EL DESTINO

Rev. Martín N. Añorga

Según el diccionario, destino es “la fuerza sobrenatural que actúa sobre los seres humanos y los sucesos que éstos enfrentan a lo largo de sus vidas”. Hay otras acepciones, tales como la referencia al sitio al que uno se dirige, o la explicación que suele dársele a experiencias inesperadas, como un golpe de suerte o un accidente que cambia nuestros planes. Decía Jean de La Fontaine que “a menudo encontramos nuestro destino por los caminos que tomamos para evitarlo”, y es que el futuro no se somete a nuestras decisiones.

La pregunta que muchos se hacen es si de veras existe el destino. Algunos conceptos religiosos sugieren la posibilidad de que nacemos predestinados por Dios para vivir la vida que nos corresponda vivir. Suele citarse a Juan Calvino para justificar esa posición, sin embargo el talentoso reformador se refería a la predestinación en términos de la salvación del alma, no necesariamente a la inexorable suerte que nos imponga la voluntad de Dios en nuestros menesteres cotidianos.

Otra perspectiva religiosa enfatiza el libre albedrío, es decir la libertad de que disfruta el ser humano para asumir sus propias decisiones y escoger el camino que le sugiera su voluntad. No obstante, en nuestras vidas hay un determinismo bien definido. No podemos escoger el sitio en que nacemos ni anticipar la fecha de nuestra muerte. Nuestras vidas están llenas de experiencias que no prevenimos ni preparamos. ¿A quién o a qué le asignamos la autoría de nuestros pasos no planeados por nosotros mismos? Alfred de Vigny, el poeta francés, lo dijo de forma concisa: “las personas fuertes crean sus acontecimientos; los débiles sufren lo que les impone el destino”. Si nuestra vida fuera predeterminada, nos cabría más la necesidad de esperar que de actuar. En la concepción del libre albedrío no cabe la idea de la imposición del destino. Desde el punto de vista de esta posición el ser humano escoge o no escoge a Dios. En la predestinación somos escogidos por Dios.

El determinismo tiene una connotación notablemente secular, pues se basa en el concepto de que los pensamientos y acciones de los seres humanos son el resultado de una cadena de causas y consecuencias de la que nadie es individualmente responsable. En más claras palabras lo define Gustavo Le Bon, cuando dice que “no labra uno su destino, solo lo soporta”. A veces confiamos en que nuestros sueños son un anticipo de lo que nos sucederá; pero eso pasa en escasas ocasiones y muy a menudo se trata de coincidencias que no se repiten habitualmente. Nuestro destino es impredecible. Un ejemplo es el exilio. ¿Quién sabía o presentía que por razones inesperadas iba a pasar el resto de su vida fuera de la patria en que nació? Si realmente nuestro destino es predeterminado sin nuestro consentimiento y excluimos a Dios de su poder directriz, nos quedamos vacíos de fe y huérfanos de esperanza.

La palabra destino proviene del vocablo latino ”destinautus”, que pasó al francés como “destinare”, una combinación del prefijo “de”, que significa “propiedad, dependencia”, y de la raíz “stanare”, indicación de “estar firme”. “permanecer inmóvil”, “establecer”. Etimológicamente, pues, y citamos a Ralph W. Emerson, “llamamos destino a todo lo que limita nuestro poder”. No somos propietarios de nuestro futuro y por ende, no podemos adaptarlo a nuestros intereses o a nuestras preferencias. Tenemos que reconocer que es “la mano invisible de Dios” la que nos asfalta los caminos por donde debemos andar.

Hemos oído a personas lamentando “el destino de Cuba”, implicando que “los sucesos de Cuba están escritos”, de aquí nuestra supuesta incapacidad para cambiar la triste situación patria. Si de veras el destino fuera fuerza que nos inmoviliza, realidad que nos anula o decreto inobjetable, no pudiéramos afirmar que somos seres razonables, inteligentes y con voluntad propia. Platón dijo en cierta ocasión algo que tiene sentido contemporáneo: “Dios nos ha dado alas para volar hacia El, y nos ha dado, además, el amor y la razón”. Es necesario que desechemos la peregrina idea de que no podemos combatir lo que aborrecemos o tememos. No sabemos cuál sea el destino final de Cuba; pero tenemos que actuar como si estuviera en nuestras manos crearlo, y confiar. Pascal dijo que “una de las inquietudes del hombre es su perenne curiosidad por conocer lo que no puede llegar a saber”. Exactamente, una de las más comunes preocupaciones del ser humano es la de ignorar qué viene después de ahora, es desconocer su destino. Y de ese desconocimiento viven los astrólogos, agoreros y adivinos, cartománticos, quirománticos y una larga lista de avispados amigos de lo ajeno.

La quiromancia, del griego khéir (mano), y mantêin (adivinación), es el intento de adivinar el futuro mediante la lectura de las líneas de las palmas de la mano. En nuestras ciudades abundan los signos con el anuncio de “Hand Reading”, señal de que la práctica dispone de popularidad. En cierta ocasión, en un programa radial que hace años conducía, invité a una quiromántica, la que me preguntó si yo conocía a dos personas que tuvieran exactamente iguales sus huellas digitales. Ante mi sonriente silencio, me afirmó que sucedía igual con las marcas de las manos. Terminamos el programa con la afirmación de parte de mi invitada de que leer manos ajenas era un negocio productivo, pero al mismo tiempo, aclarando ella, esencial para que las personas sepan con antelación los riesgos de los cuales defenderse. “Tratar de adivinar el destino es un desatino”, comenté, y la entrevista terminó en un dúo de risas.

Otra manera de hurgar en los misterios del destino es la cartomancia, el uso de las barajas, en las que se interpretan los símbolos. Las personas adictas a esta práctica afirman que “se van a echar las cartas”. Depender de la lectura de una persona que afirma “estar dotada” para este menester, es desviar nuestra confianza. Donde debemos colocarla es en la providencia de Dios y nunca en alguien que usa su astucia para vaciarnos la bolsa.

El destino no está sujeto a la intrusión de síquicos, brujeros y espiritistas. Es un misterio que solo se descifra cuando andamos en los caminos de Dios. No creemos que sea una realidad sometida al análisis o al proceso interpretativo. Los predicadores que anuncian el fin del mundo y apuntan fechas terminan en el descrédito. Las profecías de Nostradamus son tan complicadas que se pueden usar para cualquier ejercicio intelectual. Y aún las profecías bíblicas tuvieron su cumplimiento, y las pocas que los exegetas esperan que se cumplan carecen de fecha específica que indiquen su ejecución.

Los pesimistas afirman que si el ser humano está comprometido con un predeterminado destino que es imposible alterar, entonces nuestra libertad es ilusoria. Otros estiman que el destino es una combinación de nuestra identidad con el contexto social en el que nos movemos. Está formado por la intervención de muchos factores ajenos a nuestra voluntad, hechos que influyeron en nuestro pasado y determinan la formación de nuestro mañana. Podrá parecer una paradoja, pero somos criaturas conducidas por Dios y al mismo tiempo sentimos un pleno disfrute de libertad.

Jesús hace esta pregunta en el Sermón de la Montaña, “¿quién de vosotros, por ansioso que esté, puede añadir una hora al curso de su vida?”, y aconseja después “por tanto, no os preocupéis por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástele a cada día sus propios problemas”. No pensemos que Jesús no quiere que pensemos en nuestro futuro o que meditemos en nuestro destino. Lo que quiere el Señor es que no demos un paso en el camino al que no hemos llegado. Preparase es natural, planear para después, lógico; pero afanarse por descubrir los insondables misterios del futuro es desconfiar de la protección divina. Recordemos la frase paulina: “la noche está muy avanzada, y el día está cerca”; pero seguimos sin saber cuándo y cómo.

Me inspira una cita de William Jennings Bryan, “El destino no es asunto de casualidades, es un asunto de realidades, no es algo por lo que tenemos que esperar, es algo que hacemos mientras vivimos”.

Alguien, en una olvidada revista escribió estas palabras: “¡toma control de tu destino a cualquiera otro lo hará!”.

El destino es nuestra trayectoria en la vida. Verdaderamente no vale la pena la jornada si al llegar al final tenemos que lamentar el bien que no hicimos, el amor que no prodigamos y la lucha que no peleamos.

 

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