¿ARMAS O MANOS ASESINAS?

Por Hugo J. Byrne

hugojbyrne@aol.com

De todos los errores humanos el más común es la incapacidad de diferenciar entre las acciones y los medios, pero a veces ese error no es sincero. En la clásica tragedia “Otelo”, la emoción del público se concentra en las manos del protagonista, quien en un instante de insania homicida las usa para estrangular a Desdémona, la más dulce razón de su existencia.

Escondida en el rincón del subconsciente donde se guarda todo lo desagradable, estaba la insidia de Yago, la calumnia que provocara la locura asesina del moro. Las manos de Otelo son el único instrumento de su crimen. Esas manos eran las mismas que blandieran armas con valor generoso para la mayor gloria de Venecia. Podemos así comprobar cómo las herramientas más nobles con que nos bendijo la naturaleza, pueden convertirse en instrumento de crimen cuando son guiadas por maldad asesina.

Con sus manos e impulsado por su inteligencia, el hombre ha sido capaz de crear un sinnúmero de mecanismos cuya suma establece su nivel de civilización. Siendo el ser humano una criatura imperfecta no podemos aspirar a la perfección de sus creaciones, pero ellas en general han viabilizado el destino humano, haciendo del mundo un lugar más adecuado a la supervivencia. Sólo el fanatismo lo negaría.

Uno de esos mecanismos es la pólvora y su corolario, las armas de fuego. Sin el desarrollo extraordinario de estas armas durante los últimos dos siglos (nos agrade o no) el hombre, en el mejor de los casos, nunca habría alcanzado el grado de progreso que hoy disfruta. Los animales salvajes y peligrosos están casi extintos en los países civilizados. Precisamente, nuestro problema contemporáneo es protegerlos para evitar su extinción definitiva, lo que sería negativo ecológicamente.

Sin embargo, la antropología nos indica que el género humano también se vio en peligro de extinción (mucho tiempo antes de que se inventaran armas de exterminio masivo) por la amenaza de fieras y otros depredadores salvajes. En los albores de la civilización el peligro que presentaban los animales salvajes era casi tan grande como el del resto de las fuerzas de la naturaleza, incluyendo las tormentas, las epidemias, los fuegos, los terremotos y las inundaciones.

Estas realidades pueden parecer absurdas en el siglo XXI, pero no para quien conozca la historia de la India, por ejemplo, donde los tigres “cebados” fueron causa de migraciones en masa, incluso hasta los primeros años del siglo XX. La población de Europa sería mucho mayor si los campesinos del Medioevo hubieran poseído modernos rifles con que defender de lobos y jabalíes a sus familias y rebaños, en vez de arcos, flechas y hachas primitivas.

Hoy en día, si alguien transitara Wilshire Blvd. u otra arteria importante de Los Ángeles con un rifle al hombro, para defenderse del posible ataque de un oso gris, sería recluido en un manicomio sin tardanza. Sin embargo, dichos osos fueron abundantes y notorios residentes de California en una época no muy distante. Tan es así que se decidió inmortalizarlos en la bandera de ese estado.

Pero las grandes urbes de hoy han desarrollado al extremo otro inmenso peligro que raramente amenazara al aislado campesino de antaño. La densidad demográfica constituye imán, refugio y caldo de cultivo para todo tipo de crimen, tanto terrorista como mercenario.

Sin embargo, el derecho a la posesión de armas de fuego por ciudadanos honestos, garantizado por la constitución norteamericana, es abiertamente desafiado en nuestros tiempos por la prensa llamada “main stream”, círculos académicos y religiosos y muchos políticos demagogos. Desarmar a la población civil es el primer paso en la agenda totalitaria y no es coincidencia que fuera la Alemania Nazi el primer estado en establecer ese desarme obligatorio y forzado en los tiempos modernos.

Tampoco es coincidencia que políticos corruptos y deshonestos sean fervientes partidarios de desarmar a la gente. Ellos y otros muchos como ellos, saben perfectamente bien que son los hombres y no las armas quienes matan y delinquen. Saben que las armas no van a la guerra por sí solas, sino que son los hombres quienes las llevan. Al igual que los amables lectores, saben perfectamente bien que las armas de fuego y aquellos que las fabrican o venden no son responsables del destino que les dé quienes las usan.

Saben que las armas de fuego son objetos inanimados, sin voluntad propia y totalmente a expensas del uso que se les dé. No obstante, no vacilan en propugnar la indefensión del ciudadano honrado ante la acechanza criminal y terrorista, mediante el deleznable expediente del desarme universal.

El “Moro de Venecia” que estrangulara con sus manos a su esposa, es una figura literaria, creada por el genio inmortal de William Shakespeare. Pero no fue imaginario el estrangulador de Boston. Si una pistola puede matar y por ello debe suprimirse, también puede matar un martillo, un garrote y hasta un pisapapeles. De acuerdo al Viejo Testamento, Sansón hizo una masacre de filisteos con la quijada de un asno. ¿Deberíamos quizás ilegalizar los cuchillos, los machetes, los bates de baseball, los esqueletos de burros?

Por ese camino habría que cortarles las manos a todos los hombres. Eso ciertamente evitaría que pudieran usarlas en el crimen.

 

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