EL CAMBIO DE IDENTIDAD DEL EXILIO

Por el Reverendo Martín N. Añorga

En los últimos años ha inundado el exilio una procesión de artistas, bailarines, deportistas, músicos, y periodistas. Muchos llegan, se dedican a actividades propias de sus habilidades, ganan la plata que esperaban, se pasean por los mejores restaurantes y las más distinguidas tiendas, y se van de regreso a contar sus fechorías. Algunos con críticas neuróticas para quienes les abrieron un espacio o les extendieron una mano. Otros se quedan, a sabiendas de que no habrán de esperar demasiado para ganarse un buen remunerado puesto en un escenario, frente a cámaras y micrófonos o acogidos por la prensa libre de Estados Unidos.

Sabemos que la tiranía castrista no suelta la presa, y que se han adueñado de Cuba hace ya 55 años, tiempo suficiente para que un altísimo porcentaje de los cubanos de hoy no conozcan otra historia que la que le imponen los comunistas ni sepan de otro sistema político que en el que les ha tocado vivir. Llegan a nuestro medio con ideas y propósitos que nada tienen que ver con el tema de la libertad patria. Estiman que los cambios que se suceden en Cuba son más cosméticos que reales, y que el régimen es inexpugnable.

Llega, y se trata de un ejemplo, una persona de 50 años, que ha estado más de la mitad de su vida trabajando para un sistema déspota y deshumanizado, y la pregunta que se nos ocurre es por qué no abandonó el mismo con anterioridad. No es fácil, debemos tenerlo en cuenta, zafarse de las garras de la fiera porque no es factible romper lazos familiares y de amistad. Y complicado es llegar al exilio y entenderlo de pronto.

Me comentaba un amigo, hablando de los deportistas que han desertado del régimen, que muchos de ellos vienen a percibir millones de dólares de salario, y que no conoce a ninguno que haya hecho un aporte a cualquiera de las organizaciones patrióticas del destierro. Yo, personalmente, no he visto en ninguna de las iglesias que visito a un artista o profesional de los medios informativos que ha plantado su tienda en el exilio. Hay que tener en cuenta que en Cuba es difícil ser, al mismo tiempo cristiano y figura pública. Probablemente esa sea la razón por las que tanto respeto las excepciones.

A veces se me ocurre pensar que a la tiranía castrista le conviene abrir la mano para soltar a gente que pasado poco tiempo les servirá de proveedores. Supongo que los deportistas multimillonarios les hayan construido mansiones a sus familiares en la Isla y les suplan con abundancia en todas sus necesidades. Allá, en las altas esferas de los que explotan al pueblo, saben que el exilio histórico ha envejecido, ya no tenemos ni familia ni amigos a quienes mantener, y para tapar ese agujero hace falta que haya nueva sangre en el destierro.

Una característica común de los “recién exiliados” es el intenso nexo que mantienen con la tiranía. La última vez que estuve en el aeropuerto de Miami crucé por el espacio destinado a los que viajan a Cuba, y me asombré de los centenares de bultos, de esos que llaman “gusanos”, y de la cantidad de viajeros que se veían impacientes y felices por la aventura que iban a emprender. Estoy seguro de que la mayoría de los que estaban en las hileras de espera no pasaba de los cincuenta años de edad.

Los economistas del despotismo castrista se dieron cuenta de que los viajeros equipados para ir a Cuba gastaban en conjunto millones de dólares en los productos que llevaban a la Isla. Decenas de televisores, miles de teléfonos celulares, refrigeradores, equipos de cocina, motores y piezas de automóviles, sin contar ropa, alimentos y medicinas, son mercancía que podría comprarse en Cuba en lugar de en las enriquecidas tiendas de Miami. La idea no demoró en prosperar, y de pronto se les cambió la misión de la que han estado encargadas las llamadas, despectivamente, “mulas”. Ahora llevan dinero para repartir, el que alegremente rodará para rebosar las arcas del estado.

Nos resulta amargo el hecho de que sea precisamente el exilio una de las fuentes más generosas de las que se nutre la avidez financiera de la miserable cúpula de poder en Cuba. Los que hemos vivido más de la mitad de nuestra vida fuera de la patria resentimos que sean las generaciones que nos han sucedido las que sostengan a los malvados que han destruido a Cuba, la isla más bella y próspera del mundo.

Hasta cierto punto reconocemos que hemos fallado en los intentos por atraer a los cubanos recién llegados a la causa que es nuestro compromiso ineludible con el rescate de la libertad patria. La separación impuesta por la necesidad y la ideología, es superior a la distancia geográfica que nos aparta. Por nuestras venas corren los mismos genes y nuestros antepasados comunes se han cobijado bajo el mismo cielo; pero un foráneo sistema político ha fraccionado nuestra común identidad.

De veras que no he descubierto en ninguna de las entrevistas que hacen nuestros periodistas de la radio, la televisión y la prensa escrita a ningún recién exiliado que mencione su compromiso con la liberación de Cuba. “He venido para labrarme un futuro”, dicen algunos, otros afirman que aspiran “a una vida decente y próspera, sin miedos, y con oportunidades para el progreso de toda la familia”. No he oído nunca una expresión como ésta: “he venido para unirme a los que pelean por el rescate de la patria”. La realidad es que se trata de seres humanos huérfanos de historia, despojados de amor al suelo en que nacieron y marcados para siempre con la cicatriz que ha dejado en sus corazones una Cuba destruida, empobrecida y atropellada. ¡Regresar a eso no tiene sentido!.

Los que quedamos de la vieja generación tenemos que enseñarles a los que llegan después, que hubo otra Cuba, que nunca desde el extranjero hubo que vestir y alimentar a los cubanos porque la Isla era próspera, feliz y libre. Hay que hablarles del sacrificio de Martí, la heroicidad de Maceo, la rebeldía de Máximo Gómez y del decoro de todos los que se enfrentaron a la metrópoli española para arrebatarle de sus fauces la Isla que había dominado por siglos.

Hay que reconocer que los cubanos no somos dueños del territorio en el que hemos desenvuelto nuestras vidas, y que los cubanos de hoy tienen el mismo derecho que tuvimos nosotros de asentarse en Miami; pero al mismo tiempo hay que tener en cuenta dos motivaciones que no concuerdan a la hora del destierro, y que tiende a distanciarnos. Nosotros vinimos a luchar por el regreso en los días que nos fueron propicios. Los que vienen hoy salen de un sitio al que no les interesa rescatar. Regresan por compromiso, no con la patria, sino con sus familiares. Y llevan sus dineros, no por entrega ociosa al régimen, sino para paliar el hambre de los seres que aman.

Dadas estas diferencias, que implican un cambio de identidad del exilio, tenemos que construir puentes en lugar de cavar abismos. Edificar puentes sin que cedamos en nuestros principios y ser misioneros de la verdad para los que llegan apegados a un pasado que desprecian. La Cuba de mañana nos quedará ajena. Será responsabilidad de los más jóvenes llevarla sobre sus hombros para conducirla por caminos de justicia, paz y prosperidad, sin que les falte jamás la compañía y dirección de Dios. En ese empeño, mientras estemos, no puede quedar ausente nuestro apoyo.

 

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