LA PEREZA

Por el Rev. Martín N. Añorga

El perezoso no ha captado la esencia de la vida ni el valor del trabajo porque la preparación en su desempeño como persona ha sido deficiente o ha estado ausente.

Después de haber celebrado ayer el Día del Trabajo, vamos a hablar hoy de la pereza. "La pereza es la costumbre adquirida de descansar antes del cansancio", dijo irónicamente el pensador francés Jules Renard. El tema, sin embargo, no es tan ligero como para que lo tratemos de manera tan informal. La pereza suele ser el más desestimado entre los llamados pecados capitales, pero ciertamente se trata de la incapacidad del individuo para hacerse cargo de su existencia y de su destino.

El dominicano Alberto Beltrán escaló la fama cantando "El Negrito del Batey", del compositor Medardo Guzmán, ritmo en el que se insiste en esta expresión: "el trabajo lo hizo Dios como castigo". El escritor y periodista español César González-Ruano se sumó a esta absurda tesis cuando afirmó que "el trabajo es malo para el hombre, prueba es que cansa". Sin embargo, lo primero que hizo Dios cuando creó al hombre, antes de darle "un manual de instrucciones para que supiera manejar su vida" según La Biblia, fue "colocarlo en el Jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara". La primera orden ejecutiva de Dios fue "¡trabaja!", y eso antes de que Adán mereciera un castigo por su desobediencia. Nos impresiona la expresión de José Santos Chocano, el eximio poeta peruano: "el trabajo no es culpa de un edén perdido, sino el único medio de llegar a gozarlo".

El diccionario define la pereza simplemente diciendo que es "la falta de ánimo o de entusiasmo para cumplir obligaciones, especialmente para inclinarse a trabajar; la tendencia a estar siempre ideando cosas, pero sin hacerlas por dejadez, apatía, desinterés y supuestamente falta de energías". El origen del vocablo pereza es interesante. El mismo proviene de la palabra latina "pigritia", formada por las raíces "piger" (flojo) y el sufijo "itia", que expresa cualidad de presencia, de aquí que en algunos casos el término se reduzca a su expresión original, "acidia". En época medioeval se hablaba de la acidia como del "pecado grave que se opone directamente a los designios de Dios para nosotros y su creación".

La pereza no debe ser vista de forma indiferente. Los padres, sobre todo, deben ser muy cuidadosos con sus hijos: permitirles dormir excesivamente, darles todo lo que necesitan o piden sin exigirles esfuerzo alguno a cambio y concederles estar sentados por horas frente al teléfono para marcar textos o a la televisión para que se infesten de violencia, sangre y sexo es dañarles irreversiblemente el carácter. Recordemos la sabia reflexión de Samuel Johnson: "en la mayoría de los seres humanos, las dificultades son hijas de la pereza".

Benjamín Franklin fue más agresivo en sus palabras: "¡Arriba, haragán! ¡No desperdicies tu vida!. Ya dormirás bastante en la sepultura!". La pereza es la madre de todos los vicios. Alguien dijo que "la pereza viaja tan despacio que siempre la alcanza la pobreza".

A menudo creemos que la pereza se reduce a la aversión al trabajo; pero verdaderamente implica mucho más que eso. La persona que no tiene o cree que no tiene nada que hacer, le deja espacio vacío a su mente para que se interne en pensamientos nocivos. San Agustín dijo hace siglos que "los hombres están siempre dispuestos a curiosear y averiguar sobre las vidas ajenas, pero les da pereza conocerse a sí mismos y corregir su propia vida". Probablemente la vagancia se deba a razones que tienen connotación física y/o mental que desconocemos.

La neuro-psicóloga Carolina Beltrán explica que "diferentes factores influyen en la predisposición de los jóvenes a la pasividad. Si todo lo tienen fácil, les falta estimulación, lo que determina que no se esfuercen por nada". La pereza no es un vicio que surge de por sí en la adultez, sino que es consecuencia del estilo de vida que asumimos desde la niñez y la juventud. Al respecto la psicóloga Ana Luciana Becerra señala que "la cultura de la inmediatez en la que nos movemos ha calado fuertemente en los adolescentes. Muchos buscan beneficios inmediatos cuando realizan cualquier actividad y se les dificulta tener que esperar los resultados". Estamos en la época del "botón de mando". El perezoso no ha captado la esencia de la vida ni el valor del trabajo porque la preparación en su desempeño como persona ha sido deficiente o ha estado ausente.

Existe una tesis médica que afirma que sustancias básicas del cerebro se hallan ausentes en cantidad normal en casos de pereza crónica, por lo que es recomendable que llevemos a nuestros hijos a profesionales competentes cuando reflejen una negativa y reiterada actitud ante la obligación del cumplimiento de sus deberes. Hace muchos años La Rochefoucauld afirmó que "tenemos más pereza en la mente que en el cuerpo" y el tiempo ha comprobado que tenía razón.

La pereza conlleva serias consecuencias que dañan el proceso de una vida normal. Son varias, mencionaremos algunas: (a) problemas alimenticios: no preparar comidas bien hechas, sino el ajustarse a la costumbre de consumir alimentos rápidos y comercialmente elaborados altamente calóricos y de forma inopinada y no regulada, crea obesidad, la cual conlleva el colesterol y probablemente la diabetes. El famoso "fast food" en nuestra cultura suele ser la evasión del necesario trabajo hogareño. (b) Los perezosos pierden la auto estima con su dependencia de otras personas ya que suelen ser inútiles para trabajar por sí mismos; (c) pierden relaciones románticas, pues no son capaces de conservarlas debido a la apatía con la que desenvuelven sus vidas d) son vistos despectivamente por amigos y familiares como vagos, y generalmente destinados a obtener sus bienes mediante una reiterada mendicidad.

Hay tres elementos de carácter espiritual en la pereza. Lo primero es que pensemos en los designios de Dios para nuestra vida. El universo es un escenario de trabajo constante. Los astros se mueven incesantemente, los árboles luchan por hincar sus raíces en la tierra, los pajarillos revoletean inquietos en procura de sus alimentos, los ríos corren a la mar y todos nacemos para crecer. En la carta bíblica a los Hebreos se nos dice que "no nos hagamos perezosos, sino que imitemos a quienes por su fe y esperanza heredan las promesas".

Jesús, en su trágica experiencia de Getsemaní encontró a sus apóstoles durmiendo y les dio la orden directa: "¡Vamos, levantaos". El hecho de existir está asociado a los planes de Dios. El que "está", sin "ser", cancela en su vida el propósito para el que fue creado. Oportuno es recordar el pensamiento de Romain Rolland, "no es nada humillante -con tal de ser honrado- ganarse la vida trabajando".

Arrastrar el apelativo de vago distorsiona negativamente la imagen que proyectamos.. "La pereza y el fracaso van cogidos de las manos", dijo alguien, y tiene razón. El perezoso no logra metas porque no camina hacia ellas ni alcanza triunfos porque no se esfuerza en lograrlos. En el libro bíblico de Proverbios aparece un reto, oportuno y claro: '¡Anda, perezoso, fíjate en la hormiga!. ¡Fíjate en lo que hace, y adquiere sabiduría.! No tiene quien la mande, ni quien la vigile ni la gobierne; con todo, en el verano almacena provisiones y durante la cosecha recoge alimentos. ¡Perezoso, ¿cuánto tiempo más seguirás acostado? ¿Cuándo despertarás de tu sueño?". (6:6-9). ¡Ridículamente trágico es que haya que comparar a un ser humano con una hormiga, y todo a cuenta de la pereza!.

Hay una pregunta en el libro de los Jueces en La Biblia, que un perezoso no se atrevería a contestar. "¿Qué pasa? ¿Se van a quedar ahí, sin hacer nada?".

Citamos como conclusión una frase brevísima que exalta la virtud del trabajo frente al vicio de la pereza: "Trabajar es la forma mejor de orar". Este es el lema de los monjes benedictinos. Recordemos que descansar, recrearse y dormir nunca son actos de pereza, si los disfrutamos después de haber trabajado.

 

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