LA BORRACHERA CHILENA

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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En lo que concierne a ideologías, los chilenos son como un borracho que no es capaz de superar su debilidad por el alcohol. El capitalismo de mercado libre les desarrolla la economía y les eleva los niveles de vida mientras el socialismo estatista los somete a la dependencia y los condena a la miseria. La derecha los libera para que sean los arquitectos de sus éxitos individuales mientras la izquierda los esclaviza para que sean instrumentos en el éxito del estado colectivista. Han coqueteado algunas veces con la derecha pero siempre regresan a la izquierda. En esta pugna ancestral entre ambas ideología, al menos por el momento, la izquierda parece estar ganando la partida. Por eso el ex presidente Sebastián Piñera dijo hace un par de meses que la derecha chilena confrontaba grandes obstáculos para ganar elecciones a nivel nacional.

Tan temprano como el 4 de junio de 1932, los chilenos proclamaron la República Socialista de Chile en un movimiento que sorprendió y dividió a la opinión pública de la época. En una extraña coincidencia, los comunistas y los estudiantes de la Universidad Católica la rechazaron mientras sectores demócratas, socialistas y federaciones de empleados le manifestaron su apoyo. Afortunadamente, tres meses después el general Bartolomé Blanche puso fin a la descabellada utopía y convocó elecciones presidenciales y parlamentarias.

Pero si una cosa tienen los ideólogos de la izquierda es una energía casi inagotable para insistir en la imposición de su dogmatismo ideológico y para sacrificar principios en aras del oportunismo político. Durante 40 años los socialistas chilenos mantuvieron una estrategia de alianzas con otros partidos minoritarios, aún cuando no existiese una gran coincidencia en principios. Fue así como Allende, después de perder las elecciones presidenciales de 1952, 1958 y 1964, fue electo presidente en 1970 con un escaso 36 por ciento del voto popular y una pequeña ventaja sobre el conservador Jorge Alessandri que obtuvo el 35 por ciento de los sufragios.

Lo estrecho de los resultados, con menos de cuarenta mil votos de diferencia entre Allende y Alessandri, puso a la Democracia Cristiana como el árbitro de la situación en la votación que debería celebrarse en el Congreso. El demócrata cristiano Radomiro Tomic, tercer candidato en esas elecciones, ordenó a la bancada de su partido que votara por Allende, quién recibió 153 votos sobre 35 de Jorge Alessandri. La democracia cristiana, con su paternalismo enfermizo de crear ciudadanos parásitos, se alió con una izquierda al servicio de Moscú y manipulada desde La Habana. Por eso de que el "hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra", la democracia cristiana ha repetido la trastada apoyando a la Bachelet en estas últimas elecciones chilenas.

Pero volvamos a Allende. Escasamente al año de haber tomado posesión, aparecerían los primeros problemas económicos. El déficit presupuestario creció a un ritmo acelerado, del 3,5 % del PGB en 1970 paso a 9,8 en 1971; la política monetaria se descontrola al crecer en un 124% el crédito del sector público; cae el nivel de reservas internacionales de 394 millones de dólares (1970) a 163 (1971), por lo que el gobierno de la Unidad Popular suspende el servicio de la deuda externa; la balanza comercial paso de un superávit de 95 millones al iniciar el gobierno a un déficit de 90 millones.
Para empeorar las cosas, el dinosaurio cubano se pasó tres semanas recorriendo Chile, antagonizando a la oposición y dándole lecciones a Allende sobre cómo se construía el socialismo. Según un informe secreto de la CIA, Castro le dijo a Allende que: "Existen muy pocas posibilidades de construir un Estado marxista en Chile si no se usa la violencia".

Y la violencia llegó el 11 de septiembre de 1973, pero en forma de rebelión libertadora liderada por el General Augusto Pinochet Ugarte. Un hombre que se rodeó de un equipo de profesionales capacitados que restauró la salud económica del país, elevó los niveles de empleo, promovió la prosperidad ciudadana y recuperó el respeto de la banca y de los inversionistas internacionales. Y sobre todo, un patriota que, a diferencia de los Castro y los Maduro, entregó el poder en 1994 a través de unas elecciones ejemplares y transparentes. Si los socialistas chilenos tuvieran vergüenza estarían eternamente agradecidos al hombre que los salvó de la pesadilla que sufrimos hoy los cubanos y los venezolanos. Pero eso es quizás pedirles demasiado.

La bonanza económica creada bajo el gobierno de Pinochet mantuvo su impulso durante los próximos 16 años bajo los gobiernos de los demócrata cristianos Patricio Aylwin Azocar y Eduardo Frei Ruiz-Tagle, al igual que del socialista Ricardo Lagos. Hasta el socialista Lagos tuvo buen cuidado de no interrumpir el ritmo de desarrollo económico con políticas estatistas que impusieran obstáculos a la economía de mercado libre. Algo similar hizo Michelle Bachelet durante su período del 2006 al 2010. Un discurso populista para las multitudes y una política pragmática de estímulo a las empresas que generan empleos. La economía chilena se convirtió en la admiración de América y el asombro del mundo.

Por su parte, el conservador Sebastián Piñera concentró sus esfuerzos en llevar a más altos niveles la prosperidad económica de Chile sin los artificios demagógicos de su predecesora. Eso le costó una considerable baja en sus niveles de popularidad y ha servido de justificación al cambio de rumbo que ha prometido la Bachelet en este segundo mandato que comenzó el pasado mes de marzo. En su reciente discurso de toma de posesión insistió en que “el único gran adversario de Chile” se llama desigualdad. Agregó que Chile no es sólo “un listado de indicadores o estadísticas”, en alusión irónica al crecimiento sostenido durante los cuatro años de Piñera de un 5,5% que, según ella, dejó al margen de las mejoras a millones de personas. Palabras lógicas de una ideóloga que, en el 2009, salió de una larga entrevista con el diablo cubano diciendo "Como siempre, (Castro está) muy interesado en los temas de Chile, manejando mucha información, estadística, interesado por conocer el desempeño en áreas en las cuales hemos sido muy exitosos".

Pero, cinco años más tarde, el socialismo en la América Latina se encuentra bajo escrutinio y en retirada por la brutal represión que vemos a diario en las calles de Venezuela. La Michelet confronta la nada atractiva alternativa de apoyar a un gemelo ideológico que le da un mal nombre al socialismo o condenar su conducta totalitaria y represiva. Adopta por una cuerda floja que la lleva a una contradicción.

Por un lado dice que “jamás apoyaremos ningún movimiento que de manera violenta quiera derrocar a un gobierno constitucionalmente electo”. Por el otro, utiliza el impersonal vehículo del Twitter para decir: "Repudio la represión en todos sus órdenes. Venezuela debe realizar plebiscito. Mi mayor rechazo a Nicolás Maduro. No se ataca al pueblo". ¿Está esta mujer con el pueblo o con Maduro?

Yo digo que con ninguno. Porque esta señora camaleónica que anatemiza la "dictablanda" de Pinochet y admira la dictadura de los Castro no está con más nadie que con ella misma. Su interés parece ser llenar el vacío que deja el socialismo de cara grotesca que encarcela, reprime y mata estudiantes en Caracas por un socialismo solapado con una cara más humana.

Para ello le prohibió a Maduro que mostrara su cara de burro triste en las ceremonias de su toma de posesión y anda haciendo declaraciones cantinflescas para confundir a sus críticos y mantenerse en el disfrute de lo que su mentor cubano llama "las mieles del poder". La borrachera de poder sigue ya sea con un pisco chileno, una chicha venezolana o un ron cubano. Los pueblos que valoramos la libertad tenemos que cerrarles la cantina.

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