 7. Y "Pero ustedes han hecho de ella una cueva de ladrones"—Jeremías; 7, 11. Ese es el Jesucristo completo, el de la paz y el de la guerra, según lo demanden las circunstancias.

Concluyo estipulando mi posición en lo que respecta a la lucha por la libertad de Cuba. Según dije al principio, apoyo a todos los compatriotas que participen en ella, independientemente de las armas que utilicen o los frentes en que luchen. Para bien de nuestro pueblo, quisiera que todo fuera resuelto por medios pacíficos. Pero cuando tomo en cuenta la obstinación y la perversidad de los tiranos llego a la conclusión inescapable de que sólo serán derrocados a tiro limpio. Si en el proceso resultaran muertos, viva el tiranicidio. Domingo Goicuría desafió al garrote vil diciendo:"Hoy muere un hombre pero nace un pueblo" . Ante la muerte de cualquiera de los Castro, todos podríamos decir:"Ha muerto un tirano para que resucite un pueblo".

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