LA ESTACIÓN DE LA ESPERANZA

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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Los maestros, dirigentes, escritores y artistas tenemos la obligación de diseminar ideas y conceptos que mantengan firmes la esperanza de que, tras esta noche de odio y tiranía, brillará irremisiblemente un amanecer de amor y libertad.

Al igual que ocurre todos los años, muy pronto seremos testigos del acontecimiento de mayor envergadura y significación desde que el hombre dio sus primeros pasos sobre la Tierra. El Hijo de Dios entrará al mundo por la puerta de una humilde campesina judía escogida para tan sagrada misión por su pureza de espíritu y su obediencia absoluta al mandato divino. Según reza el evangelio en Juan 12:47, el Mesías de la salvación y de la esperanza nos dice: "Porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo". Vino a conducirnos a la salvación por el camino de la esperanza. Porque no puede haber salvación sin esperanza. De ahí el título con el cual encabezo este artículo.

Esta es la estación en que los seres humanos debemos de aprovechar la oportunidad de reflexionar sobre las bendiciones que recibimos de nuestro Creador, la forma en que podemos extraer enseñanzas y beneficios de ellas y la misión que nos compete como mensajeros de la salvación por medio de la predicación de la esperanza. Una misión de difícil cumplimiento cuando tenemos en cuenta los retos y desengaños que confrontamos en nuestra convivencia diaria con otros seres humanos.

Porque nadie está exento de sufrir desengaños por parte de asociados, amigos y familiares. La diferencia reside en la forma en que los procesamos internamente y los comunicamos a otras personas. Como consecuencia de estas experiencias, nos inclinaremos a mirar al mundo a través del prisma del optimismo o del pesimismo, de la alegría o de la amargura, de la esperanza o de la desesperanza. Y de la opción que hagamos dependerá nuestra felicidad y la de aquellos que nos rodean. Tenemos, asimismo, que adquirir conciencia de que quien vive sin esperanza está muerto aunque no lo sepa. Que con su conducta auto destructiva renuncia a la vida terrena y pone en peligro su vida eterna. Hasta un pagano como el retórico romano Quintiliano lo vio claro cuando dijo: "Antes perder la vida que la esperanza".

Por otra parte, para los cristianos en todo el mundo, el próximo 25 de diciembre no será solamente una fecha en el calendario que marcará el 2014 aniversario del nacimiento de Jesucristo. Será como una vivencia nueva que nos llenara del júbilo inenarrable de regresar al pasado y ser testigos del mismo día en que nació nuestro Mesías hace más de dos milenios. Caminaremos por las calles encantadas de Belén hasta llegar al humilde cobertizo donde descansó el niño Dios sobre el heno compartido con las vacas. Respiraremos el intenso olor de la mirra y del incienso con los que los tres reyes rindieron culto al Salvador del mundo. Y nos bañaremos en la catarata de luz de la estrella fulgurante que anunció su nacimiento. Cristo estará vivo y ejerciendo su influencia de purificación divina en todos nosotros.

La esperanza ha sido, al mismo tiempo, un tema recurrente en las trabajos de escritores y poetas. El norteamericano Henry Wadsworth Longfellow la describió gráficamente cuando dijo:"El ocaso de una gran esperanza es como el ocaso del sol: con ella se extingue el esplendor de nuestra vida". El bardo peruano José Santos Chocano, le dio alas a su imaginación diciendo:" El ave canta, aunque la rama cruja, porque conoce lo que son sus alas". Y el siempre incisivo y profundo ensayista, novelista y poeta libanés Khalil Gibran lo puso en estos términos:" En el corazón de todos los inviernos vive una primavera palpitante, y detrás de cada noche, viene una aurora sonriente".

Hablando en sentido más inmediato y en términos más concretos, los pueblos de nuestra América, oprimida por mensajeros de doctrinas de odio y convulsionada por el enfrentamiento entre hermanos, necesitan con urgencia poner en práctica esta filosofía de la esperanza. Los maestros, dirigentes, escritores y artistas tenemos la obligación de diseminar ideas y conceptos que mantengan firmes la esperanza de que, tras esta noche de odio y tiranía, brillará irremisiblemente un amanecer de amor y libertad.

Nadie debe de esgrimir una pluma, entonar un canto o recitar un verso para sembrar incertidumbre y desesperanza entre sus hermanos de llanto, miseria y dolor. Quienes lo hagan, ya sea por ignorancia o por dolo, serán culpables del delito de lesa patria. Quienes no tengan algo positivo que decir es mejor que contribuyan con su silencio. Porque esta América nuestra, que una vez fue llamada el Continente de la Esperanza, ya se prepara para desechar los caminos del comunismo y emprender la escalada incontenible hacia la cumbre donde brilla radiante la estrella que anunció en Belén el nacimiento del Salvador del mundo.

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