IMPOSIBLE ENTENDER

Por el Rev. Martín N. Añorga

He pensado una y otra vez en el tema. He buscado explicaciones y motivos, y no le encuentro sentido razonable a lo sucedido. ¿Cómo es posible que en nombre de una religión e invocando el nombre de Dios haya una bandada de hombres que maten a mansalva a 250 seres humanos y celebren después la orgía de sangre con gritos de alabanza?.

¿Cómo es posible que frente a cámaras que esparcen la imagen aparezca un individuo enmascarado y que decapite a un joven inocente cuyas manos jamás se mancharon con injusticias, y proclame después ufano que está listo para su próxima víctima? El crimen es siempre perverso y abominable, pero que se asesine en nombre de Dios es una blasfemia miserable que nos llena de indignación.

En estos días, y probablemente por razones de mi edad, le paso revista mental a las cosas dramáticas que ocurren en el mundo. Confieso que a veces me identifico con el dramático profeta Job y me adueño de su experiencia cuando dijo: “Ahora mi alma está derramada en mí; días de aflicción se apoderan de mí. La noche taladra mis huesos, y los dolores que me roen no reposan. La violencia deforma mi vestidura; me ciñe como el cuello de mi túnica”

Nunca entendí por qué una revolución que se adornaba de promesas de democracia y recuperación de valores inició sus pasos fusilando a centenares de seres humanos bajo el pretexto absurdo de que eran actos de justicia. En Cuba, ya por más de medio siglo, las garras perversas del comunismo han arrasado con la libertad, la prosperidad y el respeto a los derechos humanos.

Las cárceles están con el vientre abultado para tragarse a centenares de miles de jóvenes prometedores y la mayoría del pueblo vive anhelando el logro de la huida definitiva. Tantas veces me han preguntado por qué Dios ha permitido esto, y tratando de aliviar inquietudes he ocultado mi oscura verdad: “¡No lo entiendo!”.

No entiendo por qué pueblos con ancestros entrelazados como son los de Israel y Palestina se atrincheren el uno contra el otro al costo de miles de vidas truncadas por la violencia, ni entiendo por qué un país tan inmenso y rico como Rusia quiera anexarse por medio de la conquista bélica a pequeños países vecinos. Sé que no soy nadie autorizado para pedirle explicaciones a Dios, aunque a veces pienso secretamente por qué El, que es Señor de tierra y cielos permite lo que pudiera evitar.

No entiendo por qué en nombre de una ideología que proclama la igualdad y el bienestar de la sociedad, haya tiranos como los hermanos Castro usurpando un poder que ha convertido jardines en áridos desiertos. No puedo entender que abrazados de un socialismo falsificado haya individuos como Nicolás Maduro, que ha hecho de Venezuela, otrora tierra feliz, próspera y libre, un país despedazado. Matar y encarcelar impunemente a estudiantes porque ejercen la protesta cívica contra la espuria autoridad de un mandatario desquiciado, es algo que no soy capaz de comprender.

No tengo que ir tan lejos, sin embargo, para sustentar mi falta de entendimiento. Cada noche, cuando me someto al maltrato de un noticiero lleno de trágicas informaciones, me lleno de internas dudas. ¿Cómo es posible que en una sociedad civilizada haya desalmados que maten a un anciano para robarle un collar, o que existan deformados delincuentes que mutilen la dignidad de una mujer violándola con la ferocidad propia de una bestia? No entiendo que haya madres que asesinen a sus hijos, ni que miles de jóvenes mancillen su futuro entregándose a la droga, ni que existan abusadores que se deleiten maltratando a los que son más débiles.

¿Por qué en un país rico como el nuestro hay personas que mueren de frío porque carecen de abrigos y ancianos hambrientos que sufren de soledad y desamparo? Ciertamente no lo entiendo. Dijo un sicólogo cuyo nombre no recuerdo, que “solamente nuestras dudas aumentan con la edad, y no nuestras certezas”, y le concedo la razón, porque en mis años mozos la tristeza ajena no me importaba ni el clamor de los indefensos me era audible; pero hoy día repito la célebre frase de Erasmo de Rotterdam, “la peor locura es, con mucho, querer ser cuerdo en un mundo de locos”.

Sin pretenderlo he caído en el eterno conflicto que teólogos y filósofos han tratado de descifrar: “¿Por qué un Dios que es bueno y poderoso permite la maldad humana, el dolor, la injusticia y el desastre que sufre la humanidad? Por supuesto, no pretendo yo, insuficiente y limitado, hacerme parte del insatisfecho panel que pretende darle respuesta a una pregunta que carece de contestación.

Yo creo que no debe culparse a Dios por nuestro comportamiento, porque de la misma manera en que como seres humanos hemos comprobado tener poder para hacer lo malo, tenemos también la capacidad necesaria para hacer lo bueno. Ha sido nuestra irresponsabilidad la que ha trastornado un mundo creado para la felicidad. Nuestro deber es el de luchar contra los que quieren convertírnoslo en una sucursal del infierno.

Anoche escuché la noticia sobre unos padres que dejaron abandonados en horas de la madrugada a sus dos pequeños hijitos en un automóvil para irse a un casino para probar su suerte. ¿Por qué está tan reiterada la nociva actitud de adultos en relación con indefensas criaturitas? Simplemente, no lo entiendo. No sê por qué el vicio destrona la virtud ni porqué la bondad le concede el trono a la maldad.

La respuesta pudiera ser simple, los que expulsan a Dios de sus vidas llenan de ignominias el espacio vació que les deja la ausencia de Dios, pero al mismo tiempo pensamos, ¿por qué el Dios omnipotente se deja manejar por seres humanos incapaces de administrar sus vidas sin El? De nuevo tendría que decir que es algo “imposible de entender”.Lo grandioso de la fe es que podemos adorar a un Dios a quien somos incapaces de comprender, por el hecho de que lo infinito no cabe en lo finito. Yo creo que Dios no quiere que lo entendamos, sino que lo amemos.

Encuentro ánimo en unas palabras pronunciadas por Job, refiriéndose a Dios, en la conclusión del libro que lleva su nombre: “Yo conozco que todo lo puedes, y que no hay pensamiento que se esconda de ti. ¿Quién es el que oscurece el consejo sin entendimiento?... Yo he hablado lo que no entendía; cosas demasiado maravillosas para mí, que yo no comprendía… De oídas te había oído; mas ahora mis ojos te ven. Por tanto me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza”. Y me parecen muy acertadas las palabras del Apóstol Pablo: “ahora vemos por espejo, oscuramente.”

Para terminar me parece correcto compartir mi decisión con aquéllos que tienen la cortesía de leerme: “En lugar de estarme quejando de las tinieblas, voy a mantener mi pequeña vela encendida”. Hay muchas cosas lindas que entendemos en el mundo, por lo que no debemos comprometer nuestra mente en tratar de dilucidar aquellas que no entendemos.

 

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