DESTRUCCIÓN DE LA HABANA POR EL CORSARIO JACQUES DE SORES

Por Fernando Padilla González

Insatisfecho con las riquezas tomadas en la villa de San Cristóbal de la Habana, Jacques de Sores se hizo a la vela el 5 de agosto a media noche con buena luna y tiempo próspero, dejando tras de sí, una estela de destrucción y miseria, y una población que no cesaba de maldecir al corsario y sus huestes, al tiempo que acusaban de cobarde y vil traidor al gobernador Pérez de Angulo.

A la sombra de François Le Clerc, conocido entre el populacho como «pata de palo», se forjó Jacques de Sores en el arte de la navegación y la piratería. Nacido en Normandía, De Sores heredó de sus antepasados vikingos el espíritu aventurero, la destreza marinera y el coraje sin límites, hasta llegar a ser calificado, por el oficial español Menéndez de Avilés, como «uno de los mejores corsarios que hubo en Francia y en Inglaterra».

Santiago y La Habana no escaparon al pillaje

El reparto del Nuevo Mundo realizado por el papa Alejandro VI Borgia solo benefició a los Reyes Católicos, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla. La adjudicación a España y Portugal de las tierras «descubiertas» por el almirante Cristóbal Colón propició el descontento de Francisco I de Francia, quien en represalia comenzó a otorgar patentes de corso a cuanto navegante estuviese dispuesto a hostigar las embarcaciones y asentamientos españoles en territorio americano. En tal sentido, Le Clerc y de Sores al frente de una pequeña escuadra zarparon de Francia rumbo al Caribe.
Cuba no escapó a este destino. Le Clerc estableció su base de operaciones en los cayos Coco y Romano, y desde allí, organizó en 1554 el ataque a la villa de Santiago de Cuba. El botín obtenido durante el saqueo de la ciudad se elevó a más de 60 mil pesos en oro, plata y joyas, sin contabilizar el valor de la artillería y las armas tomadas a los españoles.

Jacques de Sores, con la pericia adquirida y el sabor del éxito en Santiago de Cuba un año antes, fijó su mirada en la villa de San Cristóbal de la Habana alentado por la promesa de Francisco I, de permanecer con buena parte de las riquezas que capturara a su paso por los territorios hispanos en América.

La Habana de entonces permanecía en constante sobresalto, pues las naves con «pabellón pirata» surcaban los mares de Cuba a su antojo. Por su parte, las autoridades habían establecido que cada vecino debía andar siempre armado —al menos de una espada— además, la colocación de un mayor número de centinelas en el promontorio del Morro y el aumento de celadores para la ronda nocturna. La historiadora Irene A. Wright, a la luz de los documentos consultados en el Archivo General de Indias, nos cuenta que La Habana para su defensa solo contaba con 16 hombres a caballo y 65 de a pie.

Piratas en el horizonte

Aquella mañana del 10 de julio de 1555 las velas de los bajeles De Sores asomaron de manera amenazadora frente a la costa habanera. El vigía, apostado en el Morro, dio la señal acompañada de un disparo de cañón que estremeció la ciudad. Gonzalo Pérez de Angulo, gobernador de la isla, alarmado ante los hechos pidió consejo a Juan de Lobera, regidor del Cabildo. Este último, también fungía como alcaide de la única fortaleza que existía en la villa, la Fuerza Vieja, artillada tan solo con un cañón de 47 quintales de peso, llamado «el salvaje», seis medios sacres, una culebrina y cinco falconetes.
Minutos después, doce hombres armados se congregaron frente a la Fuerza Vieja. En el mar, la carabela de Jacques de Sores continúo su trayectoria rumbo oeste, celosamente custodiada desde el litoral por dos individuos a caballo, los mismos que regresarían a la villa con la noticia del desembarco de los piratas por la caleta de Juan Guillén, justo donde tiempo después se levantara el torreón de San Lázaro.
Los piratas, bien armados, solo encontraron como obstáculo a su paso la abundante vegetación de la zona. Tan pronto Pérez de Angulo conoció los detalles, abandonó la plaza a la buena suerte y en compañía de su familia y algunos vecinos, huyó despavorido al poblado aborigen de Guanabacoa. Ante el gesto cobarde del gobernador, Lobera desde la fortaleza debió hacer frente al ataque de los franceses.

Auxiliado de las piezas de artillería y de la formación compuesta por peninsulares, mestizos y negros logró rebatir los tres primeros asedios por tierra, al tiempo que impedía la entrada a puerto del resto de las naves corsarias. En medio del fragor los sorprendió la noche y las acciones cesaron hasta la mañana siguiente. Al despuntar el alba, con la fortaleza envuelta en llamas y diezmada la tropa, Juan de Lobera continuaba conquistado por la valentía y la obstinación, aun cuando sus hombres le suplicaban no sacrificar más vidas. Incluso, uno de los artilleros prorrumpió al enemigo algunas palabras comprometedoras en alemán, a lo que Jacques de Sores respondió preguntando sobre la cordura de quien dirigía el Fuerte.

Corran todos que arde la villa

A la postre, Lobera comprendió que la convicción patriótica de sus hombres comenzaba a flaquear y decidió negociar la rendición. Los términos del acuerdo garantizaron la vida de los sitiados y el honor de las mujeres a cambio de los objetos de valor, 30 mil pesos y cien cargas de pan cazabe. Sin embargo, en Guanabacoa, Pérez de Angulo logró reunir una tropa compuesta por españoles, negros e indígenas, con el objetivo de marchar a la ciudad y sorprender a los piratas durante la noche.

La estrategia del gobernador no contemplaba otras complejidades y si tenía mucho de improvisación, y así quedo evidenciado cuando la horda se abalanzó, a gritos, sobre la villa. Los corsarios, prevenidos por el bullicio se refugiaron en la casa de Juan de Rojas, la más sólida de entonces y donde Jacques de Sores había establecido su centro de operaciones, y desde allí repelieron a los hombres de Pérez de Angulo. A la mañana siguiente, muchos de ellos fueron pasados por las armas en respuesta a la traición del acuerdo pactado entre Lobera y De Sores.

La vida del propio Juan de Lobera peligró en los hechos y no fue hasta que se comprobó su inocencia en el ataque del gobernador, que se procedió a su liberación, no sin antes exigir por él un rescate de mil doscientos pesos, reunidos a la postre por los amigos del alcaide de la Fuerza Vieja. Jaques de Sores exigió además un rescate por la integridad de la villa, cuya suerte quedó reducida cenizas, pues los vecinos solo ofrecieron mil pesos al corsario francés, quien no dudo en prender fuego a la ciudad y a los bajeles surtos en puerto, colgó a los negros en la plaza y profanó las sagradas imágenes de los santos de la ermita.

Maldecido por los habaneros

Insatisfecho con las riquezas tomadas en la villa de San Cristóbal de la Habana, Jacques de Sores se hizo a la vela el 5 de agosto a media noche con buena luna y tiempo próspero, dejando tras de sí, una estela de destrucción y miseria, y una población que no cesaba de maldecir al corsario y sus huestes, al tiempo que acusaban de cobarde y vil traidor al gobernador Pérez de Angulo.

La Habana no tardaría en cobrar su esplendor. Pronto se construyó el Castillo de La Real Fuerza, al que seguirían el de los Tres Reyes del Morro y el de San Salvador de la Punta. De Lobera, se conoce que regresó a España llevando consigo una narración épica de la toma y defensa de la villa, mientras Gonzalo Pérez de Angulo fue hecho prisionero y juzgado por cobardía y falta de probidad, proceso que no llegó a culminar pues el acusado falleció en los primeros días del mes de septiembre del propio año. El capitán Diego de Mazariegos, primer gobernador militar de Cuba, lo sustituyó y durante una década mantuvo libre a la ciudad del asedio de piratas y corsarios.

Pirata hasta el fin de sus días

Sin embargo, Jacques de Sores se mantuvo alimentando su estela de destrucción en los territorios bañados por el mar Caribe. Aun reciente la barbarie cometida en La Habana y con posterioridad a la firma del tratado de paz de Cateau-Cambresis, regresó a Francia con la idea de obtener una nueva patente de corso. Su objetivo se vio frustrado ante la negativa del monarca francés de otorgarle el permiso real, pues para entonces la mala fama, basada en la crueldad de sus actos, era conocida en toda Europa.

De Sores, hombre que jamás se detuvo ante los obstáculos, se hizo una vez más a la mar. Hinchadas las velas de su galeón por los vientos alisios emprendió rumbo hacia la isla de Margarita. Víctima de sus desmanes, la población —considerablemente pobre— ofreció al pirata ganado, provisiones y algún dinero a cambio de que no incendiara el poblado.

Sediento de riquezas navega inquieto por las aguas caribeñas. Con proceder metódico arriba a los puertos durante la noche y así toma y saquea Borburata, donde obtiene mil pesos en rescates, y luego Santa Marta corre similar suerte. La última acción de que se tienen noticias, ocurrió el 15 de julio de 1570 con el abordaje de la nao portuguesa San Jaime. En ella perecieron el padre Ignacio Acevedo y una treintena de pasajeros jesuitas, quienes fueron arrojados por la borda poco después de ser cercenados sus talones de Aquiles. La posteridad se encargaría de reconocerlos como los «mártires de Brasil», por ser el territorio a donde se dirigían los desdichados misioneros. Inmediatamente, desaparece de la historia este pillo de los mares, que en los lejanos días del siglo XVI redujo a cenizas, entre otras, a las villas de Santiago de Cuba y La Habana.

 

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