AISLACIONISMO PERNICIOSO

Hugo J. Byrne
hugojbyrne@aol.com

Nunca votaría para presidente por el Senador Rand Paul. La razón es bien clara. Reconozco que cuando Paul fue electo Senador por Kentucky sentí alivio y satisfacción. Su victoria electoral fue el primer indicio del cambio positivo que experimentó la Cámara de Representantes en las elecciones parlamentarias del año 2010 y una de las mejores noticias de ese año. La mayoría parlamentaria irresponsable que votara a ciegas por ese aborto legislativo llamado con ironía “Affordable Care Law”, fue afortunadamente barrida del poder en esa memorable ocasión.

Ninguna de mis objeciones hacia Paul como candidato presidencial está relacionada con “Obamacare”, sino con sus fantasías sobre política exterior. Soñar despierto cuesta caro.

Concuerdo con Paul y con su padre, el también Doctor en Medicina Ron Paul, en el noventa y nueve por ciento de su agenda política doméstica. Pero su abogacía por el aislacionismo y aislacionismo es lo que abogan ambos aunque afirmen lo contrario, es inaceptable para todo aquel que entienda las implicaciones negativas que para Estados Unidos y sus aliados tendría esa política.

Si fuera posible que el ejemplo de los buenos por sí sólo modificara el comportamiento de quienes no lo son, no sería necesario que las naciones libres del planeta mantuvieran ejércitos y las sociedades cuerpos de policía, tribunales para enjuiciar crímenes y prisiones para castigar o rehabilitar a quienes los cometen. Me enseñaron a no apelar a la violencia a menos que fuera agredido, pero tampoco esperar a recibir el primer golpe. En la gran mayoría de los casos es fácil distinguir entre quienes tienen intenciones de agresión y quiénes no.

Hace poco escribí sobre una confrontación con un jabalí enfurecido. Los lectores saben que no puedo hacer alarde de ese incidente, pero yo estoy aún vivo y el cerdo no.

¿Cree el amable lector que fui totalmente injusto con ese animal? ¿Debí haberle dado la oportunidad de arrepentirse? ¿Parlamentar con el jabalí en vez de ultimarlo? En resumidas cuentas, como afirman algunos fanáticos quienes preferirían que el occiso fuera yo, su ataque no fue premeditado, sino reflejo de un instinto básico. ¿Justifica ese instinto la misma furia en un ser racional? A veces, pero solamente en defensa de la vida humana y la libertad.

Nadie dude que muchos odien de gratis. No hace falta que nadie les deba nada. Mucha gente ha sido condicionada a odiar. Quien lo dude debe tomar unas vacaciones en la frontera entre Israel y Gaza.

Durante los años treinta se puso de moda por toda Europa Occidental y especialmente en el Reino Unido un movimiento político “apaciguador”, el que nada tenía que ver con un deseo legítimo de paz. Dice el refrán que “tu hermano es el vecino más cercano”, sin embargo, la cercanía no siempre genera paz. Hace más de cincuenta años fui a buscar a un vecino cuyos escándalos y borracheras me tenían hasta la coronilla y gracias a Dios tuvo el buen juicio de no abrirme su puerta. No sé como surgió ese refrán, pero con frecuencia no puede aplicarse entre individuos o naciones.

Tanto el Reino de Luis XIV como el Imperio de Napoleón I se pasaron años vapuleando y saqueando a “sus vecinos más cercanos”, los Principados alemanes en su frontera este. Quienes visiten las ruinas del Castillo de Heidelberg apreciarán de lo que era capaz Luis XIV, aún conocido por esos lares como “el demonio francés”.

Esos estados diminutos finalmente se aliaron bajo la brillante dirección de un notable político prusiano llamado Otto Von Bismark. Éste, sin duda el más destacado estadista de su tiempo, derrotó decisivamente a Napoleón III en Sedán, estableciendo un imperio unificado para Alemania en 1870. Sin embargo, eso hizo de la frontera franco alemana la manzana de la discordia hasta los años sesenta del pasado siglo cuando la República Federal Alemana y la V República Francesa fumaran definitivamente la pipa de la paz.

Históricamente no fue Alemania el principal antagonista de Francia, sino las islas vecinas al otro lado del Canal de la Mancha. Primero fue Guillermo de Normandía, quien conquistara Inglaterra y derrotara al Rey sajón Haroldo en la batalla de Hastings. La conquista de Inglaterra por los normandos duró hasta que la mayoría sajona lenta y consistentemente absorbiera en idioma y cultura a la minoría normanda.

Esto, mas invasiones al norte de Francia, resultaron en el dominio de esa región por reyes ingleses. La situación duraría hasta que terminara la Guerra de los Cien Años, cuando los súbditos ingleses fueran finalmente expulsados del puerto de Calais, su último enclave en Europa continental.

En la historia europea, Inglaterra y Francia fueron los reales enemigos históricos. Sus más destacados respectivos héroes nacionales surgen de ese antagonismo histórico: Juana de Arco, Napoleón I, el Duque de Wellington y Horacio Nelson. Muchas de las batallas más famosas de la historia fueron entre ellos; Hastings, Agincourt, Waterloo, Trafalgar, la batalla de Las Pirámides, etc.

Todo eso pareció cambiar con la “Entente Cordiale”, un acomodamiento surgido de las razones más banales, pero acorde a la política tradicional del Imperio Británico de oponerse a la potencia dominante en Europa. Después de la victoria de Sedán en 1870, esa potencia era Alemania.

A fines del siglo XIX el Príncipe de Gales, era joven y calavera: adoraba los buenos vinos, las cenas opulentas en los mejores restaurantes y en especial los burdeles de París. La Reina Victoria miraba con gran disgusto las costumbres libertinas de su retoño y en especial su irrefrenable pasión por ciertas damas de carnes generosas y abundantes, trabajadoras aventajadas de casas de mala reputación en París. Esa predilección por francesas gordas de la vida alegre del futuro Eduardo VII era motivo de escándalo victoriano, pero sin dudas facilitó la nueva “entente”. ¿Absurdo? Por supuesto. También lo fue la estúpida guerra de unos días entre dos naciones centroamericanas por un juego de futbol.

El notorio libertino heredero del Reino Británico sabía que si llegaba a rey sería de viejo y no le atraía la vida de la corte. Miraba con misericordia a su hijo mayor, el futuro George V y a su nieto y tocayo, el futuro Eduardo XIII (más tarde Duque de Windsor). “Bertie”, como lo llamaba su madre, estaba tan gordo como sus fáciles arquetipos femeninos y demasiado disipado y envejecido para aspirar a un reinado largo como el de Victoria.

Además, se reía abiertamente de su sobrino el Káiser de Alemania, nieto de Victoria. La pomposa superficialidad y el limitado intelecto de Guillermo II provocaban las burlas de “Bertie”.

La mutua desconfianza ancestral provocó que la “entente” Franco-Británica siempre fuera frágil, especialmente al principio de la Primera Guerra Mundial. Inglaterra y Francia permanecieron como dudosos aliados y eternos competidores. Un ejemplo de esa atávica competencia latente se manifestó en la disputa artificial sobre quién obtuviera la victoria en la primera Batalla del Marne en 1914. Las Fuerzas Expedicionarias Británicas permanecieron inmóviles en el centro del frente, cuando pudieron barrer los remanentes del Ejército Alemán acumulado ante París, poniendo fin a la guerra y salvando millones de vidas.

Por contraste el General Galliéni utilizó taxis desde París para enviar las tropas necesarias a la contraofensiva. Con ellas el General Ferdinand Foch y su Noveno Ejército a la derecha de un frente de más de cien millas, atravesó la exhausta Guardia Imperial de Von Bülow (al decir de un testigo neutral, “como un cuchillo corta la manteca”). Simultáneamente el General Maunoury comandando el Sexto Ejército en el sector izquierdo puso en fuga al Tercer Ejército de Von Kluck. Los alemanes, después de sufrir un muy severo e inesperado desastre, fueron bendecidos con un gran respiro cortesía de la inmovilidad inglesa en el centro: Sir John French no avanzó una pulgada.

El abrumado Ejército Alemán pudo entonces retirarse ordenadamente y cavar trincheras al norte de Soissons y Rheims, garantizando que la guerra se prolongaría indefinidamente. La desconfianza británica por su nuevo aliado costó un millón y medio de vidas a Francia y casi un millón entre los propios soldados del Imperio Británico.

Esa desconfianza continuó sin merma después de 1918 y fue aliada poderosa de la nueva ola “pacifista” de Gran Bretaña, encabezada por líderes influyentes. Ese movimiento fue encarnado eminentemente por los Primeros Ministros británicos entre 1918 y 1939: Stanley Baldwin, Ramsey McDonald y Neville Chamberlain. Winston Churchill apenas llegó a tiempo para desviar muy ligeramente el curso de la historia, pero la espantosa masacre de 50 millones de personas ya se había desatado.

Por su parte Francia, en cuyo territorio había ocurrido casi toda la acción del frente occidental, era también terreno fértil para el apaciguamiento. Esto llevó al poder a mediocres indecisos como León Blum y como Eduard Daladier (la versión francesa de Obama), quien en las reuniones de Munich parecía más un ayudante de Chamberlain que un Premier de Francia.

Amigo lector: ¿Algunas semejanzas con las tribulaciones presentes en Ucrania, Irak, Siria, Irán, Rusia, Venezuela y el desastre migratorio en la porosa frontera sur de los Estados Unidos? Dice un viejo refrán que quienes no estudian historia están condenados a vivirla de nuevo.

 

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