EL GUERRERO RENUENTE

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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El discurso del Presidente Barack Obama el miércoles 10 de septiembre sobre la forma de conjurar el peligro de los demonios de ISIS fue una verdadera joya de la oratoria política. El hombre es un maestro de la palabra tanto en el significado y en la pronunciación como en la inflexión. Su problema es que después de tantas dubitaciones y mentiras el pueblo norteamericano ya no cree en sus promesas y sus enemigos internacionales ya no temen a sus amenazas. Este es el hombre que mintió sobre los beneficios del Obamacare y sobre el video que desató el ataque y subsiguiente asesinato de cuatro norteamericanos en Benghazi. El guerrero improvisado y renuente que trazó una línea roja, desteñida en unos pocos días, en señal de amenaza a Bashar al-Assad si éste continuaba utilizando armas químicas contra sus opositores.

Una vez lo dije pero creo que vale la pena repetir que un gobernante sin credibilidad no puede gobernar ni liderar. Por eso Obama confronta una rebelión de sus propios demócratas en el Congreso, Putin se roba territorios vecinos con la audacia de cuatreros que mueven las cercas de sus potreros en medio de la noche, ISIS decapita norteamericanos con absoluta impunidad y los aliados de los Estados Unidos lo han dejado solo. Un hombre solitario y un narcisista amargado que pasará los 28 meses que le quedan en la Casa Blanca esperando por el jugoso e inmerecido retiro que le permitirá jugar golf a tiempo completo.

Al riesgo de destacar lo obvio y repetir lo sabido pasemos revista al discurso en cuestión. Comenzó robándole una frase a George W. Bush, el hombre al que ha denostado durante seis años y a quién ha culpado de todos los obstáculos y fracasos de su presidencia. En tal sentido dijo: "La piedra angular de mi presidencia es: si amenazas a América no encontraras refugio seguro".

Para congraciarse con los musulmanes, tal como lo hizo en su discurso de El Cairo al inicio de su primer mandato, Obama se vistió de teólogo y dijo: "ISIL no es 'islámico' porque ninguna religión condona el asesinato de inocentes y tampoco es un estado. ISIL es una organización terrorista pura y simple". El siempre agudo Charles Krauthammer le puso una banderilla a este atrevido que se cree saber de todo cuando comentó: "No sabía que Obama fuera un erudito en temas de religión. Parece ser que estudia el Islam cuando está lloviendo y no puede jugar al golf".

Su clasificación de ISIS como organización terrorista a la que se debe combatir con medidas antiterroristas y no como un estado al que se le debe declarar la guerra cuando viola las leyes internacionales tiene raíces profundas. Está basada en su retórica de campaña y en la imagen mesiánica que ha proyectado de sí mismo como el "pacifista" que es el antípoda del "guerrerista" George W. Bush. Obama siempre ha dicho ser el presidente que vino a "poner fin a las guerras". Por eso no utilizó la palabra guerra en su discurso y, al día siguiente, John Kerry se negó a admitir que se trataba de una guerra cuando fue interrogado por un periodista de CNN.

Por otra parte, siempre renuente a liderar desde el frente, Obama repitió su ficción de contar con numerosos aliados. A tal efecto dijo: "En todas y cada una de las cuatro partes de nuestra estrategia contaremos con el concurso de una amplia coalición de aliados internacionales". En realidad, una alianza famélica de 9 países, la mayoría de ellos europeos, que se han negado incluso a aportar aviones para la campaña aérea. Hasta los "halcones" David Cameron y Angela Merkel han imitado a Obama en su retórica belicosa pero carente de acciones concretas.

Por su parte, el miembro de la Hermandad Musulmana, el Presidente Tayyip Erdogan, le echó un cubo de agua fría a Kerry cuando se negó a permitir que aviones militares norteamericanos operaran desde bases turcas, las más cercanas al territorio sirio donde ISIS tiene su cuartel general. Por su parte, los cerdos de Arabia Saudita se han escudado como siempre en sus cuantiosos recursos financieros y petroleros para negarse a aportar efectivos militares y obligar a que otros países pongan los muertos.

Esta coalición de la desconfianza de Obama resulta pequeña cuando se le compara con la llamada Coalición de la Voluntad, forjada por George W. Bush durante su invasión de Irak en marzo de 2003. En la de Bush participaron 27 naciones, las cuales aportaron un total de 25,000 soldados para acciones militares y labores de reconstrucción del país.

La explicación es simple para todo el que no tenga una opinión cautiva de su ideología. Mientras Bush mostró la decisión de utilizar todos los medios a su alcance hasta lograr la victoria, Obama anda siempre por las ramas y le dice a los enemigos las cosas que no hará para derrotarlos. Insiste en ganar por medio de concesiones y apaciguamiento lo que únicamente se puede ganar por el respeto que inspira el poderío militar. De ahí el fracaso galáctico de su política internacional, criticada ahora hasta por la oportunista y camaleónica Hillary Clinton.

En cuanto a la conducción de la guerra en tierra Obama sigue prisionero de la izquierda de su partido y de su propia retórica donde se proclama a sí mismo como el presidente que vino a terminar las guerras y traer la paz. El problema consiste en que para la paz, como para la guerra, es necesario que haya dos partes que estén de acuerdo y los terroristas musulmanes no se han dado por enterados de que Obama ha declarado una paz unilateral. El presidente sigue, además, sin comprender que ningún aliado comprometerá soldados ni derramara sangre en una guerra sin misión definida ni objetivo específico.

En este sentido, en vez de liderar con el ejemplo diciendo que todas las opciones están sobre la mesa, cometió el error de decir que su estrategia "no incluirá la participación de tropas norteamericanas en otro conflicto armado en territorio extranjero". Fue así como puso la responsabilidad de ganar la batalla en tierra en manos de las tropas kurdas, iraquíes y del llamado Ejército Libre Sirio. Los mismos kurdos a quienes Obama negó armas durante años para no antagonizar a los chiitas de Bagdad, los iraquíes que huyeron como ratas de Mosul y abandonaron las armas norteamericanas con las cuales combate ISIS en estos momentos y los sirios libres a quienes el presidente calificó de soldados improvisados durante una entrevista televisiva el pasado 8 de agosto.

Sus asesores militares le han dicho que sin una participación de tropas especiales norteamericanas en tierra que dirijan los bombardeos y asesoren a los soldados aliados de Irak, de la oposición secular siria y de Kurdistán será imposible ganar la guerra. Pero, tal como hizo cuando salió corriendo de Irak sin dejar una fuerza estabilizadora para cumplir una promesa de campaña, Obama opta por confiar la batalla en tierra a unas fuerzas incapaces de consolidar una victoria contundente que ponga fin de manera permanente a la amenaza de ISIS.

Obama le rendiría un gran beneficio a la nación que lo honró con elegirlo su presidente si escuchara las palabras de George W. Bush durante una comparecencia televisiva el 12 de julio de 2007. Contrariando la opinión de sus propios asesores civiles, Bush siguió el consejo del General David Petraeus y puso en marcha la estrategia de aumentar las operaciones militares en Irak conocida como "surge". En defensa de su decisión, Bush dijo que una retirada festinada traería consigo "asesinatos masivos en una escala horrible, dar la oportunidad a los terroristas de establecer en Irak una zona de operaciones en sustitución de la que habían perdido en Afganistán y correr el riesgo de que tropas norteamericanas tuvieran que regresar más tarde para confrontar a un enemigo aún más peligroso".

El vaticinio de George Bush debe de estarle amargando las noches a Barack Obama. George W. Bush, por otra parte, no es un sabio ni tenía entonces una bola de cristal para predecir el futuro, pero es un hombre pragmático con un cierto grado de humildad que escuchaba a sus generales. Dejó tras de sí una guerra ganada por Petraeus y un Irak tan seguro que hasta el payaso disparatero de Joe Biden reclamó como un triunfo del gobierno de Obama.

Este Mesías, por el contrario, es un arrogante que desconfía de sus generales y un administrador incapacitado que se ha rodeado de ideólogos como Valerie Jarret, que no sabe una palabra de la ciencia militar y se formó en la mafia de Chicago cuyo padrino fue el viejo Richard Dailey. Por todo ello, me temo que los 28 meses que le quedan a Obama en la Casa Blanca podrían causar daños considerables, si no irreparables, a la capacidad de los Estados Unidos para actuar como factor de orden y estabilidad en el mundo. Ahora bien, confieso de todo corazón que esta es una ocasión en que quisiera estar equivocado.

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