EL TRIUNFO DE LOS INTERESES SOBRE LOS PRINCIPIOS

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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«Inglaterra no tiene amigos permanentes ni enemigos permanentes. Inglaterra tiene intereses permanentes». Lord Palmerston, Primer Ministro del Reino Unido en el Siglo XIX.

La brutal sinceridad de Lord Palmerston en su pragmática evaluación de las relaciones internacionales tiene que resultar repulsiva a todo joven idealista que contemple la posibilidad de dedicar su vida al servicio público. Esa fue precisamente mi reacción cuando descubrí la frase mientras estudiaba Derecho Diplomático y Consular en la Universidad de La Habana. El reconocimiento explícito de que, para servir mejor a tu nación, tienes que anteponer intereses materiales a principios de libertad, de democracia, de solidaridad internacional y hasta de compasión humana era totalmente foráneo a mi formación humanista y cristiana.

Pero, en 1959, yo no había sido víctima del engaño de un genio diabólico que escondía la "hoz y el martillo" detrás de la cruz de Cristo, no había sido perseguido por atreverme a opinar distinto, no había tenido que recurrir al exilio para preservar la vida, no había sido traicionado por una potencia mundial que se había comprometido a compartir mi destino, ni había sido abandonado a mi suerte por un mundo indiferente que sólo velaba por sus propios intereses. Todas esas amargas experiencias tuvieron lugar con velocidad de relámpago en el curso de sólo tres años (entre 1959 y 1962). Entonces me di cuenta de que ese pragmatismo cínico no era privativo de la "pérfida Albión", como se ha calificado tradicionalmente a Inglaterra, sino era compartido por una proporción mayoritaria de las naciones del mundo y, desde luego, de sus gobernantes.

En este aspecto, los norteamericanos han demostrado ser buenos alumnos de los ingleses. En abril de 1961, un presidente que había comprado las llaves de la Casa Blanca pero que no había podido comprar los pantalones para enfrentar adversarios, condenó al fracaso con su cobardía a la gesta heroica de Bahía de Cochinos. Kennedy estuvo más interesado en salvaguardar su imagen internacional de santurrón idealista que en cumplir su compromiso con los aliados a quienes había prometido absoluta protección aérea en el curso de la invasión. A pesar de la traición que los hizo vulnerables a la aviación y a los tanques castristas, el poco más de un millar de valientes de la Brigada 2506 causó más de 3,000 bajas al enemigo mientras sufría solamente un centenar de muertos. Ante la ignominia de Kennedy, un norteamericano que sí tenía pantalones y honor, el agente de la CIA, Grayston Lynch, escribió: "Nunca he estado tan abochornado de mi país".

Buscando salvar su honor, los improvisados estrategas de la Casa Blanca lanzaron la Operación Mangosta, unas operaciones encubiertas encaminadas a debilitar a la tiranía castrista cuyo éxito limitado fue parado en seco por el emplazamiento de proyectiles nucleares soviéticos en territorio cubano. Una vez más a Kennedy le flaquearon las piernas, aceptó desmantelar los proyectiles nucleares estadunidenses en Turquía y prometió no invadir jamás a Cuba a cambio de que los rusos retirarán sus proyectiles de territorio cubano. El pacto secreto suscrito entre el "imberbe" de Boston y el "lobo" de las estepas como salida indigna a la Crisis de los Misiles condenó al pueblo de Cuba a un infierno de medio siglo.

Pero la cobardía de Kennedy fue superada únicamente por su hipocresía cuando, a menos de un mes de haber traicionado a sus aliados cubanos firmando el pacto secreto con Khrushchev, se reunió con los recién liberados miembros de la Brigada 2506 en el Orange Bowl de Miami, el 29 de diciembre de 1962. En el momento de recibir la bandera de la brigada de manos de su jefe, Manuel Artime, Kennedy prometió en tono solemne que un día devolvería la bandera en una Cuba libre. Si quienes lloraron de emoción en aquel momento hubieran sabido la dimensión de la burla después de la traición habrían llorado de frustración y rabia.

A partir del instante aciago de la firma del pacto secreto, el triunfo de los intereses sobre los principios sería el factor dominante en la persecución de los patriotas cubanos que trataron de lanzar acciones armadas contra la tiranía castrista desde territorio norteamericano o desde islas adyacentes que eran patrulladas por guardacostas de Estados Unidos. Citando una obsoleta y esporádicamente aplicada Ley de Neutralidad según conviniera a sus intereses, Washington se convirtió en el gendarme que ha protegido a los asesinos, carceleros y represores más longevos en la historia de nuestro continente.

Hasta los propios sicarios del castrismo disfrutaron de impunidad cuando asesinaron en territorio norteamericano a abanderados de nuestra libertad como José Elías de la Torriente (1974), Rolando Masferrer (1975) y Juan José Peruyero (1977). El FBI, mientras tanto, miraba hacia otro lado porque, después de todo, era una bronca entre cubanos cuya sola existencia constituía un molesto recordatorio de la traición de Bahía de Cochinos.

Pero ni la hostilidad ni la persecución de los gendarmes norteamericanos del castrismo lograron paralizar las actividades de los verdaderos patriotas cubanos. Desde 1963 y hasta fecha tan cercana como el 2001, centenares de combatientes cubanos, desmintiendo a los maledicentes que nos acusan de cobardes, hundieron barcos, bombardearon puertos, dinamitaron instalaciones e invadieron territorio cubano. En la síntesis a la que obliga este artículo me vienen a la mente organizaciones como Alpha 66, Comandos L, Ejército Cubano de Liberación y el Partido Unidad Nacional Democrático. Todos ellos contaron con hombres del coraje de Tony Cuesta, Vicente Méndez, Tomás Ramos, Pedro Álvarez, Armando Sosa y tantos otros a quienes pido perdón por no mencionarlos.

Andando el tiempo, la política de defender intereses sobre principios no sólo ha continuado siendo aplicada por los Estados Unidos si no ha sido compartida por las naciones al sur del continente, casi siempre a través de organizaciones obsoletas como la OEA o patibularias como UNASUR. Como testimonios de anacronismos jurídicos y de cementerios de principios baste señalar el Pacto de Asistencia Recíproca, suscrito en Río de Janeiro en 1947, la Declaración de Caracas de 1954 y la Carta Democrática Interamericana, firmada en Lima en septiembre del 2001.

Ningún país ha recibido asistencia bajo el Pacto de Asistencia Recíproca, la Declaración de Caracas, encaminada a detener los avances comunistas después de la asonada de Arbenz en Guatemala, no fue capaz de impedir el comunismo en Cuba y la Carta Democrática Interamericana ha caído bajo el peso del cinismo de los países que nombraron a un tirano como Raúl Castro presidente de la CELAC. La UNASUR se empeña ahora en dar legitimidad a un tirano que se robó el poder con el arma del fraude electoral, que reprime a mujeres, que asesina a estudiantes y que encarcela a políticos que le resultan incómodos a sus planes de perpetuarse en el poder.

Nuestra América se ha convertido en el estercolero en el que medra, miente y se aferra al poder una pandilla de políticos que, de tanto servir sus intereses, se han olvidado de cualquier principio que hayan albergado en su juventud o con el cual hayan iniciado su carrera pública. Sin embargo, se han hecho con el poder por medio del engaño o la violencia. Porque, como apunta Víctor Hugo en "Los Miserables", los seres humanos "hemos confundido muchas veces las estrellas del firmamento con las huellas que dejan sobre el pantano las patas de los gansos".

La América a la que aspiramos los hombres y mujeres de honor tendrá que ser salvada de esta plaga de facinerosos por el esfuerzo y el coraje de sus mejores hijos; así como por la hidalguía de los pocos líderes que hayan cruzado el pantano sin enlodarse los pies. Hombres como el venezolano Leopoldo López, el cubano Oscar Elías Biscet, el peruano Mario Vargas Llosa y el hondureño Roberto Micheletti. Desde luego que hay otros pero con estas cuatro joyas basta para adornar lo que digo.

La labor será, sin dudas, de grandes proporciones. Pero podemos empezar por demandar transparencia y honestidad por parte de nuestros líderes. Porque, en lo que a mí respecta, prefiero la brutal sinceridad de Lord Palmerston antes que la cobardía de Kennedy o la hipocresía de los asalariados de la OEA o de UNASUR.

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