¿UNA GRAN BANANERA PARA EL MUNDIAL?

Por Hugo J. Byrne

Se le atribuye a un jefe de estado europeo del siglo pasado llamar a Brasil “Un pays pas serieux” (un país sin seriedad). ¿Injusta generalización? Es posible, pero veamos.

El potencial de Brasil es aún enorme. Potencial que podría convertir a este gigante de Sudamérica que ya pasa de los 200 millones de habitantes en una superpotencia económica, industrial y estratégica. Sin embargo Brasil sólo puede reclamar, si acaso, un liderazgo regional no muy honroso: es el monarca tuerto en un imperio de ciegos. ¿Por qué?

La respuesta es fácil: se trata del viejo freno, síndrome del cáncer socialista-populista que casi logra en Brasil Getulio Vargas y que sembrara profundamente en la vecindad sudamericana el General sin batallas Juan Domingo Perón. Ese cáncer lo continuaron después sus muchos hijos putativos a través de toda Centro y Sudamérica, México y el Caribe. Además, otro factor importante y denominador común entre las naciones de la región desde hace muchísimos años, es el miedo. El terror a que La Habana les revuelva el cotarro doméstico. ¿Qué otra razón pudo explicar la increíble actitud abyecta de Santos y Piñera?

El problema es que, entre un sinnúmero de otras lacras, el populismo-socialismo, o como se le quiera llamar, consiste en una burocracia desenfrenada en la que la proporción entre “jefes” e “indios” es completamente absurda. En un artículo que llegó a mis manos firmado por Daniel Benítez y usando cifras oficiales del régimen castrista, se describe con precisión este problema que no es exclusivo de las tiranías totalitarias, pero que alcanza en ellas una extrema gravedad.

De acuerdo a los resultados del censo de “población y vivienda” que hiciera el régimen de Mirabal en 2012, la población que en Cuba disfruta de empleo es solamente el 54% entre los mayores de 15 años. Dado el sistema de vida impuesto desde principios de los años 60 ¿implica esto que los menores de 15 dependen del estado junto al resto de los mayores de esa edad (46%) para cubrir necesidades básicas? En el caso de La Habana la respuesta es afirmativa. ¿Quién puede asombrarse de que ese régimen necesite cada día mayores contribuciones externas para sobrevivir?

Entre otros factores de gran importancia la población en Cuba envejece en promedio y no crece. Compárese la población cubana con la de Venezuela, país que también encara agudos problemas sociales, políticos y económicos desde hace 22 años. Al comienzo de los años 60 Venezuela contaba con una población cuantitativamente similar a la de Cuba (aproximadamente entre 8 y 9 millones de habitantes). En el año 2010 Venezuela ya tenía casi 29 millones. Cuba, cuatro años después apenas llega a 13.

Otras cifras oficiales levantan parcialmente la cortina que oculta para la creciente mayoría ignorante el absoluto fracaso del socialismo castrista: el 23% de la fuerza laboral activa, según sus propias estadísticas, no está dedicada a la creación de bienes materiales o a la prestación de servicios. ¿Su única función? Supervisar, asesorar o dirigir. ¿Dónde está la sociedad sin clases? ¿Dónde se escondió el prometido empleo universal? ¡En Cuba hay un “jefe” para cada tres “indios”!

Por la primera vez durante varias décadas puede afirmarse que el rumbo económico de Brasil parece transitar también en esa dirección. Al igual que su vecino del sur que prometía tanto a principios del pasado siglo XX, no sólo ha frustrado Brasil su anhelo de un esplendoroso presente, sino que ahora empieza a parecerse demasiado al resto de Iberoamérica y ese resto es bien patético. Sería muy fácil listar las buenas noticias sobre el espectacular crecimiento demográfico de Brasil. Pero la verdad es una sola, la aceptemos o no. Tenga o no el consenso de la mayoría.

Doscientos millones no son tantos si se considera que esa creciente población aún se concentra densamente en la costa sudeste. El norte de Brasil continúa teniendo una demografía de subdesarrollo. El interior del país aún permanece esencialmente despoblado a excepción de Brasilia y sus entornos. Estados Unidos, todavía es la primera potencia económica del mundo muy a pesar de la presente administración en Washington, aunque su población es por lo menos mil millones menor que la de China.

¿Cómo logró Estados Unidos esa afluencia tan elástica y duradera? Mediante el libre comercio y conservando prudentemente lo que los trasnochados socialistas llaman con desprecio la “plusvalía.” En realidad no existe una tercera posición entre un capitalismo sin el lastre de arbitrarias restricciones asfixiantes y la enquistada, ineficiente, injusta y raquítica sociedad colectivista.

Es obvio que una vez que se entra en la rápida pendiente del estatismo ya no hay regreso. Como afirmara recientemente un conocido comentarista de “talk radio”, un “progresista no es más que un comunista con paciencia”. Amigo lector, se puede crear capital en libertad o distribuir la miseria mediante opresión: no existen términos medios.

El gobierno insolvente es tan sólo uno de los muchos resultados nocivos al aplicar la teoría socialista en su pura esencia. De esto dan fe cuantas sociedades han aceptado los cantos de sirenas de algún caudillo “progresista”. Después de algún tiempo, al desatarse la ruina, el único expediente posible para mantener el nuevo status quo es la “opresión progresiva”. Irónicamente es necesario entender las múltiples limitaciones y los defectos de la democracia para poder conservarla: un electorado ignorante puede con su voto avalar la tiranía y la historia prueba que lo hace consistentemente.

Brasil nunca había escuchado desde el poder constituido un discurso tan populista como el de su actual administración. En realidad el antecesor “Lula” da Silva, a pesar del mandatorio enjuague bucal periódico después del besuqueo al hediondo trasero de Castro, nunca trató de redefinir el contrato social brasileño en términos “progresistas”. Ahora escuchamos un discurso peligrosamente distinto en la presente mandataria, quien es una apuesta 100% segura para la reelección. ¿Estaremos contemplando una nueva “super-república bananera”?

Cuando en febrero de 1942 el novelista y dramaturgo Stefan Zweig y su esposa consumaran un pacto suicida en las afueras de Río de Janeiro, nada hacía suponer que las causas de su fin tuvieran relación alguna con el futuro de ese enorme país. Por el contrario, uno de los más leídos escritores de los años 30, Zewig consideraba Brasil como el mejor país del mundo. Yo tenía algunos libros de ese autor, entre ellos “Brasil; país del Futuro”. Creo que el título lo dice todo.

Eventualmente se supo de la inestabilidad emocional y otros problemas íntimos de Zweig. Ello, sin olvidarnos de que en su caso la persecución no era delirio sicopático sino realidad palpable.

No olvidemos que en febrero de 1942 el “Eje” aún parecía estar ganando la guerra. A pesar de la entrada de Los Estados Unidos en el bando aliado, los primeros y abrumadores descalabros militares alemanes como Stalingrado, El Alamein y Túnez, pertenecían entonces al futuro. Tengamos en cuenta que Zweig era judío y que su vida adulta fue un constante escapar de una brutal persecución.

En definitiva, ¿a qué tiempo futuro se refería el austriaco en esa obra? El futuro de ayer es el presente. El Brasil paradisiaco que anunciara Sweig no se ha materializado y ni siquiera está en el horizonte.

 

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