EL DOBLE FILO DE LA MENTIRA COMO ARMA POLÍTICA

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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La mentira es un ácido corrosivo con la capacidad de destruir la credibilidad y la influencia de cualquier político; aún cuando, como Obama, disfrute de la impunidad de ser el primer presidente mestizo de los Estados Unidos.

Barack Obama no sabrá gobernar pero ha demostrado ser un consumado artífice en el uso de la mentira a través de toda su vida. Este hombre no ha tenido el más mínimo escrúpulo en mentir cuando se trata de lograr cualquier tipo de beneficio, ya sea personal o político. Desde su petulante autobiografía plagada de exageraciones y mentiras de "Sueños de mi Padre", su beca argumentando ser estudiante extranjero en la Universidad de Columbia y el lanzamiento de su carrera política amparado por la mafia política del corrupto Chicago, Obama ha hecho de la mentira un modo de vida.

Pero la más egregia y notoria fue la de garantizar a sus potenciales votantes que podrían conservar su médico personal y mantener su seguro de salud después de aprobada la Ley de Seguro de Salud Asequible, mejor conocida como Obamacare. Una mentira que, una vez descubierta, le ha ganado el rechazo del 60 por ciento de los norteamericanos, con el voto de muchos de los cuales llegó a la presidencia.

Ahora el mentiroso en jefe está asustado ante la alta probabilidad de que su transformación radical de la sociedad norteamericana sea parada en seco en las elecciones del 2014 y el 2016. Recurre por lo tanto al arma que, hasta ahora, le ha resultado más efectiva: la mentira. Ningún campo más fácil que el nebuloso de la política exterior y ningún auditorio más receptivo que el de millones de víctimas desesperadas de una tiranía implacable para que una mentira grotesca sea procesada mentalmente como una sólida promesa. Además, los cubanos tenemos bien ganada fama de incautos que le hemos creído por más de 50 años a presidentes de ambos partidos la falsa promesa de que nos ayudarían a derrocar a la tiranía de los diablos de Birán.

A principios de esta semana, la maquinaria electoral de Obama hizo llegar en forma subrepticia a la Prensa Asociada un informe sobre un supuesto plan del gobierno norteamericano encaminado a provocar cambios políticos en Cuba. Según la Prensa Asociada, en el 2009, la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional (USAID) envió a jóvenes venezolanos, costarricenses y peruanos a Cuba con la esperanza de poner en marcha una rebelión. La AP añade que la gran "ofensiva" contra la satrapía castrista se limitó a menos de una docena de jóvenes latinoamericanos a quienes se les entrenó en un seminario de 30 minutos y que recibieron una paga de $5.41 la hora, por debajo del salario mínimo de obreros no calificados en los Estados Unidos.

Al igual que otros programas de este gobierno para confrontar retos internacionales, esta iniciativa estuvo plagada de incoherencias, riesgos e incompetencia. La táctica de Obama en su máxima expresión. La palabrería, la improvisación y la maldad sustituyendo a la organización, la transparencia y la planificación. Como era de esperar, este proyecto terminó en el más rotundo fracaso. Porque este es el mismo Obama que le paga a los clérigos iraníes fundamentalistas para que se mantengan en la mesa de negociación mientras siguen a toda marcha con la producción de una bomba atómica, que traza una raya roja ante las armas químicas sirias y termina pidiendo ayuda a su némesis ruso, que trata de atarle las manos a los israelíes para favorecer a los terroristas de Hamas, que cede ante la intimidación de Vladimir Putin y le permite sin chistar que se robe la Península de Crimea y asesine a 298 pasajeros de un avión comercial y que estimula la inmigración ilegal con el Caballo de Troya de centenares de niños supuestamente sin acompañantes en la frontera sur.

Sin ir más lejos, veamos a Barack Obama desde que llegó a la Casa Blanca en su relación con la tiranía de Cuba. Este es el mismo presidente que, desde abril del 2009, a tres meses de tomar posesión, ordenó por decreto el levantamiento de las restricciones sobre viajes y remesas a Cuba Comunista. No contento con eso, ordenó asimismo la eliminación del límite sobre frecuencia de viajes y permanencia en territorio de la Isla de los cubanos residentes en Estados Unidos que viajaran a Cuba.

Con ello, sustituyó a la antigua Unión Soviética como protector de la tiranía. Sus medidas contribuyeron a llenar las arcas del régimen con el dinero del MILLON Y MEDIO de cubanos en los Estados Unidos que tienen familiares, envían remesas y viajan a Cuba. Fuentes dignas de entero crédito afirman que los Castro reciben más de 3,000 millones de dólares anuales por conceptos de viajes y remesas de cubanos en el exterior, la mayor parte de los cuales residen en los Estados Unidos.

La pregunta que muchos se hacen es: ¿Quién es este hombre a quien le aburre administrar la nación cuya libertad y prosperidad le fueron encomendadas y le fascina la palabrería y la confrontación? Y la pregunta obligada: ¿Por qué quiere hacer de este circo cubano perdido en el pasado una seria iniciativa con relevancia actual para confrontar a los Castro?

La respuesta a ambas preguntas es la misma. Si una cosa saben Barack Obama y su cohorte de artífices de la manipulación electoral es interpretar encuestas. La mayoría de ellas les dicen que el Mesías ha perdido su brillo de honesto, capacitado, idealista y predestinado. La mentira es un ácido corrosivo con la capacidad de destruir la credibilidad y la influencia de cualquier político; aún cuando, como Obama, disfrute de la impunidad de ser el primer presidente mestizo de los Estados Unidos. El Mesías está desnudo y hay que vestirlo de prisa para consolidar su agenda transformadora y preservar su legado.

Para ello, hay que negarle a los republicanos una mayoría en el senado en el 2014 y mantener a un demócrata en la Casa Blanca en el 2016. No importan ni el precio ni los métodos. En el 2008 y el 2012 Obama ganó mintiendo y superó a sus adversarios en recaudación y gastos de campaña (a McCain por 600 millones y a Romney por 100).

Dentro de su estrategia de campaña Obama y sus asesores electorales están totalmente conscientes de que tienen que ganar la Florida. El alto mando demócrata tiene aún fresca en la memoria la pesadilla de las elecciones del 2000 en la Florida en que George W. Bush le ganó por una nariz la carrera presidencial a un vociferante Al Gore. En un estado que en el argot electoral es considerado "púrpura" (puede inclinarse hacia uno u otro partido) nadie tiene garantizados los 29 votos electorales de la Florida.

Quienes no estén al tanto de los laberintos de la constitución y las leyes en este país podrían preguntarse por qué un hombre como Barack Obama, que no aspirará en las elecciones del 2014 y el 2016, está tan interesado en influir sobre sus resultados. Ahí va la respuesta. En los dos primeros años de la presidencia de Obama, en que los demócratas controlaban el Capitolio y la Casa Blanca, malgastaron su capital político en proyectos ideológicos y meramente partidistas como Obamacare, el estímulo económico y "paga y comercia" (cap and trade). Con la pérdida del monopolio político al ganar los republicanos el control de la Cámara de Representantes en el 2010 se les acabó el tiempo para terminar su agenda de transformación radical de las instituciones norteamericanas.

Un frustrado y encolerizado Obama se negó a negociar con sus adversarios y decidió continuar implementando su agenda radical a través del expediente de gobernar por decreto ignorando al Congreso. De hecho, el presidente ha retado y confrontado a sus adversarios en el Congreso diciendo que con su "pluma y su teléfono" gobernará a la nación. Más que un "monarca constitucional", un monarca cínico que viola la constitución a sabiendas de que no será sometido a juicio político.

El problema para Obama y la izquierda que creyó que con este Mesías les había llegado la hora de convertir en realidad sus ancestrales sueños socialistas es que esos decretos no tienen fuerza de ley. Con la misma facilidad con que fueron dictados por Obama pueden ser borrados de un plumazo por el próximo presidente de los Estados Unidos. Al día siguiente de su toma de posesión en enero del 2017 un presidente republicano podría emitir un decreto declarando nulos todos los decretos dictados por Barack Obama durante su presidencia. Obama recibiría una estocada mortal con el otro filo de la espada de sus mentiras políticas. Algo así como ser enviado al basurero de la historia norteamericana donde yacen presidentes ineptos como Grant, Wilson, Hoover y Carter.

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