LA FORJA DEL CARÁCTER

Por Hugo J. Byrne

“Dejé de leer el periódico a los quince años de edad”. Ettore Muti (Guarda espalda de los hijos de Mussolini)

Muchos jóvenes que derriban de repente obstáculos que en su inexperiencia ven insuperables, tienden a desarrollar una inclinación a la soberbia. Otros adquieren esa corrupción del carácter a través de un complejo de inferioridad cuyas causas varían. Por ejemplo: una infancia infeliz. Nada de eso justifica el crimen: cada cual reacciona de modo diferente a los desafíos del destino: vivir entraña una responsabilidad inalienable.

Antes de cumplir dieciocho me creía amo del universo. A pesar de la guía y la educación que recibí desde la cuna, llegué a “sentir” que era probablemente más listo que el resto de la gente. Con los años y los sufrimientos, el respeto al prójimo atemperó esa noción inmadura. Eventualmente comprendí que las normas de conducta que me inculcaran con infinita paciencia, constituyen la fragua donde se forja el carácter.

Estimo que esa tendencia inmadura corrompe al individuo. También creo que la soberbia es la semilla de la tiranía.

El estadista y financiero francés Charles-Alexandre de Calonne en 1783 fue nombrado por Luis XVI Regulador General del Comercio de Francia. Por entonces esa nación encaraba una deuda nacional enorme debido a los gastos incurridos ayudando a la Revolución Americana.

Calonne era considerado un genio de las finanzas. Su lema, no muy modesto, era “Lo posible ya está hecho. Lo imposible se hará”. Con esa mentalidad propuso aumentar considerablemente los impuestos de la nobleza y el clero. Su percepción era justa y correcta, pero tratando de imponerla en virtud de la sola fuerza de su fama chocó contra una pared de intereses creados.

Hizo público el déficit de más de cien millones de “livres” (unidad monetaria que antecedía al franco). Esto provocó convenir los Estados Generales en 1788, abriendo así el primer capítulo de la muy sangrienta Revolución Francesa. El Rey Luis había despedido a Calonne el año anterior y el arrogante economista fue a dar a Inglaterra cuatro meses después. Desde allí hizo cuanto pudo por defender los intereses de los mismos a quienes antes había tratado de gravar considerablemente, dedicándose a combatir al nuevo régimen con todos sus mejores esfuerzos. En ello también fracasó.

Calonne fue el consejero principal de los nobles emigrados políticos de Francia en Londres. Fue crítico incesante de La Asamblea Nacional que trataba de abolir las instituciones feudales de Francia a fuerza de guillotina. Es decir, Calonne había cambiado radicalmente de partido. Durante el Consulado de Bonaparte en 1802 el economista regresó a Francia, pero falleció poco después. La arrogancia frustra las mejores intenciones, malogrando el esfuerzo de aún los más dotados.

El denominador común de cuantos tiranos han asolado el planeta desde mediados del siglo XVIII es la ausencia de espiritualidad. Hitler participaba ostensivamente en los ritos de la fe, pero despreciaba el concepto espiritual de la vida. A pesar de su frecuente mención de la Providencia, era indiferente a ella y en consecuencia carente de ética. En sus ideas campeaba el paganismo de los bárbaros que invadieran Europa Central. Por otra parte, consultaba un astrólogo con regularidad. Con sus acciones, sin embargo, demostró no creer ni en su progenitora.

No cabe duda que Hitler era un aberrante carismático e intuitivo, no muy diferente a Castro en muchos aspectos. Mussolini por el contrario tenía innegable capacidad analítica y comprobó en Múnich que los aliados occidentales no abrigaban el menor interés de oponerse a las ambiciones de Berlín, siempre que no les afectara directamente. Esa correcta percepción de Mussolini en 1938 selló el trágico destino de Europa.

Mussolini prestó cuidadosa atención a todo, excepto a dos posibles circunstancias que cambiarían la situación radicalmente: el gobierno británico podía reagruparse alrededor de germanófobos y anti nazis y esto podía ocurrir aún manteniéndose una mayoría conservadora en el parlamento. La más decidida oposición a las ambiciones expansionistas de Hitler en la Cámara de los Comunes no surgía de políticos liberales y laboristas, sino de conservadores, como Eden y Churchill.

El otro y más importante cambio probable era la súbita entrada de Estados Unidos en la guerra. No existe la menor evidencia histórica de que Hitler sospechara de antemano los planes del Japón en Pearl Harbor. Si Berlín desconocía las intenciones japonesas, Mussolini las sabía aún menos.

“Il Duce” esperó indeciso aún después de la evidente derrota franco británica de Las Ardenas en 1940 antes de invertir 32 de sus divisiones en el sur de Francia. Cuando por fin ordenó la ofensiva, el pírrico resultado de sus soldados lo enfureció: “en cuanto encontraron alguna seria oposición detuvieron su avance”.

En la trilogía de tiranos totalitarios que casi logran presidir el fin de nuestra civilización a mediados del siglo XX, aún no he mencionado a quien quizás fuera el más responsable de la tragedia. No hay peor cuña que la del mismo palo, reza un proverbio español. Éste se aplicaba sin duda a un georgiano llamado Iosif Dzhugashivili.

Si el amable lector encuentra ese nombre impronunciable, llámelo por el apodo (o “nombre de guerra”) que él mismo escogiera: Stalin (“Acero” en ruso). El tiempo transcurrido en un seminario ortodoxo no inspiró la menor compasión cristiana en este genocida paranoico, quien indiscutiblemente capturó el record de crímenes en masa hasta que Mao Zedong lo superara a partir de 1949.

Sobran quienes por ignorancia o corrupción pretenden olvidar hoy que la Segunda Guerra Mundial empezó gracias a un entendimiento diplomático entre dos tiranos socialistas no sólo ajenos, sino activamente hostiles a la vida espiritual. El llamado “Pacto Ribbentrop-Molotov” que en realidad era entre Stalin y Hitler, hizo posible que Polonia fuera una vez más en su historia invadida y su territorio violado y repartido entre imperios criminales.

En resumen, la habilidad política exenta de carácter nunca es conducente a la felicidad individual o social y el carácter no se desarrolla sólo mediante la fe. El aprendizaje es necesario a la convivencia social: ningún ignorante es capaz de ayudar al prójimo o a sí mismo.

 

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