EL PRINCIPE DE ILLINOIS

Por Hugo J. Byrne

 

El más antiguo y más completo estudio realizado en el tema que analizo hoy es sin duda el de Nicolás Maquiavelo y esencialmente el que describe en su obra maestra “El Príncipe”. Aunque es cierto que el burócrata renacentista enfatizara la necesidad de adquirir fuerza para poder alcanzar la victoria en el reino político o militar, su filosofía, o más propiamente, todos sus estudios, han sido caricaturizados despiadadamente. En tiempos más recientes historiadores serios y destacados estudiosos de ciencia política han concurrido en que Maquiavelo no era un temprano proponente de la dictadura ni un visionario del totalitarismo.

 

Por el contrario, el intelectual florentino de los siglos XV y XVI en sus otras conocidas obras, como los “Discursos de los primeros diez libros de Tito Livio”, “Historia de Florencia”, e “Historia de la Guerra”, singulariza la república como su forma preferida de gobierno. Este énfasis en el reino de la ley por sobre la arbitrariedad humana es en sí mismo un legítimo sello de honestidad intelectual. Sostengo ello con gran firmeza y aparentemente estoy en docta compañía, pues los restos mortales del eminente estudioso de política y sociología descansan prominentemente entre otros notables italianos como Dante Algieri y Giacomo Rossini, en la Basílica de Santa Croce, frente a una de las plazas más conocidas de la hermosa Florencia. Raro tributo póstumo de la Iglesia Católica de Roma a quien más de un poder humano comparara al demonio.

 

Estudiemos el presente ruinoso proceso político-económico norteamericano y veamos hasta qué punto se reflejan en su continuo desarrollo las enseñanzas y aforismos de Maquiavelo. El Presidente Obama fue electo por una mayoría sólida de votantes que resultara abrumadora en el Colegio de Electores. Esa elección en la que también se ampliara la sólida mayoría demócrata ya existente en ambas cámaras legislativas desde el año 2006, fue el resultado bien obvio de dos causas profundas. La primera es la desilución popular ante la manera en que las guerras de Irak y Afganistán se habían desarrollado y su negativo impacto fiscal.

 

La otra y aún más poderosa causa de la victoria electoral demócrata en 2008 fue la súbita recesión económica originada en la debacle bancaria y crediticia. Esta última a su vez surgía de una absurda política bipartidista en Washington para estimular el crédito fácil en bienes raíces a negocios o individuos que por insolvencia no lo merecían. De repente miles de bancarrotas de crédito inmueble explotaron como por reacción en cadena. Todavía ese síndrome continúa sin abatirse a pesar de múltiples, ilegales y ruinosas inyecciones del erario público.

 

Washington, a través del Comando en Irak, tomó algunas medidas apropiadas en en la primavera del 2007, las que tuvieron sin duda una cierta medida de éxito. Sin embargo, la percepción popular negativa hacia la guerra ya había echado raíces. Bush no anticipó la extrema duración del conflicto y si lo hizo no comunicó repetidamente la desagradable realidad a la ciudadanía de una manera bien explícita. 

 

La victoria de la oposición en 2008 fue simplemente una reacción de protesta ante ambos problemas generados por Washington. La fuente de ambas crisis, contrariamente a la propaganda, es la dañina intervención del estado en actividades que deben ser esencialmente autónomas. Ese tipo de intervención de Washington no tiene relación alguna con las verdaderas funciones del gobierno, de acuerdo a la constitución de los Estados Unidos.

 

La presente administración llegó al poder en medio una ola de reformismo burocrático y promesas de reducir los déficits y detener la progresión infame de la deuda nacional. Prometieron recabar consenso internacional mediante negociaciones con quienes “erróneamente” percibíamos como “enemigos”. Prometieron terminar con la corrupción oficial y poner la casa en orden. La nueva Vocera de La Cámara de Representantes y tercera en línea a la presidencia, Nancy Pelosi, prometió entre vítores eliminar los gastos que no pudieran balancearse con las recaudaciones y en términos de honestidad pública “dragar la ciénaga” en la que supuestamente se había convertido ese cónclave del parlamento.

 

En menos de dos años la administración de Obama ha duplicado la deuda nacional que heredara de Bush, defendiendo la continua erogación del tesoro público en leyes de “estímulo económico” que favorecen a sus asociados políticos en la industria y en la jerarquía de los sindicatos laborales. Las componendas políticas son la orden del día, y hasta se ofrece soborno ilegal a candidatos para que renuncien a sus aspiraciones a favor de los apadrinados del presidente.

 

El parlamento es una ciénaga rebosada de bandidos y prevaricadores que votan a favor de leyes que no han leído o cuya redacción aún no se ha terminado (como el representante de mi distrito Adam Schiff), o que desfalcan impunemente al Internal Revenue Service, o que compran una senaduría temporal al Gobernador de su Estado. 

 

En el orden internacional Obama ha fracasado miserablemente en cautivar a los enemigos de Estados Unidos. En vano fueron las repugnantes reverencias y los mensajes de disculpas a los promotores confesos del terrorismo islámico, no de sus fracasos personales, sino de “nuestras grandes arrogancias norteamericanas”.

 

Habrían sido interesantísimos los comentarios que hubiera escrito Maquiavelo sobre una personalidad política como Obama. ¿Cómo los titularía? ¿Quizás El Príncipe de Illinois?   

 

 

 

 

 

       

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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