SEPTIEMBRE DE 1961

Por Hugo J. Byrne

hugojbyrne@aol.com

Alguno de los lectores familiarizados con La Habana Vieja de los años cincuenta y sesenta, quizás sea también lo suficientemente viejo como para recordar el área alrededor del elegante edificio Bacardí, el Parque Supervielle y algunos de los varios negocios colindantes. El parque era llamado así porque en él se erigió un busto en memoria del alcalde habanero Manuel Fernández Supervielle, quien sacrificó su vida en aras del honor.

En la vecindad había una sala de cine y un bar. Suplico a los lectores que me disculpen si no agrego los nombres. Una razón entre muchas otras, es que realmente no los recuerdo con certeza. Dicen que cuando se envejece lo primero que se olvida son los nombres y en un artículo hace poco llamé Dimitri al tirano soviético Leonid Brezhniev. Encontré el error y lo rectifiqué, pero en algunos sitios la corrección llegó demasiado tarde.

Durante el verano de 1961 la única actividad laboral que hacía era mirar las caras de otros empleados y una aburrida ronda de cobros de cuentas viejas. Hastiado de la rutina, una vez por semana adquirí el hábito de refugiarme indistintamente en el bar o en el cine de esa área, que eran casi contiguos. Generalmente lo hacía los miércoles o jueves, a las cinco de la tarde.

En el cine nunca duraba mucho a menos que la película fuera muy buena. En el bar al principio, aún menos. Alrededor de las cinco el bar no era muy concurrido: quienes se bebían el almuerzo ya estaban de vuelta en su trabajo o incluso regresando a sus casas y los borrachos vespertinos no habían llegado todavía. Eso cambiaba dramáticamente después de las cinco y treinta. Por lo tanto, bebía un sólo trago de “gin Collins”, con mínima azúcar y mucho hielo.

Ese trago era mi excusa para relajarme a resguardo del sol de la tarde y sin gastar gasolina. Esa era también la ocasión de comunicarme con otros conspiradores, entre ellos uno de los antiguos accionistas del negocio para el que trabajaba antes de su robo por el régimen en 1960.

El bar era largo y estrecho. Las elegantes mesas tenían superficies de marmolina y las patas eran de hierro reluciente, al igual que las sillas. No recuerdo cuantas mesas. El mostrador a mano izquierda de la entrada, contaba quizás con unos ocho asientos, más o menos. La pared a la derecha estaba repleta de cuadritos del mismo tamaño y marco negro, con caricaturas de los clientes hechas a plumilla, todas mostrando el trazo inspirado del mismo artista. Entre ellos algunos políticos, personajes de la televisión y estrellas del deporte de esa añorada y lejana era de nuestra república que tocaba a su fin.

El cantinero aprendió enseguida cual era el único y singular trago que yo bebía y al verme lo preparaba sin preguntar. Ese cantinero era avispado y compartía mi aversión visceral al régimen castrista. Gracias a esa afortunada coincidencia estoy aún vivo. Este “barman” tenía un auxiliar durante el tiempo equivalente al que aquí llaman “happy hour”, aproximadamente a las seis de la tarde, oportunidad que siempre trataba de evitar.

Durante varios fatídicos meses me pasaba los días de trabajo en La Habana, viviendo en un apartamento en Almendares, o en casa de mi hermano, donde vivía también mi madre, a menos de dos cuadras. Mi padre recién había fallecido el 14 de abril del mismo año.

En esa época me sentía terriblemente infeliz mientras esperaba por que llegaran los viernes, cuando salía como un bólido para Matanzas a pasar el fin de semana con mi esposa, mi tía y mi hijita de meses. Estaba decepcionado y consciente de lo que nos podía traer el futuro inmediato. Desde octubre de 1960 nos habíamos visto forzados a usar nuestra casa de Matanzas como residencia oficial. De lo contrario habría sido ocupada y confiscada sin compensación ni recurso legal.

Nos veíamos amenazados por la cruenta represión, el vertiginoso y forzado cambio hacia una economía estatizada y esclerótica y más aún por la inesperada y aparentemente inexplicable auto derrota de Estados Unidos en Bahía de Cochinos. Los cubanos libres en promedio aún creíamos ciegamente en la solidaridad de Washington.

Pero el evidente abandono al esfuerzo violento en Cuba por Estados Unidos era desmoralizante. Esa fue quizás nuestra primera y más amarga lección. Confiamos nuestro futuro en libertad a la alianza con Washington y pagamos duro por la inmadurez.

En mi brega clandestina de Cuba milité sucesivamente en dos diferentes grupos, no porque buscara uno acorde a mis ideas políticas, que entonces eran confusas, sino ciegamente: un simple medio para ingresar a la lucha sangrienta contra el aborrecido nuevo régimen.

Ese virtual “death wish” chocaba con las responsabilidades familiares, pero más aún con mis más profundos anhelos. En el análisis final mi mayor interés era la familia. Quería vivir en libertad, pero con mi esposa, mi hija y el otro retoño que venía en camino. Quería vivir entonces a los veinte y seis años por motivos similares a los de hoy, a los ochenta. ¿La Patria o mi dignidad como persona? ¿Cuba o el porvenir de mi familia inmediata? No lo sé. Esta es una confesión cínica, pero honesta.

Pensaba entonces que hubiera sido mejor reunirnos en diferentes lugares, diferentes días y a distintas horas. Lo que por seguro habría sido mucho mejor es haber tenido alguna experiencia en actividades clandestinas.

Lo único que se nos ocurrió fue nunca llegar al bar simultáneamente, sino con minutos de diferencia. También acordamos estacionar por lo menos a dos cuadras de distancia y caminarlas. El tráfico en La Habana era entonces todavía bastante denso, pero a las cinco de la tarde había posibilidades de encontrar espacios vacíos.

El desastroso 17 de abril redujo nuestras opciones, terminando temporalmente las esperanzas de victoria. Empecé gestiones para salir de Cuba con mi familia desde la semana posterior al frustrado desembarco. El asunto era salir cuanto antes, pues veíamos como el cerco a nuestras aspiraciones vitales se cerraba rápidamente.

Resignados a perder muestra única propiedad a cambio de ser libres, desde los últimos días de marzo había traído de Matanzas a mi familia y estábamos de nuevo juntos en el apartamento rentado de Almendares. Eventualmente regresaría a Matanzas muy brevemente, sólo para entregar la llave de nuestra casa, recién forzado requisito para salir del territorio.

La última vez que me dispuse a visitar el bar fue en los primeros días de septiembre de 1961. Aunque no puedo recordar la fecha con exactitud, como de costumbre era en horas de la tarde. Mi propósito esa ocasión era informar a los otros sobre mi ausencia “temporal” desde el día 11 del mismo mes y nombrar un relevo.

Me retorcía la mente tratando de buscar una forma adecuada y corta para confesar lo que en mi conciencia equivalía a una deserción. En ese momento ignoraba que esa última reunión clandestina nunca ocurriría y que tampoco saldría de Cuba el 11 de septiembre. Si pudiéramos anticipar el futuro, la vida perdería su drama.

Recorriendo lentamente las inmediaciones del bar en búsqueda de estacionamiento, inmediatamente noté que el área estaba más llena de autos que de costumbre. Distraído con mi preocupación había llegado demasiado temprano: faltaban más de veinte minutos para las cinco.

Después de muchas vueltas al fin vi un motorista a punto de irse. Situándome en posición de ocupar el espacio que dejaba libre, noté que un transeúnte caminando en dirección contraria me saludaba nerviosamente con la palma de la mano en ángulo recto al brazo: me indicaba que lo esperara. Al instante reconocí que el peatón era quien asistía al cantinero en horas de mayor número de clientes.

Procedí a estacionar sin salir del auto. En realidad sólo identificaba de vista a ese señor. No recuerdo haber cruzado palabra con él antes. Sin embargo me habló con familiaridad, como si nos conociéramos de toda la vida. Me dijo que el bar estaba cerrado por el resto del día a causa de una “reparación de emergencia”. Agregó que el cantinero le había pedido que si encontraba algún cliente conocido en el trayecto de regreso a su carro, le informara y que casualmente momentos antes había hablado con los dos socios suyos.

No sé cómo pude fingir una sonrisa al darle las gracias, pero a pesar de mis incontrolables deseos de largarme de allí cuanto antes, la tonta curiosidad pudo temporalmente más que el miedo. Sin embargo, al aproximarme a la intersección en la que debía doblar hacia el bar, la Divina Providencia me protegió. En vez de doblar la crucé despacio y seguí de largo. Automáticamente recordé la pistola con dos magacines extra debajo y a la derecha del asiento delantero. ¿De qué me habría servido? Sólo para morir allí inútilmente o fusilado un par de días más tarde.

Moviendo imperceptiblemente la cabeza miré con disimulo a la bocacalle. Entonces tenía mucha más visión periférica que al presente. La cuadra estaba totalmente cerrada por vehículos militares. La barricada no estaba en la intersección, sino separada lo suficiente para que no pudiera verse antes de llegar a la esquina. De haber doblado allí, mi única vía de escape habría sido poner el carro en reversa. Mis probabilidades de haber sido detenido en ese caso eran el 100%.

En 1961 no había “Ladas” sin marcar, ni agentes de Seguridad del Estado vistiendo ropas civiles. La represión del régimen era entonces menos sofisticada y, si se quiere, más terrorista. Cundir el terror era su función principal. Los esbirros del Ministerio del Interior estaban siempre de uniforme, usaban vehículos militares y eran conocidos del público como “milicianos con metralletas”: gran suerte.

A nuestro arribo a “Rancho Boyeros”, como muchos llamaban entonces al aeropuerto José Martí, supimos que el vuelo de ese día, 11 de septiembre, había sido cancelado. Cambiaron nuestros pasajes para otro vuelo al día siguiente. Había ido a “trabajar” hasta el día anterior.

Regresamos al Aeropuerto Internacional el 12 de septiembre de 1961. Me acompañaban mi esposa, llevando en el vientre a nuestra segunda hija, nuestra primogénita de once meses, mi hermano y mi madre. A estos últimos no los vería de nuevo hasta 1967. La costa sur de la Provincia de Oriente la vería de nuevo desde el mar, en el verano del 2003.

Dos semanas más tarde el régimen empezó a escudriñar las vidas de todos quienes optaban por salir del territorio, con mayor intensidad y eficiencia. Varios meses después supe de la captura de varios de mis antiguos hermanos de lucha.

Supe también de uno de ellos quien tras largos años de prisión pudo llegar al exilio. Me dijeron que vivía al norte de la hoy cerrada Librería Universal del South West. Busqué su residencia sin éxito durante mi penúltima visita a Miami, antes de la muerte de mi hermano, en enero del 2008. Dios permita que aún viva y pueda leer esto.

 

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