27 DE NOVIEMBRE

Hugo J. Byrne

Quienes conocen de operaciones encubiertas contra tiranos totalitarios saben que la probabilidad de muerte en acción es consustancial a esa actividad ingrata. Afirmo que perecer en ella no era realmente mi mayor preocupación. El operativo clandestino cuando tiene alguna inteligencia se considera muerto incluso antes de iniciar sus actividades.

Entre mis cotidianos terrores el más temible era la probabilidad de arresto y prisión. Muchos pasamos mal que bien la prueba de fuego, aquella para la que sólo se necesita dedicación a la libertad, terminando con algunas cicatrices del cuerpo que se han ido borrando al paso de los años y otras del alma que sangrarán hasta el último día en este valle de lágrimas.

Conocí la lucha en que se muere y se mata pero no la prisión. Dios me libró de ese infierno en la tierra que es el presidio político en las mazmorras de los Castro.

En la lucha histórica de Cuba por su libertad, el arma de terror preferida por el enemigo siempre fue la pena de muerte por fusilamiento. Fui testigo presencial de muerte violenta, recuerdo que desearía poder arrancar de mi memoria, pero de fusilamientos sólo vi películas.

Sé de ese sangriento patíbulo por narraciones gráficas de aquellos que casi a diario asistían a las capillas de muerte en la Fortaleza de La Cabaña. Esa vetusta prisión que sirvió de escenario a innumerables fusilamientos tanto en la era colonial como en la castrista, cobija hoy para escarnio de la justicia un restaurante “trendy”, que acomoda la presencia impúdica y frívola de turistas.

En 1870 se imprimía en La Habana un libelo que financiaba el régimen colonial irónicamente llamado “La Voz de Cuba”. Su director era un connotado peninsular integrista de nombre Gonzalo Castañón, quien dedicaba sistemáticamente en sus páginas los insultos más ofensivos a los criollos y en especial a las cubanas, a quienes tildaba de prostitutas de oficio o en potencia. Guapetón y arrogante, Castañón era el héroe de un grupo paramilitar de patanes conocido por los “Voluntarios de La Habana, el que reclutaba sus miembros entre los dependientes del comercio colonial español.

Al igual que las notorias “Brigadas de Respuesta Rápida” de Castrolandia, los “voluntarios” carecían de utilidad práctica en la guerra que Madrid sostenía entonces contra la insurrección cubana, pero eran muy eficientes aterrorizando a la población civil.

El alzamiento de 1868 asolaba entonces las provincias de Camagüey y Oriente y los triunfos iniciales de los alzados provocaban en ese entonces la reacción feroz de los “voluntarios”, quienes atacaban a mansalva a los transeúntes criollos en las calles de la capital.

Cuando un periodista de Cayo Hueso llamado José María Reyes contestó editorialmente en su periódico “El Republicano” a los insultos de Castañón, este inmediatamente lo retó a un duelo formal. Sabiendo que Reyes era inválido y esperando una reparación fácil, Castañón se personó en Cayo Hueso el 29 de enero de 1870, acompañado por su “padrino de honor”, un capitán de Voluntarios de apellido Alonso.

Desgraciadamente para Castañón otro patriota cubano recogió el guante: un “come-candela” local llamado Mateo Orozco. Orozco irrumpió en la casa que alojaba a Castañón para forzarlo a un duelo irregular con él o encarar la muerte inmediata. Era una situación reminiscente del lance fatal que resultara en el exilio y ruina de Francisco de Quevedo por la intriga de su viejo enemigo el Conde-Duque de Olivares.

Enfrentado a una situación que no había previsto y confiando en que el cubano no se atrevería a hacer buena su amenaza, Castañón rehusó el duelo irregular aduciendo razones de “honor”. Orozco, quien no era muy paciente con las negativas, le disparó varias veces. Con heridas de bala en el pecho y el abdomen, Castañón expiró en media hora.

Mientras Orozco era arrestado por las autoridades locales, el cadáver de Castañón fue enviado a La Habana, donde sus delirantes Voluntarios le hicieron funerales de héroe. Su muerte desató una ola de terror vengativo a través de toda Cuba. Los prisioneros políticos, como siempre, fueron los primeros en el martirio: Domingo Goicuría fue ejecutado el 7 de mayo del 71 y el poeta Juan Clemente Zenea, menos de cuatro meses después.

Un anfiteatro entonces usado por la Escuela de Medicina de la Universidad de La Habana estaba en la vecindad del cementerio de la Capital, lugar donde a menudo se reunían los estudiantes del primer año, esperando por la hora de una clase. Una tarde a principios de noviembre de 1871, varios jóvenes retozaron brevemente en el camposanto, arrancando algunas flores.

Esa acción anodina, inconsecuente en cualquier sociedad civilizada, provocó la inmediata reacción de los Voluntarios. A través de su Comandante en Jefe, un energúmeno vociferante llamado Romualdo Crespo, demandaron “que se hiciera justicia” contra todos los estudiantes culpables de “traición”, “anti-españolismo” y “profanación de tumbas”, agregando falsamente que habían rayado con un diamante el cristal que cubría la lápida de la tumba de Castañón.

Todos los alumnos del primer año fueron arrestados y procesados en medio de un circo romano protagonizado por turbas de Voluntarios, las que lanzaron por la primera vez en nuestra historia el fatídico grito coreado de “¡PAREDÓN!” No hubo muchos héroes en esta tristísima historia, por lo que la mención de los dos únicos se hace imprescindible: tanto el Capitán del Ejército Español Federico Capdevila, defensor designado por la Corte Marcial, como el Profesor de anatomía Manuel Sánchez de Bustamante, se cubrieron de gloria defendiendo con valor espartano y a riesgo de sus vidas la evidente inocencia de los encartados.

Al final, como nadie sabía o quería identificar a quienes se encontraban en el cementerio aquel día y para satisfacer la sed de sangre de las turbas a las puertas de la corte, se sortearon las sentencias. Los Voluntarios aceptaron que se procesara a un mínimo de cuarenta y cuatro estudiantes. Ocho fueron condenados a muerte. Once a seis años de prisión. Diez y nueve a cuatro años. Cuatro a seis meses. Dos absueltos, quienes resultaron familiares de personajes importantes de la colonia. Como sabemos, quien tiene padrino se bautiza.

Entre los infelices reos había varios estudiantes del interior de Cuba quienes ni siquiera habían estado en La Habana en esa fecha. A uno de ellos, el matancero Carlos Verdugo le tocó la pena máxima en el sorteo. Recuerdo con patriótica emoción haber desfilado ante su casa con mi escuela el 27 de noviembre de cada año y arrojar una flor ante su puerta.

¿Qué puede sentir un padre o una madre a quienes le arresten un hijo en la más temprana juventud, quizás arrancándolo del lecho en altas horas de la noche, sabiendo que será arrojado a una mazmorra obscura y sucia, para más tarde ametrallarlo inmisericordemente, ejecutado por una caterva de criminales fingiéndose jueces, por una falta que no han cometido mientras una turba maloliente que demanda esa ejecución, también vitorea a los asesinos de la escuadra que lo fusila ¿Cuántas familias han llorado esa tragedia en la Cuba de hoy durante los últimos 56 años?

Los estudiantes asesinados por los esbirros del régimen castrista (nuevos “Voluntarios de La Habana”), hacen legión. Esos mártires agregaron sus nombres a los de Alonso Álvarez de la Campa, José de Marcos y Medina, Carlos Augusto de la Torre, Eladio González y Toledo, Pascual Rodríguez y Pérez, Anacleto Bermúdez, Ángel Laborde y Carlos Verdugo, todos fusilados el 27 de noviembre de 1871.

Tres jóvenes estudiantes protagonizaron la siguiente anécdota en la Fortaleza de la Cabaña a fines de marzo de 1961. Sus nombres eran Virgilio Campanería Ángel, Alberto Tapia Ruano y Tomás Fernández Travieso. Remedando el crimen colonial contra Domingo Mujica y Juan Clemente Zenea, los dos primeros fueron fusilados en venganza por Bahía de Cochinos el mismo diecisiete de abril de 1961. Conocí brevemente a Tapia Ruano. Esa anécdota fue narrada por el único superviviente de los tres, Tomás Fernández Travieso y recogida en su libro “Cuba en Guerra” por el escritor y periodista exiliado Enrique Encinosa.

Narra Fernández que poco antes su sentencia a muerte había sido conmutada por largos años de prisión. Este cambio provocó un instante intensamente emocional cuando Virgilio Campanería en la víspera de su ejecución y observando los gastados zapatos de Fernández, le regaló los suyos “para que fuera bien calzado a la prisión”, porque él “donde iba ya no los necesitaba”. Ante tal generosidad por quien en breve enfrentaría lo ignoto, a Fernández se le llenaron los ojos de lágrimas.

Otro prisionero, pensando que Fernández se acongojaba por su propio destino le dijo: “no te aflijas muchacho que eso dura sólo un instante”. Virgilio Campanería le contestó: “déjalo tranquilo que ese es el único de nosotros tres que no fusilarán mañana”.

Así encararon el martirio los estudiantes cubanos desde 1871. Algún día se les hará justicia. Mientras tanto recordemos los versos inmortales de un poeta cubano del siglo XIX:

“Como néctar de púrpura en el suelo

cayó su sangre bajo el plomo impío…

pudo el verdugo realizar su anhelo…

Y ante su fin dramático y sombrío,

¡hubo remordimientos en el cielo

Y se llenó de cólera el vacío!”

 

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