DEPREDADORES HUMANOS

Por Hugo J. Byrne

“Pronto, muy pronto, entre clamor inmenso relucirán las teas. La misma diestra que te ofrece incienso, armada se alzará. ¡Bendito seas!” Joaquín L. Luaces (“Oración de Matatías”).

Excepto en el camaleón, una de las características anatómicas más comunes de los depredadores, es tener los ojos en el frente de la cabeza y enfocar ambos en la misma dirección. Esa característica se hace muy evidente en las aves.

El águila, el halcón, las múltiples especies de gavilanes y todas las aves de rapiña nocturnas miran y enfocan de frente, tienen una visión extraordinaria y su habilidad de localizar un objeto desde una distancia muy superior a la de la visión del ojo humano es notoria. El resto de las aves tienen los ojos a ambos lados de la cabeza y pueden enfocar a dos objetivos simultáneamente: visión defensiva.

A diferencia de sus víctimas, la localización de los ojos y la mirada hacia el frente son también común denominador para todos los grandes depredadores terrestres. Entre todos ellos, amigo lector, el más peligroso es el hombre. Quien ponga en duda esa realidad física debe mirarse al espejo.

Sobrevivir con mayor o menor éxito el proceso histórico de Cuba durante los últimos 54 años equivale a una experiencia extraordinariamente traumática. Una experiencia como la de aquel quien aprendió el peligro que representa del fuego porque se ha quemado ambas manos.

La narración que sigue es absolutamente real, aunque el lector debe tener en cuenta que la memoria siempre juega trastadas después de algún tiempo. Los nombres han sido omitidos por un sinnúmero de razones, todas válidas. Las fechas son muy aproximadas.

Cuando en diciembre de 1956 la agitación política en Cuba estaba en su apogeo, empezaron a producirse actos violentos que se caracterizaban por un ciclo de acción y reacción. En ese mismo mes se cerró indefinidamente la Universidad de La Habana por decisión del Claustro, quizás con el objetivo de proteger la integridad física de los estudiantes.

Diversos enfrentamientos ya se habían producido entre estos últimos y la policía en, o alrededor de la legendaria escalinata que ascendía desde la Avenida de San Lázaro hasta “el Alma Mater”. Esos choques en que me involucré marginalmente y en los que una vez resulté lesionado, dejaron un saldo muy negativo de heridos (por lo menos un muerto), muchos arrestados y no pocos daños materiales.

Cerrada la Universidad y enfrentado a las necesidades diarias de la vida, no tenía otra opción que obtener un empleo regular en plazo breve. Desde hacía bastante tiempo trabajaba temporalmente para varias oficinas de arquitectura o ingeniería civil-estructural. Ese trabajo era mal remunerado e ingrato. Aunque la semana laboral en Cuba era entonces de 44 horas, la mía era sólo entre 0 y 8.

Además, continuar asistiendo regularmente a la Escuela de Arquitectura y al mismo tiempo trabajar en tiempo completo era misión menor que imposible. La inmensa mayoría de los compañeros de labor eran jóvenes estudiantes, sufriendo los mismos problemas que yo. Por regla general el supervisor era la misma persona y el único individuo con que tratábamos. Como es natural, empleaba y despedía de acuerdo a los contratos obtenidos. El cierre de la Universidad forzó mi decisión.

La carrera de arquitectura en Cuba requería 7 años de estudios y las únicas opciones para los estudiantes de esa disciplina eran entonces la Universidad de La Habana o la privada Universidad de Villanueva. La tercera opción era contar con los medios económicos para vivir en Estados Unidos y asistir allí a una universidad privada.

En La Universidad de La Habana podíamos matricular anualmente por una cantidad ridículamente modesta. Una de las grandes mentiras del castrismo es afirmar que en Cuba sólo podían estudiar los ricos. Eso se convirtió en realidad para mí sólo después que se cerrara la Universidad de La Habana.

Yo vivía con mis padres, pero ellos carecían de los medios de fortuna para sufragar mis estudios en Villanueva y mucho menos en el extranjero. Por esa época mi hermano trabajaba y estudiaba en Washington D.C., con una beca de estudios censales en Estados Unidos a través de su empleo en la Oficina del Censo Electoral de Cuba. Recién cumplidos los 22 años de edad, yo necesitaba urgentemente hacer algo con mi vida.

Habiendo llenado todos los requisitos en un buró de empleos técnicos y profesionales, fui llamado a una entrevista para trabajar en una fábrica de marcos de puertas, ventanas y gabinetes de cocina (de madera) en la ciudad de Marianao, al este de donde vivía. La comunicación era bastante buena y la fábrica estaba a 30 minutos de mi residencia.

La entrevista no pudo haber sido más positiva. El empresario era un individuo muy reservado, devoto católico y totalmente dedicado a su negocio. Sus funciones eran ventas y relaciones públicas. Nunca dejaba que asuntos personales o de otra índole interfirieran con su negocio.

Tenía dos socios. Uno era bastante mayor de edad, buen mecánico y estaba a cargo de mantener la maquinaria de la fábrica. A ese apenas lo traté. El tercero era de elevada estatura y corpulento. Hablaba siempre a gritos y nunca paraba de gesticular. Su divisa era una gorra de pelotero que se encasquetaba hasta las orejas y que nunca se quitaba. No sé si tenía pelo. Sin embargo era un tipo inteligente y campechano, guajiro legítimo. Sus obligaciones en el negocio eran supervisar todas las operaciones de la fábrica y enviar la producción a su destino.

Recuerdo que fue en su casa y durante la celebración del cumpleaños de su hija cuando por la primera de dos únicas veces en mi vida se me fue la mano con el alcohol. Alguien me llevó a mi casa, pues no podía conducir. La otra ocasión fue cuando me licencié del Ejército de Estados Unidos: amanecí en mi casa y en mi cama, de completo uniforme y con los zapatos puestos. Sólo me faltaban algunos dólares del bolsillo. Otro soldado en el grupo tiene que haber estado peor que yo. Recuerdo que le propuso matrimonio a la muchacha que servía en el bar, a quien nunca había visto antes. Tres semanas más tarde se casaron. La última vez que los vi, años después, increíblemente aún eran felices.

Mis funciones para la fábrica de Marianao eran visitar a clientes o edificios en construcción armado con una lienza, un “clipboard”, dos minúsculos cartabones, hojas de 8.5 por 11 y un lapicero para tomar medidas y hacer los bosquejos o diagramas necesarios con los que el taller pudiera fabricar las piezas adecuadas. Fue durante esa época que aprendí a conducir en el entonces formidable tráfico de La Habana y sus entornos (en un Chevy del 51, propiedad del negocio).

Fui despedido de ése mi primer empleo serio y con sobrada razón: encontraron en el baúl del Chevrolet literatura política. No una hojita suelta ni dos, sino paquetes de periódicos. El jefe de ventas me dijo que aunque personalmente estaba de acuerdo con el mensaje, no podía permitir que su negocio, del que mucha gente dependía, se viera en peligro a causa de mi irresponsabilidad.

Me despidió pero no me dio “bola negra”. Unas pocas semanas después, recomendado por el mismo buró que me consiguiera la posición en la fábrica de Marianao, fui empleado por Maderera Antonio Pérez S.A., uno de los negocios de materiales de construcción más importantes y florecientes de La Habana, para trabajar en su departamento de ventas. Esa posición tenía cuando el negocio fue confiscado sin compensación por el Régimen Castrista en el otoño de 1960, junto a otras trescientas industrias: me convertí en empleado involuntario del estado.

A punto de salir de Cuba en el verano de 1961, visité mi antiguo trabajo buscando presupuesto para una nave que absurdamente y contra toda lógica quería levantar otro amigo en un lote de su propiedad. Me encontré con el jefe de producción, quien tenía la gorra más encasquetada en su cabeza que nunca. Vivía muy cerca de la fábrica y lo visité en su casa. Abrió la puerta y me indicó que habláramos en el portal.

“¡Nos acaban de robar el negocio!”, me gritó, agregando: “¿Te acuerdas de tu antiguo jefe, quien era tan católico? Botó el catolicismo para el c… de su… y ¡ahora es más comunista que la madre que lo parió!” Con un gesto iracundo de la cabeza me indicó que mirara a la derecha.

Vi a varios de los operarios de la fábrica mirándonos con odio mal disimulado, parcialmente ocultos bajo la sombra del techo del viejo taller. Sin excepción, los recordaba como los más adulones de los ejecutivos entre todos los antiguos empleados.

Estudié con curiosidad sus expresiones faciales y en particular sus resentidas miradas. Eran las miradas de depredadores.

 

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