NUNCA TE RINDAS

Por Hugo J. Byrne

El título de este trabajo se origina en la caricatura de una grulla tratando de tragarse un sapo. El sapo está en situación precaria con su cabeza dentro del pico de la grulla. Sus patas traseras con las que se impulsa para saltar, cuelgan impotentes a ambos lados del agresivo pico.

Parecería que el pobre batracio está destinado a ser alimento de la zancuda. Una observación más minuciosa sin embargo, demuestra que el sapo no se ha dado por vencido y defiende su vida desesperadamente: sus patas delanteras saliendo entre las comisuras del pico, rodean y aprietan con fuerza el cuello de la grulla, impidiendo la deglución y cortando la respiración.

Así que se trata de un empate. Si el sapo suelta el cuello de la grulla, será tragado. Pero si ejerce presión durante suficiente tiempo, es el ave quien morirá estrangulada. El primero que se rinda perece. Se trata de una fábula, pues como sabemos no existe sapo que pueda respirar con su cabeza dentro del pico de una grulla. No hay semejante capacidad física o determinación en ningún ser viviente y aún menos en uno irracional. Sin embargo, el ejemplo no tiene desperdicio.

La caricatura que describo está colgada en la pared justamente a la derecha de mi ordenador, para que pueda admirarla a mi antojo. Es obsequio de un hermano de luchas, ex paracaidista y miembro destacadísimo de la vieja guardia de Cuba libre, esa que nunca se ha rendido ni se rendirá.

Más de una vez he pasado el “Niágara en bicicleta”, pero sin la voluntad de prevalecer no hubiera logrado ni siquiera sobrevivir. Uno de los requisitos para prevalecer es nunca enfrentarse al enemigo en desventaja, a menos que no exista otra alternativa. Sólo tontos hacen eso.

El otro y más importante es nunca rendirse. Capitular cuando aún hay vida y defensa, no es una opción inteligente. Equivale a ponerse a merced del enemigo.

Hace más de cuarenta años era capaz de subir por caminos hasta más de 12,000 pies de altura en las montañas al oeste de la carretera 395 y de Lake Crowley, California. También podía hacer un “grupo” de cinco perforaciones de cal. 30 en un blanco de seis centímetros de diámetro a 100 yardas. En ese entonces escribí un trabajo sobre Alexander (“Sasha”) Siemel, un aventurero de nacionalidad latvia y del siglo pasado. Supe de este individuo cuando murió en 1970. Una referencia a mi ensayo fue publicada en el sitio de la Red llamado Latviansonline.com con fecha 7 de agosto del 2004.

Aparentemente Siemel nació en Riga en 1890 y murió en Green Lane, Pennsylvania. Durante una buena parte de su vida este trotamundos, quien había sido forzudo de circo a pesar de que medía solamente poco más de seis pies de estatura y nunca pesó más de 180, se dedicó a cazar jaguares en el área de Mato Grosso entre Brasil y Bolivia, lo que no era raro en aventureros de su época.

Lo sorprendente era que de los casi 300 jaguares que Siemel cazara entre 1925 y 1948, por lo menos 30 fueron muertos con lanza y más de 100 con arco y flecha. Si esto no impresiona al lector, debo agregar algunos datos anatómicos del jaguar, felino ya casi confinado a ciertas remotas áreas de Sudamérica, pero cuyo hábitat hace poco más de un siglo se extendía por Centroamérica, México y la costa oeste de Estados Unidos.

El Jaguar es el tercer felino salvaje en tamaño y peso después del tigre y el león. El leopardo, cuarto en tamaño y quizás el más peligroso de todos los felinos salvajes, raramente pasa de las 160 libras. Algunos jaguares de Sudamérica han pesado más de 300. Como punto de comparación, un león macho promedio pesa unas 375 y algunos tigres adultos pueden pasar las 450.

Los jaguares nunca han desarrollado apetito por la carne humana. Esto ha sucedido con frecuencia con todas las especies felinas de África y Asia durante los siglos XIX y XX. Su pariente americano, el más pequeño y feo puma (“mountain lion”), es notorio por su timidez y huye despavorido de perros entrenados, trepando árboles, donde es fácil víctima de cualquier tirador mediocre. Sin embargo, la inevitable, inmensa expansión urbana combinada con un extremo proteccionismo ambiental ha resultado en una explosión de esta especie peligrosa, con trágicos resultados.

Una vez cuando varios cazadores descendíamos hacia la rivera de un arroyo en la penumbra del amanecer y con el viento contra nuestras espaldas, se nos aparejó un puma. Al olfatear que no éramos un rebaño apetitoso desapareció como un bólido y sólo en ese instante lo vimos (calculo que menos de dos segundos).

Recuerdo que otro cazador y yo nos habíamos rezagado a unos diez pasos de los otros y mi acompañante no habló más hasta que nos reintegramos al grupo. Era muy joven e hijo de un buen amigo, el único mecánico automotriz en la partida. El muchacho se veía bastante asustado. Tratando de aligerar el impacto de la breve presencia del felino le dije en broma que si los pumas eran peligrosos para nosotros era sólo porque constituían la única competencia. Me miró irritado y apretó el paso.

Algo que sí aparentan hacer algunos jaguares, es matar por gusto. Durante las tres o cuatro primeras décadas del siglo XX y antes de la deforestación masiva del Mato Grosso, región que triplica en área al estado de Texas, despojos de ganado vacuno evidentemente víctimas de jaguares eran encontrados intactos por los vaqueros de la zona. Todos los felinos (muchos gatos “domésticos” incluidos) arrastran sus presas a lugares que consideran seguros para devorarlas y ocultar lo que sobre para el próximo festín.

¿Irracionalidad perversa de los jaguares? Eso negaría venerables principios científicos. Fuera lo que fuese, ello resultó en que dueños o administradores de haciendas de Mato Grosso alquilaran el servicio de cazadores profesionales: Siemel había encontrado su futuro reclamo a la fama.

De acuerdo Siemel, la caza del jaguar con una lanza o azagaya era un arte aborigen que él aprendió de un indio de la zona. Consistía en el expediente de hacer que el jaguar iniciara el combate atacando al cazador con sus zarpas y colmillos en ristre. Consumada la necesaria provocación, lo único que tenía que hacer el cazador era apoyar su arma contra el suelo y dejar que el impertinente felino se empalara solito en la afilada punta. ¡Así de simple!

Aunque nunca he podido ser cruel con los animales, sí he presenciado actos de crueldad hacia ellos. Cuando niño tenía un amigo cuyo gato pasaba casi tanto tiempo en el aire como en el suelo, pues lo lanzaban al cielo con gran frecuencia. Le aseguro al amable lector que el pobre felino siempre regresaba a tierra en sus cuatro patas. Sin embargo, no volvía por el barrio mientras recordara su viaje espacial.

Un jaguar es simplemente otro gato mucho más grande, muy capaz de hacer las mismas piruetas en medio del espacio que el de mi amigo. Consecuencia: el latvio tenía que seguir los movimientos exactos del felino en fracciones de segundo si no quería perder su crédito definitivamente.

La socialización con indígenas del área amazónica y el Mato Grosso no resultó muy conveniente para algunos otros. El famoso explorador británico Coronel Percy Fawcet desapareció para siempre en esa zona junto a su hijo, mientras buscaba una “dorada civilización de indios blancos”. Fawcet fue comisionado para esa expedición nada menos que por el National Geographic Society en el año de 1925. Ese fue el mismo año en que Siemel empezara su carrera como cazador de jaguares con azagaya. Esa habilidad lo llevaría hasta Hollywood, donde ayudara en la filmación de largos metrajes y contribuyera como actor en la película de 1937, “Jungle Fury”.

De acuerdo a uno de sus cronistas, Julian Duguid, autor del excelente “Creen Hell” cuya versión cinematográfica pude apreciar de muy joven en el cine Duplex de La Habana, no había nada artificial ni exagerado en “Sasha” Siemel. Este último escribió también varios libros y filmó interesantes documentales.

Duguid acompañó a Siemel en una exploración por el Gran Chaco y escribió una biografía del latvio titulada “Tiger Man” (“Tigrero”). En esa exploración también participó un futuro presidente de Bolivia, con un nombre imposible de olvidar: Mamerto Urriolagoitia.

Un servidor de los lectores nunca habría incursionado en el muy delicado arte aborigen de ensartar jaguares: “Sasha” Siemel era muy temerario. Yo no.

Lo más cercano a eso que he hecho en mi vida fue sostenerle su fría e irónica mirada mientras cruzaba mis brazos a otro quien gozaba matando: Ernesto (“Ché”) Guevara, cuando este mequetrefe asesino era “Ministro de Industrias” en Castrolandia. El hediondo atorrante había convocado a una “charla” para cuarenta empleados de esa dependencia, sacados de las industrias confiscadas a sus legítimos dueños en octubre de 1960. Asistí al evento sin portar azagaya y pequé de ser el único en no aplaudir su insufrible cantaleta.

 

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