LÁGRIMAS

Rev. Martín N. Añorga

Este artículo se lo dedico a la niña que me abrazó con sus temblorosos brazos mientras lloraba la muerte de su papá. Le dije, “ahora te quedan dos padres, Dios y yo”. Recostó sobre mi hombro su cabecita y al poco rato quedó dormida.

San Agustín dijo en cierta ocasión que “las lágrimas son la sangre del alma”, y no es de extrañarnos que un santo como el venerado obispo de Hipona, haya expuesto tal idea. Centenares de años antes el rey David hizo esta confesión: “cansado estoy de sollozar; todas las noches inundo de lágrimas mi cama, ¡mi lecho empapo con mi llanto!”.

Víctor Hugo, el extraordinario autor francés, en un tono de sorpresiva espiritualidad afirmó que “los ojos no pueden ver bien a Dios, sino a través de las lágrimas”. Estamos seguros de que existe un definido matiz religioso en nuestras lágrimas. Y sé que es así, porque después de ellas nos llegan el alivio, el consuelo y la paz.

Recuerdo a mis abuelos, hace decenas de años, la mañana en que sufrí una caída y y me eché a llorar. “Los hombres no lloran”, me amonestó mi abuelo, no teniendo en cuenta que yo era apenas un niño. Estaba reaccionando de acuerdo a los viejos tiempos en que se creía que los varones tenían menos corazón que las niñas; pero la realidad es que he llorado más veces de adulto que cuando era un chiquillo de corta edad.

Llorar es una necesidad emocional que nos extrae de adentro el dolor y lo diluye cuando lo convertimos en emotivo desahogo.. Es curioso el misterio de una lágrima. Se derrama cuando somos felices, recibimos una grata sorpresa, logramos el buen éxito que añorábamos o experimentamos una prueba de amor. Nunca olvidaré el nacimiento de mi primera hija. Su madre sufrió fuertes dolores de parto y no podía contener los inquietantes quejidos; pero cuando nació la niña y la vio saludable y bonita empezó a derramar las lágrimas más santas y puras que yo he visto. Han transcurrido 55 años y todavía esas lágrimas lloradas por otros ojos, humedecen los míos.

He sido testigo de los padres que lloran cuando abrazan al hijo que regresa de la guerra sano y salvo. No olvido a la madre feliz que me dijo: “mucho lloré en su ausencia, y ahora lloro a su llegada”.

Me han conmovido las lágrimas de las novias que al recibir la bendición matrimonial mezclan de una maravillosa forma las lágrimas de sus ojos con las sonrisas de sus labios. Susana, pronunciadas ya las palabras finales del casamiento, lloraba sobre el rostro de su recién estrenado esposo. Alguien le susurró al oído que cuidara su maquillaje, y ella, de forma filosófica dijo con voz entrecortada, “no importa, ahora mi maquillaje es él”.

Me he estremecido en los aeropuertos de Miami cuando veo a los extenuados viajeros procedentes de Cuba que se arrodillan para besar la bendita tierra americana y la riegan con un amoroso recado de lágrimas. Alcanzar la libertad es un brillante collar que se engalana con las perlas de las lágrimas.

Aunque a menudo se llora ante las alegrías de la vida, hay muchos casos, sin embargo, en que las lágrimas son anuncio de dolor, tristeza, amargura, desesperación o soledad. Con personas que encarnan esta realidad me he identificado en incontables ocasiones. Razón tenía Amado Nervo cuando escribió estos versos:

“Ya no hay dolor humano que no sea mi dolor,

ya ningunos ojos lloran, ya ningún alma se angustia

sin que yo me angustie y llore,

ya mi corazón es lámpara fiel de todas las vigilias”.

¿Quién no ha llorado ante la muerte de un niño? Nunca he logrado guardar compostura. Recuerdo a numerosas madres que en la camita del hospital han llorado desconsoladamente. Muchas de ellas me han lanzando esta pregunta como un dardo hiriente: “¿Por qué muere mi inocente criaturita y hay tanta gente grande mala que vive sin que Dios le mande la muerte? He comprobado que las frases estereotipadas tales como “Es un angelito que va al cielo”, o “Dios lo ama tanto que lo llevó a su lado para salvarlo de la maldad del mundo” suenan huecas y sin sentido. En casos como éstos el camino adecuado es ”llorar con los que lloran”, como dice La Biblia. Este es el sendero más corto para comunicarnos con los que sufren. Lo expuso hace tiempo, Lope de Vega: “no hay en el mundo palabras tan eficaces, ni orador tan elocuente como las lágrimas”.

A lo largo de mis más de sesenta años de ministerio cristiano he visitado centenares de hospitales, funerarias y cementerios. He tenido que apartar a esposas que se abrazan al féretro de sus compañeros de toda la vida. He tenido que enfrentarme a hijos e hijas que lloran la muerte de sus padres. En muchos casos los he dejado llorar, porque las lágrimas son fuente de consuelo y reparación. A veces, lo confieso, he hecho mías las palabras del salmista (42:3): “mis lágrimas son mi pan de día y de noche, mientras me echan en cara a todas horas: ¿Dónde está tu Dios?”. La pregunta se responde en Las Escrituras con estas palabras: “”A Ti he clamado, Señor. Tú eres mi refugio, mi porción en la tierra de los vivientes. Atiende a mi clamor, porque estoy muy abatido … (Salmo142:5). Porque el dolor suele debilitar nuestra fe y estremecer nuestras convicciones, mi fuente de poder –para mí y para compartir- la hallo en estas palabras del profeta Isaías: “el Señor omnipotente enjugará las lágrimas de todo rostro”.

Una de las experiencias más traumáticas en el destierro en los años iniciales del exilio, era el no poder ir a la patria herida para estar al lado de nuestros padres, hijos o hermanos cuando eran atrapados por la muerte. Recuerdo a varias personas que se han acusado a gritos por haber emprendido la ruta del destierro dejando atrás a sus seres más amados. Me recuerdan a la pobre mujer de la que se habla en el evangelio de San Lucas que “llorando se arrojó a los pies de Jesús de tal manera que se los bañaba en lágrimas”.

La Biblia es libro santo en consuelo pródigo para la hora de la lágrima triste. ¿Quién no halla un hálito de paz en estas palabras?: “Porque el Cordero que está en el trono nos guiará a fuentes de agua pura, y Dios nos enjugará toda lágrima de los ojos”. (Apocalipsis 7:17).

Algo verdaderamente sorprendente lo hallamos en el evangelio según San Juan. Es una frase breve, pero que proyecta un cúmulo de ideas. Es el versículo más corto de Las Escrituras, Solamente dos palabras: “Jesús lloró”. (Juan 11:35).

¿Cómo es posible que Jesús, el Señor de señores, el Redentor, Rey de los cielos, se haya humillado acogiéndose a la sumisión o tal vez a la rebeldía de las lágrimas? Recuerdo las palabras del Apóstol San Pablo en su epístola a los Filipenses, quien hablando de Jesús dijo que “se rebajó voluntariamente, tomando naturaleza de siervo y haciéndose semejante a los seres humanos”. Jesús entiende nuestros sufrimientos porque El también los ha experimentado, y en el esplendor de sus lágrimas está la purificación de las nuestras.

Jesús tenía ganada su imagen de Mesías, sanando enfermos, resucitando muertos y predicando la Palabra de forma como “nunca antes otro había hablado”; pero no le importó presentarse a los demás como un sencillo amigo que lloró por un ser amado que había muerto. Me molestan estos “santos” que se llegan al sufriente que llora y le dicen “tú eres cristiano, compórtate como tal y enfréntate al dolor sin derramar lágrimas”. ¿Querrán –me pregunto yo- que seamos mejores que Jesús? Exhibir una lágrima de dolor es darle voz al corazón.

Pensemos, finalmente, en que Jesús lloró ante la ciudad de Jerusalén, Iba a ser crucificado en esa misma santa ciudad, había anunciado el camino verdadero al reino y muchos le fueron indiferentes y agresivos. Nosotros hemos sido también víctimas de la traición y la deslealtad. Debemos seguir el ejemplo de Jesús y llorar por aquellos que insisten en vivir con sus almas hundidas en el fango de la maldad. ¡Lágrimas, perlas que brillan de decoro cuando son sinceras, justificadas y puras como las que derramó Jesús!

Y termino, citando a un escritor secular con este pensamiento de Stendhal: “frecuentemente las lágrimas son la última sonrisa del amor”.

 

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