LA COBARDÍA Y LA MALDAD DETRÁS DE LA DOCTRINA DE NO INTERVENCIÓN.

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

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"Ver en calma un crimen es cometerlo" Jose Martí

El 3 de octubre de 1935, sin una previa declaración de guerra, el dictador Benito Mussolini invadió a Abisinia con la peregrina ambición de resucitar al Imperio Romano. Cuando al mes siguiente la Sociedad de Naciones impuso sanciones a Italia, Mussolini respondió con la salida de la delegación italiana de dicho organismo y el mundo aceptó la masacre como un hecho consumado.

En octubre de 1956, los estudiantes húngaros se enfrentaron a pedradas a tanques soviéticos que ahogaron en sangre sus ansias de libertad. En agosto de 1968, las tropas del Pacto de Varsovia pintaron de rojo la Primavera de Praga, bajo cuyo lema los intelectuales checoslovacos se rebelaron contra la opresión de la Unión Soviética y de sus lacayos nativos. En ambos casos, las Naciones Unidas, herederas de la inutilidad y la cobardía de la Sociedad de Naciones, abandonaron a su horrenda suerte a los soldados de la libertad.

Este tipo de organismo corrupto y parásito ha proliferado en el Continente Americano. No conformes con la docilidad de una Organización de Estados Americanos difunta hace ya mucho tiempo, los dictadores disfrazados de demócratas han creado la UNASUR y la CELAC para perpetuarse en el poder a espaldas de la voluntad de sus pueblos. En el colmo del descaro nombraron presidente de la CELAC a un asesino analfabeto cuya dinastía ha oprimido a Cuba por más de medio siglo sin celebrar elecciones libres y transparentes.

Por eso la reciente decisión de la OEA declarando una complicidad absoluta con los crímenes perpetrados por la dictadura venezolana contra una juventud idealista y heroica no debió sorprender a nadie. Esta es la OEA donde el gobierno de Colombia (la misma Colombia que ahora negocia con los terroristas de las FARC bajo el auspicio de los terroristas cubanos) propuso la expulsión del régimen comunista de Cuba durante la VIII Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones Exteriores, celebrada el 31 de enero de 1962, en Punta del Este, Uruguay.

La misma OEA que una vez no tuvo otra alternativa que castigar a un estado miembro que amenazaba la seguridad y la institucionalidad hemisféricas expulsando al régimen comunista cubano en la Conferencia de Cancilleres celebrada en Washington en 1964. Por otra parte, es la OEA sin el más mínimo vestigio de honor y respetabilidad que, 47 años más tarde, en su 39ª Asamblea General selló un acuerdo para derogar por unanimidad la exclusión de Cuba aprobada en 1962 y en 1964. Pero, lo más inaudito, es que tomó el acuerdo sin que se lo pidieran los dinosaurios dictadores cubanos.

Pero, con sus acuerdos de los últimos días, la OEA ha pasado de la cobardía a la maldad. Ha demostrado ser una vieja plañidera y complaciente de una dictadura venezolana que compra el silencio de los gobiernos que la integran y posiblemente el del comunista solapado que funge como su Secretario General. Ha pasado finalmente el charco de la cobardía para entrar en el pantano de la maldad. Porque no se puede explicar de otra manera que 29 de sus 34 países miembros hayan votado a favor de ignorar los gritos de terror y desesperación de un pueblo valiente que lucha por su libertad.

La prueba de la compra la tenemos en las maniobras que han podido conocerse de las 15 horas de manipulación y contubernio que condujeron al infame acuerdo apoyando a la dictadura del binomio diabólico de Maduro y Cabello. El gobierno de Panamá había solicitado la convocatoria a una reunión de consulta de los cancilleres de los países que integran la OEA. Obviamente los malandrines de Caracas no estaban dispuestos a que el mundo fuera testigo de su salvaje represión contra hombres y mujeres indefensos. Mandaron al estrafalario de Evo Morales a que presentara una moción genérica exhortando a ambas partes en el conflicto a sostener conversaciones, pero una modificación presentada por Perú, proponiendo una investigación "in situ", les trabó la coartada. Y ahí vino el pase de cuentas. Maduro les recordó a sus mantenidos del ALBA que si no entraban por el aro les suspendería las regalías y hasta podría revelar que había comprado sus conciencias con petróleo y dólares venezolanos.

La iniciativa peruana, respaldada por Panamá, Chile, México, Canadá y Estados Unidos, fue rechazada de plano por Venezuela y el resto de los países del ALBA. La débil y anodina declaración final exhorta a la paz y rechaza toda forma de violencia en forma genérica sin responsabilizar al gobierno por los actos de represión. En Caracas, el canciller venezolano Elías Jaua la calificó como "una victoria de América Latina y el Caribe". Los cipayos del imperialismo comunista cubano respiraron tranquilos, al menos por el momento.

Pero no hay noche tan oscura en el mundo de la maldad humana que no pueda ser iluminada por un rayo de gallardía y coraje. Junto a Estados Unidos y Canadá, el panameño Ricardo Martinelli es el único mandatario hispanoamericano que ha hecho causa común con la lucha del pueblo venezolano frente a sus tiranos. Ya había demostrado su integridad y su carácter cuando les intervino el barco cargado de materiales bélicos prohibidos a los tiranos cubanos y norcoreanos. La pequeña Panamá convertida en gigante continental dando lecciones de moralidad a los 29 mandatarios enanos que instruyeron a sus embajadores a que votaran junto a la tiranía madurista en su misión de oprimir al pueblo venezolano.

Por otra parte, los gobernantes que cierran los ojos ante estos crímenes citan a una obsoleta y conveniente "Doctrina de No Intervención" en los asuntos internos de otros estados para justificar su conducta. Una visión cerrada de soberanía que se niega a juzgar los actos de otros gobiernos, aún cuando los mismos atenten contra los derechos civiles y humanos de sus ciudadanos. Muy bien para el derecho internacional público del SigloXVIII según lo entendieron Washington y Jefferson. Y hasta quizás aceptable a principios del XX cuando la doctrina que llevó su mismo nombre fue enunciada por Genaro Estrada, quién fuera secretario de relaciones exteriores del gobierno de Pascual Ortiz Rubio, en México.

Pero no en este mundo globalizado de comunicaciones instantáneas e interdependencia entre las naciones. De hecho, con la crudeza que demandan los tiempos convulsionados que vive nuestra América, digo que la "Doctrina de No Intervención" opera en nuestra realidad como una licencia para la impunidad de ladrones, rufianes y tiranos. Los mandamases se reparten el botín y a los pueblos que los parta un rayo.

Para defendernos de esa amenaza los habitantes del globo tenemos que sentir como propios los infortunios y atropellos de otros seres humanos. La compasión y la solidaridad humanas deben trascender fronteras geográficas. Eso no está pasando ahora con Venezuela ni ha pasado con Cuba, mi infortunada patria, durante más de cincuenta años. Ante la inmolación de tantos patriotas en esta batalla por la libertad en Venezuela ha llegado la hora de que, para bien de todos, aprendamos a ser solidarios. Así lo demanda la compasión y lo aconseja la conquista y la preservación de nuestras libertades mutuas.

A mí se me antoja que no fue por casualidad que Leopoldo López, el hijo más valiente de Bolívar en esta nueva lucha por la independencia de Venezuela, anunciara su estrategia de arrebatarle las calles a la tiranía ante el busto de José Martí. Este joven iluminado es la simbiosis de Bolívar y de Martí, del guerrero y del poeta.

Leopoldo, el que no se asusta, le declaró la guerra a los dos regímenes represivos de Maduro y de Castro sin suplicarle apoyo a la desprestigiada Organización de Estados Americanos ni esperar por el respaldo de los gobiernos corruptos pegados a la teta de la espuria Alianza Bolivariana de las Américas (ALBA). Su ejemplo y el de los estudiantes venezolanos que escucharon su convocatoria a tomar las calles son las antorchas que están iluminando el camino de un renacer de la libertad en América.

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