MEDITACIONES SOBRE LA LIBERTAD

Por Hugo J. Byrne

“Sociedad autoritaria es por supuesto, aquella basada en el concepto sincero o fingido de la desigualdad humana, en la que se exige el cumplimiento de los deberes sociales a aquellos a quienes se niegan los derechos, en beneficio principal del poder y placer de los que se los niegan: mero resto del estado bárbaro”. José Martí, marzo,1985.

¿Qué es la libertad? No es fácil definir ese ideal perseguido por el hombre a través de la historia. Se ha dicho que el secreto del éxito en la perfección de la convivencia humana consiste en establecer un balance armonioso entre el respeto a los derechos y los límites imprecisos que a los mismos imponen la paz y el orden. Al aceptar esa premisa establecemos que la libertad es un simple compromiso entre los derechos fundamentales y las responsabilidades que ellos implican.

Estamos ante el acertijo del huevo o la gallina. ¿Quién llegó primero? ¿Qué es un derecho y cómo puede establecerse la necesidad del mismo? Si le preguntan a un político populista como Obama, contestará a través de sus actos que un derecho es la satisfacción de toda necesidad humana: estamos aquí y por lo tanto tenemos “el derecho” a comer diariamente, a una vivienda que nos cobije y proteja, a una educación apropiada, a que nos sanen de todas nuestras dolencias sean tanto físicas como sicológicas, a tener un empleo bien remunerado, etc., etc. La lista es infinita. Esos “derechos colectivos” supuestamente deben estar consagrados por la ley, establecida por el estado, único árbitro de nuestra vida social y económica.

La otra parte de la ecuación en esos derechos sin límites descansaría en la renuncia total de responsabilidad cívica por parte del individuo hacia el estado, el que dirigiría todo y a todos. Tal omnipotencia sólo puede organizarse de forma piramidal: una clase dirigente imponiéndose desde el ápice de la pirámide y el resto de la sociedad, debajo, sufriendo y acatándolo todo. En resumen, Castrolandia, el paraíso de los eunucos: una pluma, un teléfono y…se me olvidaba, un látigo.

Un ejemplo perfecto del sistema social descrito en el párrafo anterior existe bajo diferentes condiciones en todas las latitudes. En los pueblos más civilizados existen lugares donde los seres humanos reciben alimentos, ropas, techo seguro, atención médica y esparcimiento. Todo eso les es dado absolutamente gratis. En el evento de la muerte, cada individuo recibe honras fúnebres y enterramiento sin costo alguno al finado. Ese lugar se llama la prisión y es por eso que los regímenes totalitarios son también conocidos como “policiales”.

Quienes definieron los principios inmortales en que se asienta esta República tuvieron un cuidado muy especial en no ser específicos. Thomas Jefferson, por ejemplo, nos habló en términos extraordinariamente generales sobre ciertos derechos básicos a los que llamó inalienables, que es sinónimo de intransferibles y que son el regalo de Dios a los hombres: no los debemos sino a Dios y por ende no están a la venta.

Es muy significativo que Jefferson, cuya antipatía por las religiones organizadas era notoria y quien, como muchos otros entre los forjadores de los Estados Unidos, era más deísta que cristiano, considerara a Dios como la única fuente de derechos. La moral en esa convicción es infinita: cuando la divinidad nos ha investido como hombres libres, no hay fuerza humana que nos pueda despojar de ello.

Esos derechos inalienables, propiamente enumerados en específica secuencia son la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. El fundador del partido político que aún llamamos Demócrata, fue con todos sus vicios y errores uno de los dos genios en la Historia de los Estados Unidos. Aún si Jefferson no hubiera sido después de Franklin el más polifacético personaje de la Revolución Americana, habría asegurado ese reconocimiento histórico solamente enunciando como básica esa trilogía de derechos fundamentales, pilares en que se asienta la ley en Estados Unidos.

En términos simples la libertad puede definirse como la autonomía del individuo. La colectividad es una suma de individuos y cuando nos olvidamos de eso, empezamos a confundirla con la manada. La frase “derechos individuales” es una redundancia. El pensamiento es una función individual y el concepto de derechos otorgados por Dios, es el reconocimiento de la realidad a través del pensamiento humano. El individuo es al mismo tiempo el núcleo de una sociedad libre y la menor de las minorías. Al promover la libertad individual, simultáneamente se avanzan todos los derechos de la sociedad.

Por eso, desconocer o atentar contra los derechos de un individuo, oprimirlo, perseguirlo o sancionarlo por diferencias raciales, de sexo, partidarismos políticos, opiniones, aún aquellas ofensivas a la mayoría o importantes segmentos sociales, equivale a descalificar a toda la sociedad. Si el lector desea ejemplo de una organización que regularmente practica ese crimen, considere la llamada Organización de Naciones Unidas. Ella ha dado cabida y continúa dándola a satrapías de la peor calaña e inconfesables intereses.

En la tribuna de su llamada “Asamblea General” han pasado muchos criminales comunes, quienes no dejaban de serlo por arbitrariamente representar a un estado cualquiera. Entre ellos el adiposo Idi Amín, difunto dictador de Uganda y notorio antropófago por propia confesión.

Amín, quien murió de demencia sifilítica en su exilio de Argelia, una vez admitió que sentía “tanta pasión” por una mujer que después de violarla ordenó su ejecución para que la cocinaran. Acto seguido la devoró. ¿Quién puede sorprenderse de que Moon, el presente “Secretario General” de esa fosa séptica, visitara el aquelarre que diera en La Habana el “Medio Hermanísimo” Raúl Mirabal para profunda deshonra de todos los bombines asistentes?

 

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