LA "FIESTA" DEL GUATAO

Por Hugo J. Byrne

“Cuando trato de entender lo que está sucediendo hoy o lo que sucederá mañana, miro hacia atrás.” (Oliver Wendell Holmes Jr., Famoso jurista, quien presidiera la Corte Suprema de Estados Unidos)

¿Sabemos los cubanos quiénes somos y de dónde venimos? Sólo aquellos que conocen su origen pueden identificarse a sí mismos y cuando no se establece un punto de partida es imposible alcanzar una meta.

Si alguien hiciera esa terrible pregunta al exiliado cubano promedio (y conste que no uso la palabra exiliado a la ligera) la respuesta, si alguna, sería dubitativa. Lo peor es que siempre abundan quienes se precian de conocer nuestra historia muy bien. Los hay absolutamente bien intencionados e igualmente ignorantes. Recordemos que no hay ignorante peor que quien no se ha enterado de ello.

No pretendo intentar la definición de nuestra nacionalidad con exactitud meridiana en el espacio de un simple artículo de tres o cuatro cuartillas. No soy tan ambicioso ni arrogante. Además es evidente que para una tarea de tal envergadura se necesitaría un cronista de mayor autoridad intelectual y talento que los míos. Sin embargo no me arredra sugerir algunas pistas hacia esa identificación. Aquí van.

En el verano de 1998 la revista “Quarterly Journal of Military History” publicó un artículo titulado “The Trochas”, escrito por Michael Blow. El artículo, conmemorando el centenario de los acontecimientos culminantes de la insurrección en Cuba, trataba sobre esas dos complejas instalaciones militares, precursoras de la Línea Maginot y que resultaran tan “eficientes” como ella. Con la primera, España intentaba aislar al General Máximo Gómez de las provincias occidentales de Cuba. La segunda se construyó con el propósito de embotellar a Maceo en Pinar del Río. El interesante trabajo cubría otros temas importantes relacionados con las guerras de independencia.

Amigo lector, no fue la trocha entre Júcaro y Morón lo que frustrara los planes del futuro Generalísimo de “invadir” las provincias de occidente durante la primera guerra por la independencia de Cuba (acción anticipada por el entonces Capitán General Conde de Balmaseda), sino la oposición a sus planes por parte de sus propios compañeros de armas en el Ejército Libertador. Esa realidad, de que la inteligencia peninsular tenía irrefutable evidencia, fue deliberadamente ignorada a cambio de la fábula de las “inexpugnables trochas”, que recibiera todo el crédito en la prensa española por la victoria temporal de Madrid en 1878.

A ese mito histórico contribuyó no poco Richard Harding Davis, uno de los reporteros más famosos de su tiempo, en su libro “Cuba in War Time”. El “dandy” Davis, Sylvester Scovel y el ilustrador Frederick Remington, representando los imperios publicitarios de Joseph Pulitzer y William Randoph Hearst, se entrevistaron con Weyler en la Capitanía General de La Habana. Tras un par de días en el Hotel Inglaterra y frustrados ante la negativa del diminuto mallorquín a concederles salvoconducto a las zonas de guerra, Remington y Scovel se largaron. Davis, más resoluto que sus colegas, persistió en sus objetivos y después de algún tiempo los alcanzó.

El corresponsal de Hearst era prejuicioso en la guerra de Cuba. El problema reside en que su opinión (que ampliamente comparto) afectaba su capacidad de análisis. El bando insurrecto era para Davis el “underdog” y Madrid el Goliat colonial abusando de su ventaja. Eso era cierto, pero no en términos absolutos. Sin embargo, Davis en sus crónicas dramatizaba el contraste.

El artículo de Blow acredita el éxito de la emboscada de Punta Brava, donde muriera en combate el Lugarteniente General Antonio Maceo, “al menos indirectamente”, a la trocha entre Mariel y Majana: argumento debatible. El encuentro ocurrió en el municipio de Bauta, territorio de la Provincia de La Habana y separada de la trocha por el Término Municipal de Caimito del Guayabal, prueba contundente de que ese obstáculo podía ser flanqueado en grupos pequeños por el mar, sin necesidad de gran preparación.

Nada menos que eso hizo Maceo dos días antes de su cita con la eternidad. En la emboscada de Punta Brava hubo considerable evidencia de descuido por parte de centinelas insurrectos. Por lo menos eso afirmaba Bernardo Gómez Toro, hijo del Generalísimo y hermano de Francisco Gómez Toro (“Panchito”), ayudante de Maceo y el que también fuera abatido en la breve acción. Al caer, el Capitán Gómez Toro trataba heroicamente de proteger a su jefe.

Dos elementos del medio ambiente conspiraron mucho contra las fuerzas coloniales en el conflicto por la independencia de Cuba. El clima tropical, caluroso y húmedo era caldo de cultivo de numerosas plagas e infecciones. Campesinos oriundos de zonas templadas o frías, que formaban la mayoría de las tropas coloniales, arbitrariamente enfundados en uniformes gruesos y acostumbrados a una dieta fuerte, eran víctimas fáciles de malaria, fiebre amarilla, nigua, beriberi, escorbuto y otras plagas que harían la lista interminable.

En 1897 menos de 5,000 soldados españoles cayeron en combate. Pero durante el mismo período más de 30,000 perecieron víctimas de enfermedades infecciosas. Durante su mandato como Capitán General, Valeriano Weyler describió con frustración ese problema en sus memorias de guerra, tituladas “Mi Mando en Cuba”. Algunos críticos de Weyler en España lo acusaron de corrupción durante su Capitanía General (cargo que no afirmo ni niego y que no es importante a este trabajo). Incluso dijeron que su libro se debía haber llamado “Mamando en Cuba”.

La otra ventaja insurrecta era la considerable extensión del archipiélago que con inexcusable frecuencia llamamos “Isla” y que cuenta además con otra isla de suficiente extensión territorial para merecer ese nombre (2,200 kilómetros cuadrados). A ello debe agregarse la friolera de 1,600 islotes y cayos, totalizando más de 3,700 kilómetros cuadrados adicionales. Ese archipiélago está situado sólo a unas 130 millas al sur de la península de la Florida, de donde provenían muchas de las expediciones de que se sostenía la insurrección. No voy a insultar la inteligencia de los lectores recordándoles la distancia que separa a España de ese archipiélago, al otro extremo del Océano Atlántico. ¿Contaba España con una armada suficientemente numerosa y eficiente, como para proteger las costas de Cuba? El veredicto de la historia en cuanto a calidad es inapelable y se puede resumir a los nombres de los dos únicos encuentros navales importantes entre España y Estados Unidos durante los tres escasos meses que durara la guerrita: Manila y Santiago.

Con relación a números, la mejor indicación es el insignificante índice de expediciones interceptadas por barcos de guerra españoles durante ambas guerras, especialmente después de febrero de 1895. La notoriedad del asesinato cometido contra los expedicionarios del “Virginius” en 1873, enmascaró la escasísima frecuencia de captura de expediciones. La alevosa ejecución de los tripulantes y patriotas cubanos en ese incidente refleja la frustración de las autoridades coloniales, tratando vanamente de torcer el curso de la historia mediante terrorismo.

Se ha dicho que toda la responsabilidad de este crimen bárbaro residió singularmente en el entonces Gobernador Militar de Santiago de Cuba, Juan Nepomuceno Burriel. Respetuosamente discrepo: no hubo consecuencias algunas para Burriel, aún cuando el crimen se hizo totalmente obvio ante la intervención afortunada del capitán de una fragata británica que se hallaba fondeada en la Bahía de Santiago. Cuando las ejecuciones fueron detenidas, ya 53 expedicionarios habían sido fusilados. Entre las víctimas se contaba el joven general insurrecto Bernabé Varona y el Capitán norteamericano del “Virginius”.

Ahora explico el título de este artículo. En realidad, el asesinato de cubanos inocentes de sublevación a manos de las tropas peninsulares se inició aún antes de que se sintieran los efectos de la notoria reconcentración de “pacíficos” en áreas urbanas, aplicada por Weyler con el respaldo de Cánovas:

“Eso se acabó como la fiesta del Guatao”, rezaba una frase popular cubana cuyo origen no es muy conocido en nuestros días. Permítaseme visitar el origen.

El Guatao es una población del Término Municipal de Bauta, al sureste de La Habana, aproximadamente una milla al sur de Punta Brava y en el camino de la retirada de una partida insurrecta el 22 de febrero de 1896. La columna española que perseguía a los alzados erróneamente concluyó que estos se habían refugiado en la población.

Lo que siguió, en nada puede compararse a una fiesta. El poblado fue escenario de una masacre inaudita, en la que todas las víctimas eran inocentes pobladores desarmados. Los rebeldes habían pasado de largo en dirección a campo abierto, en búsqueda de la protección de alguna manigua. Entre las víctimas se contaron enfermos confinados a la cama. El saldo final fue de 50 muertos. En el Guatao, como en el sucio asunto de los estudiantes de medicina en noviembre de 1871 y al igual que en el incidente del Virginius, las autoridades de la colonia mostraron los sangrientos extremos a que eran capaces de llegar defendiendo sus espurios intereses.

De esos extremos supo de primera mano la sufrida generación que nos antecedió. Mi padre y su hermano mayor vivían con su familia en una finca sita en las riberas del rio San Agustín, afluente del San Juan. Allí, a la edad de disfrutar de juegos infantiles, fueron testigos de los horrores de la guerra iniciada más de un año antes.

La finca era conocida como “Paso del Medio”, por tener tres grandes rocas en un recodo de la corriente. Sobre esas piedras durante la estación de la “seca” se podía vadear diagonalmente de una ribera a la otra. Desde ese estratégico lugar ambos contemplaron cómo los insurrectos de un lado del rio incineraban los cañaverales, mientras las tropas coloniales hacían otro tanto con las humildes viviendas campesinas y los modestos sembrados en el otro. A pesar del humo, el intenso resplandor de los fuegos convertía la noche en mediodía.

Finalmente, la familia se refugió en la capital de la devastada provincia. Eran cinco entonces, contando a mi tía, quien nació durante el conflicto. Mi abuelo, perseguido por las autoridades bajo acusación de rebeldía, logró abordar un pequeño carguero de bandera francesa con escasas mercancías y menos pasajeros. El “Lafayette” fue la última embarcación que alcanzó a salir del Puerto de La Habana: zarpó rumbo a Veracruz en la tarde del 21 de abril de 1898, horas antes de que el almirante Sampson iniciara oficialmente el bloqueo norteamericano, alrededor de las 3:00 pm del día siguiente.

En los primeros días de febrero de 1897 llegó a Cuba Valeriano Weyler y Nicolau, nuevo Capitán General de la Colonia, tras la derrota y consecuente renuncia de Martínez Campos. Weyler inventó los campos de concentración en Cuba, ordenando su implementación a los pocos días de su arribo. Esto fue después copiado por la Gran Bretaña victoriana en su guerra colonial de Sudáfrica en 1899 y más tarde por Stalin y Hitler en el siglo XX. Estos últimos tenían el propósito específico de exterminar a los prisioneros. Ese no era el objetivo de Cánovas ni el de Weyler, sino sólo negar a los alzados su fuente de aprovisionamiento más efectiva e inmediata. No obstante, los resultados fueron los mismos y para un servidor de los lectores todo crimen capital entraña odio.

El cálculo de los muertos como consecuencia de la llamada “Reconcentración” varía entre 180,000 y 400,000. Cuando se considera que Cuba contaba con algo menos de dos millones de habitantes antes de 1895 y sólo un millón seiscientos mil en 1898 es bien fácil establecer que ese pueblo sufrió más en proporción en ese horrible período, que el ruso durante la Segunda Guerra Mundial.

Esa experiencia también la vivieron en Matanzas mis antecesores, ante la visión de infelices y deshidratados menesterosos clamando por un mendrugo de pan. La gente caía muerta en medio de la calle y el llamado “carro de la lechuza”, sólo en Matanzas recogía decenas de cadáveres diariamente. Le aseguro al amigo lector que no es lo mismo leer sobre eso en un libro de historia que oírlo de boca de los padres.

Eventualmente la población de Cuba se restableció. Los primeros gobiernos de la República abrieron de par en par las puertas a la inmigración. De esa inmigración, eminentemente europea y española, se nutrió mucho el progreso alcanzado entre 1902 y 1959. Sin embargo, quizás las disposiciones migratorias en Cuba, de tan festinadas, contribuyeran al continuo descalabro que ha sufrido esa nación desde 1959. Cuba era hasta 1959 un país de inmigrantes recientes.

¿Qué es ahora? Sabemos que los gobiernos “hermanos”, tanto en Madrid como en México nunca sintieron asco por el Régimen castrista. Franco brindó amistad y comercio incondicional a Castro, inmediatamente después de la fuga de Batista. Fue imperturbable ante las demandas de incontables emigrantes peninsulares quienes estaban siendo despojados de sus legítimos negocios y propiedades. Sólo fue severo con el Embajador Lojendio, a quien forzó al retiro.

Sabemos que Ángel Castro fue a Cuba como soldado colonial de Weyler para reprimir a los independentistas. Sabemos que después regresó a Cuba acogiéndose a las muy liberales políticas migratorias del muy conservador Estrada Palma y el liberal Gómez. ¿Cómo podemos comulgar con quien llamara a los cubanos del 95, pandilla de masones y traidores? ¿Quién puede asombrarse del antiamericanismo de Castro y su odio cerval a las instituciones de la República?

¿Estaremos aún celebrando la “Fiesta” del Guatao?

 

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