OTRO APRETÓN DE MANOS

Por Hugo J. Byrne

hugojbyrne@aol.com

Hace unos cuantos años escribí un artículo sobre el mismo tema, pero en referencia a personajes diferentes y a circunstancias distintas. En esa otra oportunidad el entonces presidente Bill Clinton en medio de una reunión masiva de mandamases sobre “global warming” y dicen que estando algo alegre, intercambió un saludo con “Fifo”.

La prensa “liberal” norteamericana explicó extensamente que esa vez todo fue una confusión y que nada había de significativo en ese casual apretón de manos: “Fifo” supuestamente había sorprendido por completo a Bill extendiendo su mano abierta en el muy estrecho espacio libre entre dos pujantes barrigas sudamericanas pertenecientes a miembros del cuerpo diplomático. De acuerdo a esa versión, el sonriente Ejecutivo había apretado la mano sin distinguir al resto del cuerpo.

Un servidor de los lectores hace tiempo descifró el código “liberal” norteamericano y puedo afirmar sin la menor duda que usando ese código entendí exactamente lo contrario de lo que leí. ¿Alguien puede imaginarse al “pequeñísimo” sátrapa de Birán mimetizándose entre pujantes vísceras protocolares? Ninguna acción de esa naturaleza ocurre por casualidad entre individuos que se tomen a sí mismos tan en serio como Bill Clinton y Fidel Castro. Muchísimo menos cuando la acción está descrita por los serviles medios llamados liberales.

Es curioso notar que en el presente caso no se dice que el encuentro entre Raúl y Barack ocurriera por casualidad, ni que se tratara de una “emboscada” del primero. Por el contrario, el apretón de manos entre los dos “presidentes”, ha sido extensamente calificado de “histórico” por esos medios de difusión. La única excepción ha sido “Político”, único panfleto obamista afirmando que el repugnante saludo no fue planeado. ¿Qué sugiere todo esto?

En primer lugar es importante comprender que la visita del presidente a Sudáfrica no fue una de las numerosas vacaciones a costa nuestra a las que nos tiene acostumbrados. Aunque viéndolo sentado en las gradas junto a la atractiva Primer Ministro de Dinamarca, con quien se auto retrató sonriente a pesar de las muecas de la Primera Dama, es difícil distinguir en qué actividad se involucraba.

Sucede que murió Nelson Mandela y Obama decidió otorgarle en persona su último adiós. Mandela no era Margaret Thatcher, quien no pertenecía a la vertiente ideológica de Obama y en consecuencia, no sólo no recibió la visita póstuma del Egregio, sino de nadie importante en su administración. ¿Acaso porque la ex Primer Ministro británica no era negra ni pasara 27 años de prisión víctima del racismo? No lo creo.

Eusebio Peñalver era más negro que Mandela y pasó 28 años de su vida sufriendo el peor régimen carcelario del siglo pasado. No tuvo como Mandela visitas familiares, ni una cabaña separada de la población penal durante sus últimos tiempos en cautiverio.

Sufrió torturas y el tratamiento rigurosísimo aplicado a los prisioneros “plantados” en ese país, donde según voceros oficiales “no existen los prisioneros políticos”. Peñalver siempre rehusó la “rehabilitación” socialista (renunciar a sus principios de libertad y dignidad, aceptando humillarse ante el Régimen). ¿Sabe Obama quién fue Eusebio Peñalver? Honestamente, mucho lo dudo. Por propia confesión y de sus inmediatos colaboradores, Obama desconoce otros temas aún más vitales a los intereses de su administración y de los Estados Unidos. En realidad nunca ha ocupado la Casa Blanca un Ejecutivo más ignorante o indiferente.

Otro que apuesto los pelos que me quedan en la calva a que tampoco sabe nada sobre Peñalver, es el comentarista Bill O’Reilly del FNC, quien ya me llenó el cotarro con su “justo y balanceado” análisis, el que bien podría ser simplemente algo más autorizado y objetivo”. O’Reilly trató hoy de justificar el proceder de Obama en Sudáfrica durante una discusión con el sagaz reportero James Rosen, quien sí probó estar informado.

Para O’Reilly, el gesto del presidente podría figurativamente justificarse como un paso hacia la liberación del ciudadano norteamericano Alan Gross, apresado sin haber cometido delito alguno y mantenido como rehén de Castrolandia. “El presidente tiene que tratar…” dijo el comentarista a Rosen.

¿Tratar que cosa, Bill? ¿No trataba Eisenhower cuando envió a Philip Bonsal como nuevo Embajador a La Habana? ¿No trataba Jimmy Carter creando las “oficinas de intereses” de Washington y La Habana? ¿No trataba Ronald Reagan enviando al Embajador Vernon Walters a parlamentar durante seis largas horas con “Fifo”? ¿No trataba Bill Clinton con el “acuerdo migratorio”?

Dice O’Reilly que las únicas concesiones de Obama a Castrolandia durante su primer período presidencial han sido sólo en cuestiones turísticas y no económicas. ¡No me diga, Mr. “O”! ¿Es acaso posible beneficiar una sin avanzar la otra? Todos han tratado por las buenas… infructuosamente. Se ha dicho con razón que repetir una gestión consistentemente fracasada es la más precisa definición de insania.

La extrema gravedad del ex dirigente sudafricano era conocida de todos y el programa, como todo cuanto hace nuestro aspirante a tirano, estaba establecido a priori. Mirabal estaba de pie, el primero frente a la escalera en la que Obama subiría a la tribuna, a la derecha de la presidenta de Brasil.

Lo único que tenía que recordar Obama era besar a la brasileña y no a Mirabal. No necesitaban ensayo. En el desvergonzado plan estaba incluido el “histórico” apretón de manos entre estas dos cuñas del mismo palo. Quien ponga en tela de juicio la precisión de lo que afirmo, debe considerar lo que sigue.

Dos jefes de estado con un adarme de vergüenza no habrían considerado ese manoseo “protocolar”, de haber sido expontáneo, rechazándolo en el instante mismo en que se sugiriera. Obama, veterano de encender una vela a Dios mientras labora para el diablo, en su elegía se refirió hipócritamente a “líderes que honran el legado de Mandela, pero quienes impiden la liberación de sus propios pueblos”.

¿A quienes se refería? La precisión en el discurso político es lo que establece el límite entre la honestidad y la demagogia. Mirabal, por su parte, ha llamado a Obama cuanto insulto existe en el idioma castellano.

 

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