CONFERENCIA MAGISTRAL

EN LA UNIVERSIDAD DE ALABAMA, EN SEPTIEMBRE DEL 2009:

LA AYUDA DE ESPAÑA Y CUBA A LA INDEPENDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS: UNA CONTRIBUCION DECISIVA

Dr. Salvador Larrúa

Antecedentes históricos: España

La entrada y participación del reino de España en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos es un episodio importante con raíces que se remontan al siglo XVI. A la altura del siglo XVIII, fue uno de los momentos culminantes de la contienda por el dominio territorial en tierras América y el control de las rutas marítimas entre el Nuevo Mundo y Europa.

 

La posición estratégica de Cuba la convirtió en una pieza clave para los objetivos de España, ya que los enfrentamientos por el control del Mar de las Antillas y las regiones sudeste y oeste de América del Norte convirtieron a La Habana en el centro de operaciones militares de esa región, por lo que España realizó un gran esfuerzo para realizar grandes reformas económicas, administrativas, políticas y militares a fin de convertir la capital de Cuba en una poderosa plaza de armas. Las grandes inversiones realizadas para desarrollar la capacidad militar de la Isla, que tenía una gran tradición de lucha contra los bandidos del mar y por supuesto contra los ingleses desde el siglo XVI, facilitaron el rápido desarrollo económico de la Isla y al mismo tiempo una apertura comercial que desarrolló fuertes vínculos con las Trece Colonias de Norteamérica.

 

Antecedentes históricos: Cuba

 

Efectivamente, las relaciones comerciales de Cuba y las Trece Colonias tenían una larga tradición. Desde la fundación de Jamestown, los ingleses y los españoles de San Agustín comenzaron un tráfico ilegal de productos y artículos, que muy pronto fue indispensable para ambas colonias y que se extendió rápidamente a Cuba, el principal socio comercial de San Agustín de la Florida. Durante los siglos XVII y XVIII, aquel intercambio se fue fortaleciendo con diversos altibajos, como veremos a continuación.

 

Las antiguas relaciones económicas de Cuba con las Trece Colonias contribuyeron al desarrollo de una fuerte grupo de comerciantes que controlaban casi todo el intercambio, y a partir de su estrecha alianza con el sector de la Ilustración española que tenía por centro al Conde de Aranda, los negociantes habaneros también alcanzaron influencia en las decisiones militares, políticas e ideológicas. Sus vínculos económicos con las Trece Colonias estaban limitados por las disposiciones de la Corona británica en materia de comercio, disposiciones que también afectaban a los colonos de Norteamérica y que a la larga fueron una de las causas de la rebelión de las Trece Colonias, unidos a la clase rica de La Habana por grandes intereses comunes.

 

¿Cómo empezó a participar Cuba en el conflicto? ¿De qué manera la política de España y los intereses de Cuba desembocaron en una ayuda decisiva a la independencia de las Trece Colonias?

 

Relaciones entre Cuba y las Trece Colonias 

 

El conflicto comercial de las Antillas fue una de las causas de la Guerra de Independencia, ya que el azúcar y sobre todo la melaza de las Antillas, en el decenio 1760-1770, eran el centro de un litigio en el que intervenían por una parte intereses de las Trece Colonias y de las colonias españolas y francesas del Caribe, y por otra, los de la Corona británica y sus dominios antillanos. En 1764, por ejemplo, se dio una contradicción: en Cuba se permitió el comercio con barcos ingleses, casi todos procedentes de Norteamérica, y en ese momento Inglaterra puso en vigor la Sugar Acties Act, que eliminaba el comercio de mieles entre las Trece Colonias y las Antillas españolas y francesas, que suministraban esa materia prima con que los norteamericanos fabricaban ron.

 

Efectivamente, el West Indian Rum se fabricaba en Massachussets, producto favorecido por una ley inglesa de 1731 que establecía que los marinos de la armada británica consumieran una ración diaria de ron. De esta forma se garantizaba la venta del producto, además de que el ron era una de las principales mercancías para pagar los esclavos que se adquirían en la costa de África. Al principio, las Antillas británicas suministraban las mieles, pero hacia 1760 disminuyó su producción y fueron sustituidas por las colonias españolas y francesas, que daban facilidades a los comerciantes norteamericanos y desplazaron a las colonias inglesas.

 

Por esta causa se desarrollaron las relaciones comerciales entre La Habana y los productores de ron y negreros de las Trece Colonias, y entre 1760 y 1770 las mieles cubanas se exportaban a Rhode Island donde funcionaban 30 destilerías que enviaban a África 1,400 bocoyes de ron al año. Los traficantes traían a Cuba grandes cargamentos de esclavos adquiridos con ron norteamericano fabricado en Norteamérica con mieles producidas en la isla, y los comerciantes habaneros y norteamericanos se otorgaban grandes facilidades de créditos y aceptaban pagos en azúcares y mieles: de esta forma crecía el intercambio entre Cuba y las Trece Colonias, independientemente del conflicto entre España e Inglaterra, y ambas partes se beneficiaban. Los productores norteamericanos preferían el azúcar purgado de Cuba que contenía una proporción de miel mucho mayor que el de las otras Antillas.

 

Tomando como base todo esto, se puede afirmar que la Guerra de Independencia de las Trece Colonias no tuvo su origen en las relaciones Cuba-Norteamérica, que eran muy antiguas, sino en el gran desarrollo que habían alcanzado. El comercio con Cuba era importante. A partir de 1763 el Capitán General Ambrosio Funes de Villalpando, Conde de Ricla, autorizó por razones militares la importación de harinas y productos de primera necesidad de las Trece Colonias. Cuando llegó a La Habana su sucesor, Antonio María Bucarely, encontró el puerto atestado de buques ingleses procedentes de Norteamérica. Desde entonces el comercio entre las Trece Colonias y Cuba creció de forma impetuosa y no hubo forma de impedirlo, porque hasta la Corona de España se interesaba en mantenerlo.

 

Otra razón que motivó fuertemente a los habaneros para entrar en el conflicto, fue la afrenta sufrida por la toma de La Habana por los ingleses en 1762.

 

El aparato del espionaje español a favor de Washington: los agentes cubanos 

 

Las relaciones comerciales de Cuba y las Trece Colonias tuvieron gran repercusión política si consideramos que sus personajes más prominentes llevaron a cabo las labores de espionaje y el financiamiento y abastecimiento a los independentistas norteamericanos. Robert Morris, a quien se ha llamado el cerebro financiero de la guerra de independencia de Estados Unidos[1]negrero y capitán del puerto de Filadelfia, fue la figura más importante del contrabando legalizado en la etapa 1764-1778, actividad que afectaba sobre todo a Inglaterra y creaba grandes vínculos entre Cuba y las Trece Colonias.

 

Gracias a su amistad con el comerciante habanero Juan Miralles[2], que se desempeñó como agente del gobierno español ante los rebeldes norteamericanos, Robert Morris pudo adquirir créditos y garantizar un sostenido abastecimiento comercial y militar a los independentistas. Juan Miralles era amigo personal de George Washington, en cuya casa murió atendido por el médico personal y la esposa de Washington. A su muerte se le rindieron los más altos honores militares. En el cortejo fúnebre figuraron Washington, Hamilton, Lafayette, Morris y otros grandes líderes norteamericanos. Washington reconoció la gran ayuda de Miralles a la causa norteamericana y lo expresó de forma elocuente al despedir el duelo, con estas palabras; en este país se le quería universalmente y del mismo modo será lamentada su muerte[3].

 

Juan Miralles había creado un vínculo estable entre La Habana y San Agustín de la Florida, desarrollando relaciones ya existentes, con lo que facilitó el tráfico comercial en la frontera de los dominios español e inglés en América y creó un puente para el intercambio de las Trece Colonias con La Habana, y de ésta con varias regiones de España e Hispanoamérica. Además, creó una red de agentes comerciales en importantes ciudades de Norteamérica como Savannah, Charleston, Baltimore y Filadelfia. Muy pronto, los miembros de la red creada por Miralles pasaron a ser agentes de España en tierras de Norteamérica, porque cuidando los intereses de la Madre Patria, protegían los suyos propios ya que su prosperidad se vinculaba al comercio exterior de Cuba en el que tenían gran peso los comerciantes norteamericanos que simpatizaban con la independencia de las Trece Colonias.

 

Cuba en la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. Antecedentes: tropas cubanas y ataques ingleses

 

Las tropas cubanas tenían una larga tradición de combate contra los ingleses, porque desde el siglo XVI participaban en enfrentamientos por mar o por tierra con corsarios y piratas de esa nacionalidad, y en muchas ocasiones salían de La Habana las embarcaciones llenas de hombres de armas que iban en socorro de San Agustín de la Florida. En los albores del siglo XVI estas tropas venían acompañando expediciones sucesivas que comenzaron en 1513 con la del descubridor Juan Ponce de León y continuaron durante medio siglo. Con los soldados venían colonos, buscadores de fortuna e indios taínos como cargadores. En 1564, una expedición dirigida por Hernán Manrique de Rojas salió de La Habana para confirmar si habían desembarcado hugonotes franceses en la Florida y arrasar sus establecimientos. Durante el resto del siglo XVI y el XVII, después de la conquista, la Florida pudo subsistir gracias a la continua corriente de víveres, armas, municiones y bienes que llegaba a San Agustín desde Cuba: sólo de 1686 a 1695, la Isla envió 65,996 reales para financiar la defensa del territorio. Durante el siglo XVIII menudearon los ataques de los ingleses desde el norte: diversos contingentes se lanzaron sobre San Agustín y los establecimientos misioneros, pero desde Cuba llegaban los regimientos y milicias que fueron decisivos para vencer a los enemigos en 1702, 1706, 1719 y 1723. Era una larga tradición de lucha en la que la Isla de Cuba siempre jugó el papel de escudo y defensa de la península del norte.

 

 Por esa causa, entre los objetivos de los ingleses se encontraba la gran Isla de Cuba, que desde su estratégica posición dominaba tanto el Mar de las Antillas como sus accesos desde y hacia Europa, siendo La Habana el punto de concentración de las Flotas que viajaban a España todos los años procedentes de sus posesiones americanas.

 

Conquistar la Isla de Cuba, que era el centro estratégico de las comunicaciones españolas desde el Nuevo Mundo hacia Europa, no era una tarea fácil. Las milicias cubanas eran fuerzas aguerridas y acostumbradas a la guerra tanto dentro como fuera del territorio, como ya hemos visto. En 1718, por disposición del Capitán General Gregorio Guazo Calderón, zarpó de La Habana una expedición de 1,200 hombres, entre ellos 1000 de las milicias criollas, dirigida por el teniente coronel Alfonso de Carrascosa, que arrebató la plaza fuerte de Pensacola a los franceses, siendo esta la primera vez que la ciudad fue tomada por los cubanos, y las agrupaciones armadas de la Isla siguieron perfeccionándose. Por la importancia de La Habana, punto de concentración de las Flotas, se creó allí en 1719 el primer Regimiento de Fijos, primero que existió en tierras de América, integrados por hombres del país, armados y entrenados de la misma forma que las tropas de línea europeas, portador de una larga tradición de combatir a los invasores ingleses. En los años siguientes el Regimiento de Fijos fue reforzado por compañías de granaderos, caballería y artilleros, así como por fuerzas independientes de infantería y los batallones de pardos y morenos. Luego se formaron otros regimientos y agrupaciones, como el Regimiento de Voluntarios, los Dragones de América y el Regimiento del Príncipe.

 

Pronto se demostró que las tropas cubanas podían derrotar importantes agrupaciones enemigas que intentaran atacar la Isla, y así ocurrió con la armada y el ejército británicos bajo el mando del almirante Edward Vernon y el brigadier general Thomas Wentworth, cuando intentaron tomar Santiago de Cuba y establecer un puesto militar en Guantánamo, en 1741. La expedición inglesa contaba con 9.395 hombres entre soldados, marinos, tripulación y tropas auxiliares, 4,440 eran de tropas, y de ellos, 600 procedían de las Trece Colonias de Norteamérica. Uno de sus jefes era el capitán Lawrence Washington, hermano de George Washington.

 

En cuanto se produjo el desembarco inglés, el gobernador y Mariscal de Campo Francisco Cagigal de la Vega dio órdenes a las milicias para que comenzaran las hostilidades y estableció una rigurosa cooperación con las fuerzas regulares. Después de 134 días de enfrentamientos con los ingleses, Vernon tuvo que abandonar Guantánamo con más de 1,000 muertos, de ellos, más de 205 oficiales[4].

 En 1762, la toma de La Habana por una poderosa expedición inglesa al mando de Lord Albemarle, que contaba con 12,000 soldados de línea reforzados por otros 2,000 de las Trece Colonias y Jamaica y unas fuerzas marítimas de 53 buques de guerra tripulados por 10,500 hombres, y alrededor de 200 buques de transporte[5] puso de manifiesto, sobre todo, la incapacidad del Capitán General Juan de Prado Portocarrero, que cometió errores imperdonables como la inutilización de los buques de guerra españoles, que ordenó confinar en la bahía de La Habana, el abandono de las alturas de la Cabaña, error decisivo que permitió a los ingleses bombardear el Castillo del Morro y la ciudad desde esta posición elevada, lo que fue clave para el triunfo británico, y el desgaste de las fuerzas con que contaba comprometiéndolas en acciones innecesarias. Aunque la correlación de fuerzas favorecía claramente a los ingleses si consideramos que la guarnición de La Habana sumaba 3,000 hombres apoyados por 1,200 marineros de la escuadra y unos 1,200 más de las milicias, la heroica defensa que hizo el capitán Don Luis de Velasco, que estuvo a cargo de la defensa del Castillo de los Tres Reyes del Morro, fue reconocida por los más altos jefes militares británicos y demostró la capacidad combativa de las fuerzas criollas así como la efectividad de sus artilleros.

 

   Al año siguiente, 1763, se firmó el Tratado de París, por el que La Habana fue devuelta al dominio español al tiempo que fue cedida la provincia de la Florida a los ingleses. Entre las primeras medidas adoptadas por el rey Carlos III estuvo la construcción de un gran castillo en las alturas de la Cabaña, el perfeccionamiento del sistema de fortificacioes defensivas alrededor del perímetro de la capital, y la reorganización de las defensas y de los regimientos y batallones de La Habana, equivalentes a tropas regulares de línea del ejército español, misión que fue encargada al Mariscal Alejandro O´Reilly, de origen irlandés, al tiempo que el coronel francés Antonio de Raffelin se dedicó a perfeccionar las fuerzas de caballería y los dragones.

 

En ese mismo año, la economía cubana estaba lista para dar un salto importante. El comercio exterior crecía rápidamente, en particular las transacciones realizadas con las Trece Colonias. La estratégica posición de La Habana, la acumulación de capitales, el crecimiento demográfico, el surgimiento impetuoso de nuevas fábricas de azúcar unido al desarrollo de la industria junto con el auge del café, el tabaco y en general de todas las ramas agropecuarias, y el gobierno central de la metrópolis española y en particular el Conde de Aranda puso mucho de su parte para facilitar el crecimiento acelerado de la economía de la Isla, que garantizaría una fuerza militar capaz de defender el dominio español en América con la colaboración de los poderosos y ricos vecinos de la capital de Cuba. Muy pronto los regimientos y agrupaciones de infantería y caballería, formados por criollos armados, disciplinados y entrenados a la española, dirigidos por oficialidad también criolla, sumaban alrededor de 10,000 hombres.

 

Las condiciones estaban listas para la derrota definitiva de los ingleses. 

 

Inglaterra provoca la crisis de las relaciones económicas entre Cuba y las Trece Colonias

 

Las relaciones económicas entre la Isla y las Trece Colonias se fortalecieron año tras año hasta llegar a 1776 y fueron la base del gran interés que tuvo Cuba en ayudar a los nacientes Estados Unidos. En ese año hicieron crisis las dificultades creadas por Gran Bretaña al comercio de melaza para la fabricación de ron en Norteamérica, creando un gran problema a los fabricantes en las refinerías de Massachussets y Rhode Island así como a los traficantes y negreros, lo que afectaba la introducción de esclavos en Norteamérica y en Cuba, que era el abastecedor más importante de esas refinerías. Por otra parte, los traficantes de Norteamérica mantenían un gran comercio con los comerciantes de la Isla y se había creado una importante corriente de intercambio entre ellos, apoyada por poderosos capitales invertidos en estas actividades por ambas partes, lo que creaba intereses y vínculos entre las Trece Colonias y Cuba que eran completamente ajenos a los choques y problemas constantes entre las metrópolis de Inglaterra y España.

 

En 1776 Cuba se había preparado para rechazar los ataques ingleses por poderosos que fueran, aún más fuertes que el de 1762, y había creado una capacidad económica, comercial y militar que facilitaba el desarrollo de operaciones armadas fuera de su territorio. Su sólida economía podía garantizar acciones militares contra las posesiones inglesas.

 

Colaboración y ayuda material a la causa de la Independencia

 

Desde 1770 los sistemas de espionaje español y francés obtenían importantes informaciones sobre problemas internos en las Trece Colonias. Al estallar el conflicto en 1776, el ministro español José de Gálvez ordenó al Marqués de la Torre, gobernador de Cuba, que creara una red de agentes en los puntos fundamentales de contacto en tierras de las Trece Colonias[6], y pocas semanas después Luciano Herrera se encontraba en Jamaica, el coronel francés Antonio de Raffelin se establecía en Haití, Eligio de la Puente, que era cuñado de Miralles, en la Florida, con el propósito de rebelar a los indios del territorio contra la dominación inglesa, y Juan Miralles se encargó de la misión más importante: establecerse en las Trece Colonias insurrectas, establecer relaciones con el Congreso Continental, y con el propio George Washington, y concertar un plan de operaciones para reconquistar la Florida y acordar la forma y tipos de ayuda que se daría a los insurrectos norteamericanos. Por su parte, el ministro José de Gálvez enviaba a Miguel Eduardo con una misión diplomática, para estudiar los pormenores del conflicto y aconsejar la conveniencia o no de una guerra con Gran Bretaña.

 

En 1776 Miralles estaba instalado en Filadelfia, de acuerdo con el ministro francés Gerard, e hizo contacto con los insurrectos, tropezando con el obstáculo de que el Congreso Continental quería la anexión de la Florida y los territorios del interior de Luisiana, lo que provocó algunas desavenencias, pero los norteamericanos decidieron enviar a John Jay a Madrid para que solicitara ayuda directa al rey, gestión que provocó fricciones entre España e Inglaterra. España comunicó su neutralidad, pero los ingleses estaban inquietos ante ciertas demostraciones de amistad del Conde de Aranda a la causa de la independencia. Don Pedro Abarca de Bolea, Conde de Aranda, había sido Presidente del Consejo de Castilla y desde 1773 embajador de Carlos III en la corte francesa, y en esa época comunicó a Madrid que los franceses apoyaban la libertad de las Trece Colonias, gestionando el apoyo de España. Sus gestiones tuvieron éxito y el gobierno español envió al Conde cuatro millones de reales de vellón[7] para suministros de guerra que llegarían a los insurrectos por la vía de Francia, a través de la ruta de las Bermudas...

 

Con los cuatro millones de reales de plata se compró el primer gran lote de armas entregado a las tropas de Washington: 216 cañones de bronce, 209 cureñas de artillería, 27 morteros, 29 afustes o armazones para morteros, 12,826 bombas, 51,134 balas, 300,000 libras de pólvora en pacas de 1,000 libras, 30,000 fusiles con sus bayonetas, 4,000 tiendas de campaña, 30,000 uniformes completos y una inmensa cantidad de plomo para fundir balas de fusil[8]. La colaboración no se limitó al material de guerra, porque los independentistas recibieron además, según un informe del Conde de Aranda, varias embarcaciones de guerra y la importante cantidad de £2,000,000 (libras esterlinas) para los gastos de campaña[9].

 

Estas acciones de España respondía al conflicto tradicional entre las potencias católicas, España y Francia, y la anglicana Inglaterra. Aranda quería acabar con Inglaterra a cualquier precio[10], pero en el primer momento la política de Madrid era ayudar a Washington sin comprometerse de lleno en el conflicto.

 

La ayuda de Cuba

 

Pero las motivaciones de los ricos comerciantes de Cuba eran distintas. En primer lugar, por una cuestión de honor, todos los cubanos querían lavar la afrenta de la toma de La Habana por los ingleses en 1762, en segundo lugar, los vínculos e intereses comunes de los comerciantes habaneros y norteamericanos y la vinculación económica de los productores azucareros de Cuba con el mercado norteamericano habían creado fuertes sentimientos de simpatía entre La Habana y los territorios más vinculados a ella, como Luisiana y las Floridas, y las Trece Colonias. Esta simpatía y los intereses comunes llegaba a tal extremo que los regimientos y batallones de Cuba estaban dispuestos a intervenir militarmente en el conflicto a favor de los norteamericanos.

 

Muy pronto fue enviado un representante de los insurrectos, Arthur Lee, a gestionar ayuda con el gobernador de Luisiana, Luis de Unzaga y Amezaga, que desde 1740 había formado parte del estado mayor del Regimiento de Fijos de La Habana.

 

Luis de Unzaga, a su vez, solicitó del Capitán General de Cuba, Diego José Navarro, que por cuantos medios sea posible envíe socorros de armas, municiones, ropa y quinina que piden los colonos (norteamericanos) y que se pasa el aviso reservado al gobernador de La Habana que va recibiendo por los correos mensuales armas y otros géneros para remitirlos al gobernador de la Luisiana, y que también le envíe el sobrante de pólvora que haya en La Habana de la fábrica de México, y el que hubiese de fusiles en La Habana[11].

 

A partir de estas decisiones, el capitán General de Cuba pasó de las actividades de espionaje y diplomáticas a la ayuda directa a los rebeldes norteamericanos. Al mismo tiempo, Juan Miralles concretó con Robert Morris, quien estaba encargado de buscar dinero para gastos de guerra y suministros de ropas, alimentos y armas, la forma en que se daría el apoyo.

 

En 1777 y 1778, Cuba socorría a los rebeldes de tres formas. La primera por la vía de Luisiana: el Capitán General remitía a las tropas de Washington el material de guerra que llegaba de México, España y los arsenales habaneros. La segunda forma fue una línea clandestina de barcos establecida entre La Habana y Filadelfia por Miralles y Morris. Desde octubre de 1778, los bergantines y goletas Bucksking, Don Miralles, Stephen, San Antonio y Havana, comenzaron a transportar pertrechos bélicos para Washington. La tercera, fue el apoyo que dio Cuba a la escuadra de Carolina del Sur, al mando del comodoro insurrecto Alexander Guillon, que fue reparada, reartillada y abastecida en el Real Astillero de La Habana... al mismo tiempo, Miralles ofreció garantías en los empréstitos hechos de las cajas cubanas para las Trece Colonias, financiando trabajos, compras y préstamos[12], pero Miralles se dio cuenta de que una fuerte tendencia entre los independentistas norteamericanos se dirigía a la conquista de las Floridas para incorporarlas a la futura nación, y propuso que se organizara una operación para reconquistar la Florida desde La Habana.

 

Las operaciones de ayuda y colaboración con los rebeldes eran secretas, pero el gobernador inglés de Pensacola comenzó a recibir informaciones que trasladaba a Inglaterra. En España, la posible expansión de los rebeldes norteamericanos hacia la Florida y la Luisiana podía ser un peligro futuro, pero los partidarios de la guerra con Inglaterra impusieron su opinión desde abril de 1779 y se envió un ultimátum a Londres reconociendo de hecho la independencia de las Trece Colonias, exigiendo la paz, que las colonias fueran tratadas como un estado soberano, y que se reconociera el territorio ocupado por los rebeldes. Inglaterra no aceptó el ultimátum y Francia y España firmaron un pacto secreto para que ninguna de las dos naciones firmara la paz con los ingleses hasta que no reconocieran la independencia norteamericana: muy pronto, e1 de junio de 1779, el rey Carlos III dictó una Real Cédula autorizando a sus vasallos americanos para que hostigaran por mar y por tierra a la Gran Bretaña[13].

 

La noticia fue recibida en La Habana y en Cuba con gran alegría. Muy pronto se tomaría la revancha por los sucesos de 1762: la declaración de guerra fue pregonada en las plazas de La Habana y de todas las villas y ciudades de la Isla.

 

Las tropas cubanas estaban listas para entrar en acción.

 

Preparativos y primeras intervenciones de Cuba en la guerra

 

La declaración de guerra a Gran Bretaña produjo una intensa actividad militar en La Habana. A partir de ese momento se activó todo el sistema defensivo de la Isla y tanto las tropas regulares como las milicias comenzaron a prepararse para iniciar operaciones ofensivas contra los ingleses. Para ese momento las fuerzas cubanas estaban entrenadas según el modelo de España, se había renovado la oficialidad con figuras de experiencia y los altos mandos que serían los más prominentes de la guerra estaban formados por generales de primera línea, como el Capitán General de Cuba, Diego José Navarro, que era Teniente General de los Reales Ejércitos, el gobernador de Luisiana, Mariscal de Campo Luis Unzaga y Amezaga, el Mariscal de Campo y también Teniente General Bernardo de Gálvez, y el Mariscal de Campo cubano Juan Manuel Cagigal y Monserrate, quien fue también Capitán General de la Isla.

 

Aparte de la reorganización y la preparación combativa impartida por el Mariscal Alejandro O´Reilly a las agrupaciones cubanas, en 1777 el Regimiento de Lombardía fue sustituido por el del Príncipe en la guarnición de La Habana, y en 1779 se envió de refuerzo el Regimiento de Navarra, con lo que la capital de Cuba estaba dotada con cuatro grandes unidades de línea. Al romperse las hostilidades en abril, fue sustituido Unzaga en el gobierno de Luisiana por Bernardo de Gálvez, que de inmediato comenzó a organizar la brillante campaña de reconquista de la Florida y solicitó a La Habana un refuerzo de 4,000 hombres, pero Navarro sólo le envió 826 hombres del segundo batallón del Regimiento de España, que fueron sustituidos por otros del Regimiento de Fijos al tiempo que trajo a la ciudad destacamentos veteranos de Matanzas, Puerto Príncipe y las Cuatro Villas[14].

 

Desde 1777, Bernardo de Gálvez comenzó a enviar embajadas a los caciques de las tribus principales de los alrededores, con el propósito de unirlos a la causa española en la guerra contra los ingleses, y pudo lograr algunos adelantos importantes en ese sentido. En ese mismo año comenzó la ayuda española directa a los patriotas americanos cuando Gálvez se relacionó con los norteamericanos independentistas y abrió al intercambio la ciudad de Nueva Orleans y los puertos del Mississippi. Simultáneamente, preparó un sistema secreto de suministros para apoyar a las tropas de Washington, abasteciendo al general Lee, jefe de los ejércitos del sur, a Patrick Henry en Virginia, y a George Morgan en Fort Pitt (Pittsburgh) con la pólvora que posibilitó la derrota inglesa y una ayuda de 74,000 dólares además de suministros (mantas, pólvora, fusiles, quinina, municiones) por valor de 25,000 doblones (onzas de oro) para los ejércitos de Washington y Lee.

 

Al llegar 1778, Gálvez prestó una ayuda decisiva a las tropas de George Rogers Clark en Illinois, financiando sus operaciones. Pero no se limitó a esto, sino que captó a los caciques indios de la zona para atraerlos a la causa de España, que entonces era también la de los Estados Unidos. El 27 de agosto de 1779 Gálvez comenzó a avanzar sobre las Floridas. Su contingente era de sólo 667 hombres, entre los que se contaban 160 veteranos de La Habana. El 7 de septiembre obtiene la victoria de Manchac, de inmediato la de Panmure y el 21, la de Baton Rouge, así como la toma de los fuertes de Thompson y Smith, pero no tenía fuerzas suficientes para atacar Mobila. En octubre le llegan refuerzos de La Habana cuando Navarro le envía 120 hombres del Regimiento del Príncipe, 121 del de Navarra, 51 del de Fijos, 100 hombres de infantería ligera de Cataluña, 42 artilleros de las milicias y 278 hombres de los batallones de pardos y morenos. Gálvez adicionó a estas fuerzas 26 norteamericanos, 24 esclavos, 143 hombres del Regimiento de Fijos de Luisiana y 454 milicianos, y en cuanto terminó de reunirlas las lanzó contra Fort Charlotte y la guarnición inglesa de Mobila, que se rindió el 12 de febrero de 1779[15]. Así quedó en posesión de la desembocadura del Mississippi, y al ser dueño del río que se extiende de sur a norte, la presencia de sus tropas permitió bloquear cualquier intento inglés de cruzar el río para aprovisionar las tropas acantonadas en el campo fortificado de Yorktown.

 

El plan estratégico magistral de Bernardo de Gálvez

 

Hasta este momento, el plan estratégico del Mariscal Bernardo de Gálvez estaba cumpliendo sus objetivos. El concepto puede resumirse en varios aspectos básicos: primero, dominar el delta y el curso del Mississippi de sur a norte, para que el campo fortificado de Yorktown no pudiera recibir refuerzos por el oeste a través del curso del río, para esto se habían eliminado las posiciones inglesas de Manchac, Panmure de Natchez, Thompson y Smith, Baton Rouge, Fort Charlotte y Mobila. Dueño del delta del Mississippi y de varias posiciones ventajosas en el litoral sur, al oeste de la Florida, podía pasar al segundo aspecto, que era la toma de la plaza fuerte de Pensacola, que tenía una fuerte guarnición de tropas de línea británicas. La toma de Pensacola terminaría de asegurar el litoral sur para que Cornwallis no pudiera recibir material de guerra ni soldados por esta otra vía.

 


Hecho todo esto, la flota francesa garantizaría el cerco de Yorktown por el lado del mar, y la toma de Nassau junto con la captura de las Bahamas eliminaría la última base británica cercana al territorio continental desde donde podrían venir tropas y socorros de toda índole para reforzar los ejércitos que lidiaban contra Washington.

 

Prácticamente bloqueados los ingleses por las tropas independentistas y francesas del lado de tierra, y por la escuadra francesa del lado del mar, cortados los accesos de Yorktown por tierra desde el sur y por el Mississippi desde el oeste, Cornwallis estaría dentro de una trampa y la victoria sería cuestión de poco tiempo.

 

El ataque a Pensacola y la contribución cubana, primera etapa

 

Llega 1780, y el incansable Gálvez, después de atacar y rendir la guarnición del fuerte Charlotte, en Mobila, se dispuso a atacar Pensacola, para lo cual se dirigió a Cuba y recabó el auxilio de la escuadra de La Habana y de las tropas de la Isla. Un huracán lo obligó a desistir y en 1781 zarpó finalmente de La Habana el ejército, formado en un 90 por ciento por tropas cubanas, que sumaban 4,700 hombres: los Regimientos del Príncipe, “El Osado”, Fijos de La Habana, “El Noble”, la Guarnición de Veteranos, y los Batallones de Pardos y Morenos. Iban en la expedición unos 600 soldados españoles de los Regimientos del Rey y de Navarra, artilleros y zapadores. Cuba donó además provisiones de boca y de guerra para seis meses.

 

En marzo de 1781 comenzó el ataque a Pensacola. A mediados de abril llegó de Cuba un refuerzo de 1,600 hombres al mando del santiaguero Juan Manuel Cagigal y Monserrate, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos. Un disparo de cañón hizo reventar un polvorín en el Fuerte George, causando la muerte a unos 100 ingleses. Después se hizo un gran silencio, roto poco después por las trompetas inglesas, llamando a los hombres dispersos. Las almenas se llenaron de hombres armados y otros trataron de ocupar y bloquear la brecha. Aprovechando el momento Gálvez ordenó el asalto general, se bajaron los botes y los regimientos cubanos dirigidos por Cagigal, junto con los batallones de pardos y morenos, entraron por la brecha: ¡Adelante La Habana por la Victoria! era el grito de batalla del Regimiento de Fijos, mientras los batallones de pardos y morenos avanzaban con los suyos: ¡Siempre adelante es gloria! y ¡Vencer o morir!. Iban con sus insignias y sus banderas tremolando al viento, y llevaban en el hombro izquierdo la escarapela con la imagen de la Virgen de la Caridad. Nada podía detener la embestida. El intrépido Cagigal fue el primero que entró por la brecha del Fuerte George, seguido por la avalancha de tropas cubanas. Los ingleses fueron barridos por aquellos hombres, que en 1762 ni siquiera tuvieron oportunidad de medirse con el enemigo por la ineptitud del Capitán General Prado Portocarrero, y ahora mostraban un coraje de leones. Mientras, la flota española bombardeaba la ciudad y cubría las almenas con fuego rasante de balas y metralla, para obligar a los defensores a retirarse.

 

Pocos minutos después, se rendían el general inglés John Campbell y el almirante Chester[16].

 

La situación de Washington en aquellos momentos

 

La situación del Ejército Continental siempre fue precaria durante la guerra de independencia a pesar de los auxilios pecuniarios y militares de Francia y España, y se agravó en 1780-1781, hasta llegar a ser desesperada para los ejércitos de Washington y para las fuerzas francesas del mariscal Rochambeau. Así lo confirma la correspondencia dirigida a Washington por Jefferson, Lafayette y un gran número de generales, gobernadores y miembros del gobierno. Veamos una carta del General Nathanael Greene del 7 de diciembre de 1780:


Nada puede ser más miserable y penoso que las condiciones de los soldados, famélicos con frío y hambre, sin tiendas ni equipo de campamento. Los del contingente de Virginia están, literalmente, desnudos; y en gran parte completamente incapaces de cualquier clase de servicio.


En agosto de 1781 el oficial del ejército francés Ludwig von Closen describirá en forma semejante las miserables condiciones del ejército de Washington cuando atravesaba el río Hudson en los comienzos de su marcha hacia lo que sería la victoria sobre Cornwallis. En lo que puede considerarse una síntesis de sus sentimientos dirá von Closen: "le duele a uno el corazón al ver a estos valientes"[17].

 

La contribución cubana, segunda etapa. Lo que pasó después. La campaña de las Bahamas: otra vez los cubanos

 

Cuando regresó triunfante de la toma de Pensacola, Cagigal fue nombrado Capitán General de la Isla de Cuba, pero el incansable jefe militar no descansó y comenzó a prepararse para expulsar a los ingleses de las Bahamas. Con una fuerza de 2,000 hombres de los regimientos habaneros, preparó la escuadra, entró en el archipiélago y el 7 de mayo de 1782 se apoderó de la capital inglesa, Nassau. Los ingleses, tratando de compensar las victorias de Gálvez y Cagigal, lanzaron la escuadra del almirante Rodney contra La Habana, pero las tropas y los destacamentos de milicias, dirigidos por Cagigal, frustraron los intentos de desembarco.

 

Resultados de la batallas de Pensacola y las Bahamas

 

La decidida acción de Gálvez y Cagigal hizo perder a los ingleses el control del Mississippi, por el que los barcos americanos y españoles pudieron navegar sin peligro, y dieron al traste con el plan británico de atacar a Washington por el oeste. Logró además la alianza con los indios para la causa de la independencia, enfrentándolos a los ingleses, y garantizaron los suministros constantes a las tropas de George Clark, John Montgomery y Oliver Pollock. Por otra parte, cortaron las rutas inglesas de aprovisionamiento que transitaban por el canal de las Bahamas, desalojaron de todas sus posiciones claves en las Antillas y el golfo de México a las fuerzas navales y militares británicas, y las obligaron a utilizar grandes cantidades de hombres y buena parte de sus escuadras en los enfrentamientos, con lo que disminuyeron sus posibilidades de lucha contra los independentistas de Washington. Según palabras de Buchanan P. Thomson, la ayuda a las colonias americanas en su lucha por la independencia fue determinante al ofrecer seguridad en las fronteras del sudeste[18]

 

Otra colaboración decisiva: la ayuda financiera de Cuba

 

Durante la guerra de independencia de los Estados Unidos, en los astilleros de La Habana se reparaban y reabastecían barcos de la armada rebelde, mientras el muy rico empresario habanero Juan de Miralles, que era amigo personal del General Washington, hacía todo lo que podía para ayudar a la causa independentista, con la que simpatizaba de corazón, y más de una vez usando su fortuna personal; en tanto que el irlandés Oliver Pollock, comerciante en las Antillas y amigo personal del "financiador de la guerra" Robert Morris, había obtenido en La Habana préstamos (algunos secretos o a través de segundas personas) para ayudar a la guerra, y cuyo dinero representaría hoy muchos millones de dólares más.

 

A mediados del año 1781, y en vísperas de la batalla de Yorktown, el General Washington y su ejército de rebeldes, se encontraban en condiciones deplorables; las arcas que financiaban la guerra estaban vacías, los agricultores rehusaban suministrar mas comestibles por falta de pago y lo mismo ocurría con los armamentos y la pólvora[19], mientras que a los marinos de la flota del Almirante De Grasse y a la infantería del General Rochambeau (franceses aliados a la causa de los rebeldes), no había dinero con qué pagarles tampoco. De Grasse, después de fracasar en sus gestiones para recoger dinero en Saint Domingue (hoy Haití), donde era dueño de plantaciones, fue a Cuba donde las damas cubanas y otros criollos reunieron y donaron 1'200,000 libras tornesas (una moneda de plata acuñada en la ciudad francesa de Tours, que se aceptaba internacionalmente), equivalentes a 300 millones de dólares de hoy[20].

 

¿Estuvieron los cubanos en Yorktown?

 

Noticias sin confirmar dicen que sí. Después de tanta ayuda generosa a Washington, no es de extrañar que se enviara un contingente veterano: tal vez en algún momento pueda demostrarse. Pero de todas formas, los cubanos estuvieron allí, igual que los españoles. Cada descarga de artillería, cada disparo de mosquete, las raciones de comida de los independentistas, habían sido pagadas por los hombres y mujeres de La Habana, que además habían proporcionado las armas, los abrigos, la pólvora, las municiones.

 

Las tropas cubanas que formaban el grueso del Ejército de Operaciones de Gálvez, cerraron con sangre y heroísmo, por mar y tierra, los accesos al campo fortificado de Yorktown: ellas aprisionaron a los ingleses en la ratonera, impidieron que les llegaran refuerzos por tierra, controlaron los accesos por mar en el sudeste, dieron los suministros, las armas y el dinero a Washington. Fueron los artífices de la victoria.

 

Sí, las tropas cubanas estaban allí para lograr la independencia de Estados Unidos y cubrir de gloria a España.

 

 

 

 

 

 

 



[1] El padre de Morris vivía en Filadelfia desde 1730. Su negocio, bajo el nombre de Willing and Morris, era el tráfico de armas y esclavos, por lo que en 1761 se opuso al nuevo impuesto sobre los esclavos. Desde 1762 era la figura más importante del comercio con Cuba, y su agente en La Habana, Robert Smith, fue el primer representante comercial de los Estados Unidos en Cuba a partir de la Guerra de Independencia de las Trece Colonias.

[2] Juan de Miralles Trailhon era hijo del capitán de infantería del ejército francés Juan de Miralles y Tizner, natural de la villa de Monein, en el Bearn, quien al terminar la Guerra de Sucesión y obtener los borbones la Corona de España, se estableció en la península donde contrajo matrimonio con Gracia Trailhon, natural de la Navarra francesa. Nació en Petrel, Alicante, y se formó dentro de las culturas española y francesa. Desde temprana edad se dedicó al comercio legal y al contrabando. Después de afirmar sus relaciones en España, Francia e Inglaterra, se trasladó a La Habana alrededor de 1740. Desde entonces fue vecino de La Habana y se convirtió en activo comerciante involucrado en negocios de todas clases, desde la compra y venta de barcos al flete de navíos y el tráfico de esclavos, la representación de casas europeas y las inversiones en bienes raíces. Se unió por vía matrimonial con la influyente familia habanera de Eligio de la Puente, lo que aumentó considerablemente sus caudales y amplió sus relaciones. Murió el 28 de abril de 1780 en Morristown, New Jersey, en la residencia de George Washington. Mientras duró su breve enfermedad fue atendido por el médico y la esposa del jefe independentista. Este ordenó que se le rindieran los más altos honores militares. En el cortejo fúnebre estuvo presente el propio Washington, Hamilton, La Fayette. Morris y otros de los principales líderes norteamericanos.

[3] Portell Vilá, Herminio. Juan de Miralles, un habanero amigo de George Washington, La Habana, 1947, p. 3

[4] Vernon, Edward. Original papers relating to the expedition to the island of Cuba, printed for M. Cooper and Globe, 1744, pp. 140-185; Sir Burns, Alan. History of the British West Indies, George Allen, London, 1965, p. 478

[5] Guiteras, Pedro José.Historia de Cuba. Cultural, S.A., La Habana, 1928, t. II, pp. 137-138

[6] Morales Padrón, Francisco. Participación de España en la independencia política de los Estados Unidos. Publicaciones Españolas, Madrid, 1952, p. 13

[7] Reales de plata con un valor de 68 maravedíes

[8] Morales Padrón, Francisco. Participación de España en la independencia política de los Estados Unidos. Publicaciones Españolas, Madrid, 1952, p. 15

[9] Centro de Documentación Histórica de la Florida Colonial Hispana (CDHFCH). Florida, Fondo Independiente sobre la Guerra de Independencia de EEUU, Correspondencia de Estado siglo XVIII. Trasuntado de Archivo Histórico Nacional (AHN), E. 4072, Aranda a Grimaldi, París, 7 de septiembre de 1776

[10] Cf. Conrotte, Manuel. La intervención de España en la independencia de los Estados Unidos, Madrid, 1920

[11] Morales Padrón, Francisco. Participación de España en la independencia política de los Estados Unidos. Publicaciones Españolas, Madrid, 1952, p. 17

[12] Ibídem, p. 14

[13] Centro de Documentación Histórica de la Florida Colonial Hispana (CDHFCH). Cuba. Reales Cédulas siglo XVIII. Independencia de las Trece Colonias. Trasuntado de Archivo Nacional de Cuba (ANC). Fondo Intendencia General de Hacienda, leg. 612, no. 5: Real Cédula de S.M. en que manifestando los justos motivos de su Real disposición de 21 de junio de ese año, autoriza á sus vasallos Americanos, para que por vía de represalias y desagravios hostilicen por mar y tierra á los súbditos del Rey de la Gran Bretaña.

[14] Kuethe, Alan J. Cuba 1753-1815. Crown, Military and Society. The University of Tennessee Press, 1986, p. 98

[15] Ibídem, pp. 103-104

[16] Larrúa, Salvador. Tropas y financiamiento cubano para la independencia de los Estados Unidos. Herencia Cultural Cubana, Miami, Fl., 2009

[17] Ibídem,

[18] Thomson, Buchanan P. La ayuda española a la guerra de independencia.

[19] Sólo en 1776 Washington recibió armamentos por valor de 4 millones de reales de vellón: 216 cañones de bronce, 209 cureñas, 27 morteros, 29 afustes, 12,826 bombas, 51,134 balas, 300 lotes de 1,000 libras de pólvora cada uno, 30,000 fusiles con sus bayonetas, 4,000 tiendas de campaña, 30,000 uniformes completos y plomo para balas de fusil (Morales Padrón, Francisco: Participación de España en la independencia política de los Estados Unidos. Publicaciones Españolas, Madrid, 1952, p. 15

[20] Larrúa, Salvador. Tropas y financiamiento cubano para la independencia de los Estados Unidos. Herencia Cultural Cubana, Miami, Fl., 2009

 

 

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