EL CAPITALISMO Y EL PAPA

Por Hugo J. Byrne

No es mi propósito reabrir un tema ya extensamente cubierto por muchos y muy acertados comentaristas de la actualidad. Pero al margen de las declaraciones pontificales sobre este asunto, deseo solamente destacar ciertas realidades evidentes.

Para empezar, el Papa Francisco no ha expresado nada que el público en general y que los católicos particularmente no conocieran. La idea de la ganancia, consustancial con el mercado libre, no está enraizada en el dogma. Sin deseo de caer en repetición, ni iniciar un debate teológico para el que no estoy capacitado, quiero retornar a los argumentos de Nicolás Maquiavelo. Ese insigne burócrata florentino fue el primero quien, hasta donde llega mi conocimiento, estableciera los límites que separan el reino de la naturaleza humana y el de la moral. Entre la libertad comercial y la libertad política existen tantos paralelos que resultaría inútil e interminable contar. Pero ninguno de ellos se relaciona con el dogma.

En la opinión de un servidor de los lectores fue precisamente nuestro redentor quien de obra afirmara ese axioma expulsando a los mercaderes del templo. No era su objetivo atacar o restringir el comercio, sino reafirmar que éste nunca debe mezclarse a lo eterno. Eso se confirma estudiando su doctrina.

En amplio reconocimiento a su fe cristiana, los restos mortales de Maquiavelo, figura cimera del intelecto renacentista, descansan en un panteón en la Iglesia de Santa Croce en Florencia, no lejos de los de Dante Alghieri y Joachino Rossini. El devoto Maquiavelo, a quien la historia lenta pero enfáticamente rehabilita, sabía muy bien que aceptar la realidad física no lo apartaba un milímetro de su fe, sino al contrario. En ese orden de cosas el autor de “El Príncipe” se adelantó casi un siglo a Galileo, aunque por supuesto, gracias a sus influyentes relaciones políticas evitó las temibles consecuencias sufridas por el genial matemático y astrónomo.

Creo que el Pontífice tiene todo el derecho del mundo a expresar su opinión, aún aquella en la que identifica al comercio libre e irrestricto como “una nueva tiranía”. Sin embargo, es mi opinión que en sus conceptos sobre los posibles efectos nocivos del capitalismo sin regulaciones, Francisco ha perdido la brújula. Me explico.

No es coincidencia que el capitalismo como práctica económica aparezca en la época contemporánea simultáneamente a las ideas de libertad individual. Antes del libre comercio y su consecuencia, la revolución industrial, había sólo una forma de adquirir y acumular riquezas: la violencia. El dinero, “fuente de toda maldad” según los dogmáticos, fue sólo un muy civilizado substituto de la lanza, la espada y la maza medioeval.

Sin que quepa la más remota duda las migraciones voluntarias siempre ocurren de las áreas más atrasadas y empobrecidas a las más desarrolladas y afluentes. Estados Unidos ha sido y, a pesar de los presentes pesares, aún es la Meca de cuantos en este planeta desean vivir en libertad y en relativa abundancia. La relación entre ello y el libre comercio es una realidad incontrovertible

De hecho amigo lector, el único método que tenemos de verificar nuestra condición de hombres libres es saber que podemos poseer bienes materiales, no importa lo insignificantes que estos sean y asegurarnos de que ese derecho inalienable no sólo sea respetado por nuestros conciudadanos, sino que en su defecto las autoridades constituidas de nuestra sociedad lo hagan respetar. En otras palabras, la función primordial del estado en toda sociedad libre es la de preservar esas libertades. En una tiranía, latente o simulada, la posesión de bienes por los ciudadanos es ficticia, pues siempre estaría sujeta al arbitrio de quienes detenten el poder.

De aquí que el ideal de libertad se considere como un regalo divino y no el decreto del mandamás de turno o la decisión mayoritaria de una sociedad voluble. Todo cuanto se nos es dado se nos puede quitar y al final todo regresa al punto de partida. Sólo Dios da y quita.

Ese ideal campea en nuestra formación judeocristiana y constituye la piedra angular de toda sociedad libre. No es casualidad que las instituciones fundamentales de esta república sean inspiradas en él. Deístas o cristianos, todos los forjadores de las instituciones que norman esta república eran profundamente religiosos.

En mi criterio el Papa Francisco debía volver sobre sus pasos. El colectivismo es al mismo tiempo no sólo incompatible con la fe de Cristo, sino también con la naturaleza humana. Un chascarrillo de la guerra civil en España sitúa a un catequista del socialismo tratando de convencer a un palurdo de las bondades intrínsecas del futuro marxista: “Si tuvieras dos chozas camarada, ¿no querrías donar una de ellas a un hermano en la lucha?” La respuesta no se hizo esperar: “¡Pues claro que sí!”

“¿Y si tuvieras dos burros?” “¡Por supuesto, también!” “¿Y si tuvieras dos gallinas?” “¡No!, ¿me ha tomado usted por tonto? No tendré chozas ni burros, pero dos gallinas sí las tengo”.

 

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