EL PEOR PRESIDENTE EN LA HISTORIA

Hugo Byrne
hugojbyrne@aol.com

Una encuesta seria reveló hace poco que una mayoría de los votantes probables considera a Obama el peor presidente en la historia de Estados Unidos. Además de no prestarle gran atención a encuestas que reflejan si acaso sólo la opinión popular de un día o de una hora, recuerdo a los amigos lectores que la administración Obama continuará durante más de dos años. Es muy probable que al final resulte ser abrumadoramente la peor, pero todavía no hemos llegado a ese final.

Nadie sabe el resultado de una carrera en el hipódromo hasta que el primer caballo llega a la meta. Tampoco sabe nadie quién llegará en segundo, tercero o cuarto lugar. De lo contrario podrían cobrarse las apuestas ganadoras antes de la carrera.

Hay algo en ese sondeo que me molesta y que nada tiene que ver con la forma en que se hizo, sino con el conocimiento histórico de los encuestados. Volviendo al símil de las carreras de caballos, si un potro gana consistentemente se torna famoso y favorito en las apuestas. Por el contrario si termina siempre rezagado lo eliminan de la competencia muy temprano. ¿La razón? Los apostadores por supuesto, estudian su historia.

En el sondeo al que hago referencia, una gran mayoría decidió que el segundo lugar entre los peores ejecutivos americanos lo gana el ex presidente George W. Bush. Eso prueba una vez más que la mayoría de los encuestados sin lugar a dudas no conocen la historia reciente de esta nación. Eso es un gran handicap a la hora de votar.

Los lectores de esta columna saben de sobra las acérrimas críticas mías a la administración de Bush II y las razones que sustentaban esas merecidas críticas. Como tantos otros ejecutivos pasados, Bush trató de estar en “misa y repicando” e intentar la misión imposible de complacer a todos.

A pesar de eso pudo gobernar por dos períodos, no tanto por su popularidad personal o logros durante su mandato, como las muy hábiles estrategias electorales de Karl Rove y el vacío intelectual de sus oponentes. Cuando le tocó afrontar la debacle de septiembre 11 del 2001, encabezó dos guerras tratando de impedir otro ataque terrorista. Al final de su mandato confrontó una severísima recesión económica con indiscutibles raíces en el intervencionismo financiero de la administración anterior. Todo eso lo sumió en el vórtice de la impopularidad.

No deseo cansar a los lectores con el tema que ya he cubierto sobre el lado flaco de la democracia, porque hasta hoy nadie ha sido capaz de encontrar substituto creíble al sufragio universal como método pacífico de escoger dirigentes. La sugerencia de una capacitación mínima para ejercitar el derecho al voto es tema que quizás sea abordado por alguna generación futura si es que la presente logra preservar la libertad de esta república, pero tal debate siempre será de carácter controversial y conflictivo.

Regresemos de nuevo a los caballos. He visitado el hipódromo sólo tres veces durante toda mi vida y nunca me ha tentado el juego de azar, pero observo la dedicación de los apostadores consuetudinarios y la seriedad con que algunos de ellos tratan de familiarizarse con la habilidad de cada caballo y hasta de cada jinete.

No perjudicaría que los votantes hicieran otro tanto con el pasado político de candidatos y partidos. Sé que la historia de esta nación ya no se estudia en nuestras escuelas, pero todavía existen libros y bibliotecas públicas accesibles a todos.

Quiero referirme para finalizar este comentario a un ataque terrorista que por sí solo definió a quien objetivamente se lleva el palmarés del peor presidente en la historia de los Estados Unidos hasta nuestra época. La ironía es que se trata del epílogo vergonzoso de un atentado terrorista contra otro presidente.

El día primero de noviembre de 1950 Harry S. Truman dormía una siesta en una habitación con ventana a la calle en el segundo piso de la residencia ejecutiva “Blair House”. La Blair House es una estructura de tres pisos más un ático habitable. Esa residencia es vecina a la Casa Blanca del otro lado de Pennsylvania Ave y al presente se usa para alojar a dignatarios extranjeros de alto rango. Las habitaciones de la residencia oficial del ejecutivo estaban siendo remozadas durante esos días. El Presidente Truman y su familia residirían allí muy brevemente.

Aproximadamente entre 2:15 y 2:30 pm se aproximaron a ella dos asesinos de aspecto patibulario, ambos nativos de Puerto Rico. Los matones caminaban desde direcciones opuestas, confluyendo en el frente del Blair House: actuaban así para disimular sus malvados propósitos. Ambos pertenecían a un grupo terrorista de extrema izquierda pretensamente defensores del “nacionalista puertorriqueño”. Sus nombres eran Oscar Collazo y Griselio Torresola.

Collazo y Torresola abrieron fuego a boca de jarro contra dos guardias que ocupaban sendas garitas a derecha e izquierda del edificio. Afortunadamente la pistola P-38 de Collazo se encasquilló, quizás salvando la vida de uno de los guardias y la del presidente. Este último vio interrumpido su descanso vespertino. Truman era veterano de la Primera Guerra Mundial y un hombre sin miedo. Medio dormido aún, pero tratando de comprender lo que sucedía, abrió la ventana asomando la cabeza por ella. Segundos después terminaba la breve pero furiosa balacera.

Al retornar la calma, Torresola era fiambre con un certero plomazo de cal. 38 en la cabeza y Collazo fue capturado malherido. Desgraciadamente, la sorpresa criminal cobró un saldo trágico con la muerte del Agente del Servicio Secreto Leslie Coffelt, quien a pesar de estar herido de muerte tuvo determinación y puntería suficientes para salir de la garita y enviar a Torresola a las regiones infernales. El heroico agente tenía sólo 40 años de edad y es el único miembro del Servicio Secreto caído defendiendo la vida de un presidente hasta la fecha.

Recuperado de sus heridas, Collazo compareció ante los tribunales y fue encontrado culpable del asesinato de Coffelt. Días después fue condenado a muerte. Su condena fue ruidosamente protestada entre los izquierdistas hispanoamericanos. En Matanzas un compañero de estudios del Instituto, entonces supuestamente muy devoto católico y cuyo nombre me reservo, me entregó una lista de firmas bajo un mensaje a la Casa Blanca en el que se pedía conmutar la sentencia de Collazo. Me rogó que agregara mi firma.

Entonces yo tenía sólo dieciséis años y estaba bien lejos de entender política y aún menos justicia criminal. Sin embargo, todavía hoy recuerdo lo que dije: “firmaré esto para que no le arranquen la cabeza a un ser humano”. Creí que oía mi eco, pero no. Me contestó exactamente lo mismo que yo dije, palabra por palabra. Eventualmente el propio Truman conmutó la sentencia de Collazo por la de prisión perpetua.

El perdón presidencial es un privilegio que establece la constitución y está exento de limitaciones jurídicas. Es utilizado por el ejecutivo a su absoluta discreción. El propósito de Truman, quien distaba mucho de ser un “bleeding heart”, no era salvar la miserable vida de Collazo, sino evitar convertirlo en mártir. Por mi parte yo no comprendía a mi temprana edad que todo terrorista se deshumaniza con el acto malvado de asesinar a un inocente.

Por supuesto, como todos sabemos, lo que es absolutamente legal puede ser también esencialmente inmoral: en 1979 Oscar Collazo salió de su encarcelamiento por el perdón del entonces presidente “Jimmy” Carter. El asesino regresó a Puerto Rico triunfalmente, vitoreado por la piara de sus canallas cómplices.

¿Es necesario que recuerde al lector sobre la inflación de dos dígitos, el desempleo enorme, las colas de autos en las gasolineras, el repugnante beso a Leonid Brezniev, la invasión impune por una manada musulmana fanática a la Embajada de Estados Unidos en Irán, los diplomáticos secuestrados en 1979 y mantenidos como prisioneros hasta enero de 1981? No lo creo. La anécdota que cuento debe bastar para escoger a Carter objetivamente como un despreciable traidor y, con creces, el peor presidente que ha tenido Estados Unidos en toda su historia.

 

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