LAS QUEJAS

Rev. Martín N. Añorga

Yo creía ser una persona considerada y conforme; pero hace algunos días me di cuenta de que estaba empezando a quejarme por casi todas las cosas. Achaqué esa actitud a los años; pero entendí que no era justo adjudicarle la culpa de mis expresiones negativas al regalo de la vida larga que Dios me ha dado. Finalmente llegué a la conclusión de que la raíz de mis quejas está en el hecho de que echándole a los demás la culpa de las cosas que me pasan estaba tratando de librarme de mi propia culpabilidad.

Me he puesto en guardia para vigilar las quejas de las personas con las que estoy en contacto, y de pronto descubrí la solución a ese perturbador problema. Estábamos almorzando con un amigo respetado y querido. El ordenó una sopa. “¡Está fría!”, se quejó. Después pidió un bistec. “¡Está quemado!”, se quejó, y finalmente, cuando ordenó el café, le dijo a la persona que se lo sirvió, “¡Este café está amargo, no ahorren tanta azúcar!.

¿Por qué se quejaba tanto mi amigo? Porque estaba descargando en otros la ira contenida que sufría, ya que en su casa su esposa no tan solo no le hacía caso a sus quejas, sino que le rebatía sus argumentos. Le dije reflexivamente, “¿Sabes que he aprendido algo hoy? En lugar de quejarme de que la sopa está fría, voy a darle gracias a Dios porque la tengo. En lugar de quejarme por mi bistec supuestamente mal cocinado, voy a darle gracias a Dios por permitirme disfrutar de algo que está prohibido para millones de seres humanos cuya pobreza les impide ir a un restaurante. Y en cuanto al café, si está dulce, la próxima vez lo pediré con menos azúcar; pero mientras tanto le daré gracias a Dios por conservarme el olfato y el sentido del gusto”. El calló por un momento y me dijo una simple palabra: “¡Gracias!”.

Ese es el remedio: convertir la inconformidad en gratitud. Y no demoró mucho el momento en que practiqué el axioma. El domingo, vestido con esmero, me dirigí a la iglesia; pero en el trayecto hice una pausa para disfrutar de una tacita de café. Tuve la torpeza de derramar sobre mi nítidamente planchada camisa blanca, unas gotas del aromático néctar negro. Antes del lamento y la queja se me adelantó la nobleza, y me dije a mí mismo: “Gracias, Señor, porque tengo camisa que me la manchen y café que me haya hecho la trampa”. Sonriente di la vuelta y regresé a casa. Al cambiarme la corbata y la camisa, dije en alta voz: “Gracias, Señor, porque tengo más de una camisa y un montón de amigos que me regalan corbatas”.

Mi propósito es compartir con los amigos lectores esta táctica para superar las quejas. Voy a citar dos ejemplos reales, por supuesto, sin mencionar a “los quejosos”:

“¡Qué desgracia, se me rompió el automóvil!”. ¡Dale gracias a Dios que tienes un carro que te ha llevado a todos los sitios adonde has querido ir. Una rotura como la de hoy es un recordatorio de una bendición que no has agradecido!.

“¡Qué fatalidad, tremendo dolor de cabeza¡ ¡Dale gracias a Dios por varias cosas, primero porque tienes cabeza que te duela, y además porque el dolor es una vocecita que Dios ha puesto en tu organismo para decirte que algo anda mal y tienes que buscarle solución!

Pudiera hacer una lista de quejas que echan a perder lo que pudieran ser buenos momentos. Nos quejamos del calor sin haberle tirado jamás un beso al sol; nos quejamos del frío sin agradecer el abrigo que lo mitiga ni la belleza especial del cielo en una tarde invernal. Nos quejamos del tránsito sin calcular que somos parte del problema, y sin agradecerle a Dios los casos y cosas que nos permite contemplar cuando estamos obligados a andar más despacio que de costumbre. Nos quejamos del cansancio sin tener en cuenta las fuerzas que se nos han dado para que trabajemos y sin agradecerle a Dios los recursos de que disponemos para disfrutar mejor de la vida.

Si usted es propenso a la queja, trate de virarle el forro como si se tratara de un abrigo viejo, y conviértala en alabanza y gratitud. Sepa que los quejosos no son ni populares ni bienvenidos, al contrario la gente trata de huir de ellos. ¿Nunca ha oído a alguien decir, “fulano, o fulana, es irresistible, siempre se está quejando”? No forme usted parte de ese club de los amargados, los frustrados y los “irresistibles.” Sea feliz y contagie felicidad.

Termino contando la historia de una señora amiga que llegó, hace años, a mi oficina con un recital de quejas. Fue concluyente al decirme: “¡No resisto más vivir aquí, me voy a California a empezar una vida nueva y diferente!”.

“¿Con quién te vas?”, le pregunté.

Sabía que mi pregunta la alteraría. “¿Cómo que con quién me voy?.

¡Me voy sola!”.

“No, no te vas sola. Como parte de tu equipaje te llevas tus decepciones, tus problemas y tus quejas. No tienes que cambiar de geografía, sino de actitud”.

A los tres meses regresó de Los Angeles esta joven señora más triste y desolada que nunca. “Usted tenía razón – me dijo -, el problema no estaba en Miami, sino en mí. Quiero comenzar de nuevo, con una nueva actitud, y espero que Dios me ayude”.

Y Dios la ayudó.

 

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