EL ESTADO DE LA DESCOMPOSICIÓN

Por Hugo J. Byrne

“Y finalmente, para resumir el concepto, ambos gobiernos, el de los caudillos, o el del pueblo, han durado largo tiempo, pero ambos requieren ser regulados por leyes”.

Machiavelli (“Los Discursos”, capítulo LVIII)

Un asiduo lector me cuestiona y critica por usar muchas citas de Maquiavelo. Es muy cierto que para mí es la línea del menor esfuerzo: sus obras son manuales de política que prácticamente lo contienen todo.

Muchos autores del tema y políticos al uso desarrollan sus obras (o sus actividades, según sea el caso), basándose en las realidades que describiera el florentino, aunque sin mencionarlo y probablemente en algunos casos sin conocerlo. No dudo que haya incluso quien crea que ha “inventado la sopa de ajo” en política.

Que les aproveche. Por mi parte no deseo atribuirme ideas que no sean originales mías, aunque como en el caso del sagaz florentino, sólo reflejen la realidad que nos rodea.

Esta tarde el Presidente Obama pronunciará ante ambas cámaras legislativas el tradicional mensaje anual llamado “Estado de la Unión”. Casi siempre he presenciado tal evento y entienda el amable lector que he vivido en esta nación durante diez diferentes administraciones, entre ellas seis con más de un período presidencial. En otras palabras, he escuchado al menos más de treinta de estas insulsas peroratas.

Todos los discursos presidenciales sobre el “estado de la Unión”, en mayor o menor grado sufren de falta de originalidad por parte del “orador”, quien tiene siempre un texto preparado para ser leído. Ese discurso, aunque contenga sus opiniones y agenda política, no ha sido escrito por el mandatario. Los “escribidores” de discursos presidenciales, antaño desconocidos, son hoy una falange esencial a la salud política del presidente. Este último simplemente revisa cada discurso y agrega o tacha los cambios que desea.

Es más, las frases ingeniosas y memorables que un equipo de reporteros discute posteriormente hasta la náusea, en la inmensa mayoría de los casos son 100% autoría de esos escribidores. Entonces, ¿de dónde surge la idea del “gran comunicador”?

Antaño eran aquellos políticos-intelectuales capaces de escribir sus propios discursos solitos, sin ayuda de nadie y por regla general tratando lo mejor que podían de aislarse del “mundanal ruido”. Abraham Lincoln realizó tamaño portento para su discurso de Gettysburg.

Modernamente el “gran comunicador” surge del debate o de la conferencia de prensa, cuando es imperioso responder las preguntas y no hay respaldo de escribidores profesionales o “teleprompters” que leer. Ejemplo indiscutible de ello fue el Presidente Reagan, quien los lectores saben no era “santo de mi devoción” y quien en los debates demolió en sucesión a Carter y a Mondale respectivamente.

La gran prensa izquierdista de Estados Unidos ha tratado infructuosamente de presentar al Presidente Obama como al arquetipo de “gran comunicador” de esa tendencia. Pero en los debates y las en pocas oportunidades en que ha tenido que enfrentarse con periodistas serios y objetivos, sin teleprompters ni escribidores que lo secunden, ha demostrado no saber cuántos estados tiene la Unión Americana (dijo que 57) ni qué idioma se habla en Austria (habló del “idioma austriaco”).

Pero la artificialidad en su discurso no es la razón por la que boicotearé su descarga. Algunas de las administraciones mejores que ha disfrutado Estados Unidos fueron presididas por individuos con poca capacidad comunicativa, cómo Calvin Coolidge. “Silent” Calvin no era elocuente, pero presidió algunos de los años mejores y más prósperos en la historia de esta nación.

No veré “El Estado de la Unión” de Obama en 2014, porque lo conozco al dedillo, no me gusta y nada nuevo o positivo se anticipa. Su discurso político desde su inauguración en el 2009, no ha variado en esencia. Sólo se ha puesto peor.

Ahora nos amenaza con aplicar su agenda “igualitaria” por decreto: “tengo a mi disposición un teléfono y una pluma”. Eso será en esencia su descarga y más de lo mismo sólo nos puede llevar a una mayor descomposición nacional.

Puede guardar su “Estado de la Unión”, su pluma y su teléfono en algún rincón umbrío. Tengo mejores cosas que hacer con mi tiempo.

 

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